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INDICE DE ESTA PÁGINA

El Carlismo y las Guerras Vascas
La Boina Vasca
General Zumalacarregui
General Cabrera
General Maroto
Segunda Guerra Carlista (1846-1849)
Tercera Guerra Carlista
Fin de Carlos V y sucesión por Carlos VI
Dinastía Carlista

EL CARLISMO y LAS GUERRAS VASCAS
El carlismo a lo largo de la historia va a cambiar de grupos sociales o de apoyo, es decir, de bases. En esos momentos está apoyado por medianos propietarios de tierras, hidalgos del norte de España. Estos propietarios medios estuvieron muy afectados por las reformas que hacen los reformistas ilustrados y los liberales, con lo que se convierten en antiliberales y tradicionalistas.
Buena parte del clero del norte de España apoya al carlismo (ya que la iglesia es antiliberal en este momento), pero no toda la iglesia lo hace, solo sacerdotes vasconavarros.
También apoyaron al carlismo militares medios con ansia de mando. Van a apoyar también al carlismo funcionarios depurados que apoyaban la monarquía absoluta. No eran solo las altas clases, sino que también apoyaban las clases medias y bajas.Especialmente campesinos.

FOCOS GEOGRÁFICOS


Se pueden distinguir diferentes lugares, pero destaca sobre todo Navarra, donde empezó a estar la corte del pretendiente a la corona, Don Carlos.
Allí estará apoyado por uno de los militares y promotores del carlismo Zumalacárregui.
El foco navarro se mantendrá a lo largo de toda la historia del carlismo. Tan importante como el navarro será el de toda la sierra del Maestrazgo (situado entre Castellón y Tarragona). Aquí aparecerá otro de los líderes del carlismo que será el general Cabrera. También tendrán su importancia como focos en las diferentes guerras Cataluña, el País Vasco y Galicia, pero habrá focos secundarios prácticamente en toda España, aunque arraigaron menos que en otras zonas.

CAUSAS DEL CARLISMO

En un primer instante parece una causa la legitimidad por la corona española. Los grupos carlistas estaban ya en época de Fernando VII y a lo largo de su historia no dudaron en cambiar de dinastía cuando les hacía falta. Los especialistas dicen que las causas del carlismo son dos fundamentalmente:
Una es una causa político-religiosa y otra es una causa social.
a) Las causas político-religiosas:

Ante todo el carlismo es antiliberal, en primer lugar por la cuestión religiosa, no entienden los carlistas las medidas contra la iglesia, por lo tanto subrayan sustancialmente la religiosidad, pero no cualquier religión, sino una religión tradicional (ultramontana). En segundo lugar dentro del antiliberalismo, subrayan las tradiciones, por lo tanto son tradicionalistas, porque todo el liberalismo proviene del extranjero y había que dar importancia a las tradiciones del país. En tercer lugar son antiliberales por el centralismo y frente a este ellos proponen unas leyes para cada región (foralismo). El foralismo no es una causa del carlismo, pero es uno de sus fundamentos.
b) Las causas sociales:
Las medidas liberalizadoras, primero del reformismo ilustrado de los borbones y luego de los liberales y las medidas para favorecer la incorporación de los jornaleros sin tierra al campo, van a afectar a estos grupos del norte que eran propietarios de tierras (hidalgos del norte), van a perder su capacidad adquisitiva frente a la burguesía que va a adquirir más importancia que ellos y además debido a estos cambios van a perder muchos elementos tradicionales (que servían para el dominio social)

LA GUERRA CARLISTA

historia vascos JARDIN

La guerra carlista aparece de una manera sorpresiva e inconexa. Cuando muere Fernando VII, en su testamento dejó como heredera a su hija Isabel II y de regente a su esposa Mª Cristina, ese mismo día se proclama rey por su propia cuenta el hermano de Fernando VII Don Carlos y surgen en esos focos (navarra, Galicia, etc.) levantamientos favorables a Don Carlos.

La guerra en un primer momento es una guerra de desgaste y resistencia, donde se luchaba por el día y se iba a dormir por la noche a casa. ( Prácticamente de guerrillas).

Esta primera fase de la guerra no servía para avanzar en el territorio, no había tropas ni ejércitos organizados, había una serie de líderes esporádicos que hacen esta guerra de desgaste. En una segunda fase se van a organizar los carlistas y van a formar un ejército, aunque no había coordinación en todos los focos geográficos, cada foco tenía su propio jefe. En esta segunda fase se establecen asedios a ciudades con lo que la guerra carlista entró en una nueva dinámica de tipo territorial.

En el año 1837 cuando los liberales subieron al poder de nuevo (del 34-37 los absolutistas) nombran un nuevo general que es el general Espartero. Éste utiliza una doble táctica en la lucha contra los ejércitos carlistas. Por un lado hace la guerra en los territorios carlistas y por otro lado establece negociaciones de paz con aquellos carlistas que cansados de la guerra querían la paz y para ello les ofrece mantener y respetar los fueros (navarros principalmente) y respetar en sus puestos a los militares carlistas. El principal general carlista Maroto acepta las condiciones de paz, asesina a los carlistas más intransigentes y en el año 1839 se produce el abrazo de Vergara. Con esto se produce el final de la primera guerra carlista.



Pero esta guerra no era solamente dinástica sino que entroncaba con las profundas diferencias ideológicas entre absolutistas y liberales. Así la sublevación carlista no sólo tenía por objeto el acceso al trono de Carlos María Isidro, sino también defender la monarquía tradicional frente a la creciente influencia de los liberales. El apoyo de los liberales a Isabel II era un intento de evitar la subida al trono de un rey aún más reaccionario que Fernando VII.

Otros aspectos a tomar en consideración eran el religioso y el foralista. El triunfo de las tesis liberales suponía la pérdida de poder de la Iglesia y el establecimiento de un régimen político homogéneo que chocaba con los privilegios organizativos de determinadas partes de España (los fueros). Por eso la insurrección carlista triunfó el las zonas de España donde mayor era la influencia del clero y de los privilegios forales existentes o perdidos tras la Guerra de Sucesión Española (1700-1714).

El Carlismo era fuerte en Galicia, Navarra, las provincias vascas (salvo las capitales de las provincias, de tendencias liberales), algunas regiones de la antigua Corona de Aragón, como Cataluña y parte del propio Aragón y, ocasionalmente, en algunas zonas de Castilla y León.

La guerra se desarrolló en tres fases. La primera, que abarca entre 1833 y 1835, fue una fase en la que los carlistas llevaron la iniciativa de la mano del brillante general Zumalacárregui. Sin embargo en este periodo comenzaron a producirse discrepancias en ambos bandos. Los Carlistas empezaron a dividirse entre pactistas e intransigentes y los Isabelinos, a su vez, entre moderados y radicales.

Estas diferencias dentro de los dos bandos produjeron un estancamiento de la situación de la guerra. Los carlistas eran incapaces de extender la rebelión fuera de sus zonas y los isabelinos no podían sofocar la rebelión. En gran parte, el fracaso carlista se debió a la muerte de Zumalacárregui durante el sitio de Bilbao en 1835.

La tercera fase abarca de 1837 a 1840. En ella se produce un recrudecimiento de la influencia carlista en Aragón y Cataluña de la mano del general Cabrera, otro brillante militar. La guerra parecía no tener fin, pero dentro de cada bando comenzaron a tener preponderancia los elementos pactistas y moderados que lograron llegar a un acuerdo en el que se hacían mutuas concesiones, reconociendo los fueron sin perjuicio de la unidad constitucional.

Con el denominado "Abrazo de Vergara" entre el General en Jefe carlista, Maroto, y el General liberal Espartero, se puso fin a la guerra en el norte pero la misma continuó en Cataluña hasta la definitiva derrota de Cabrera. La causa de la continuación de la insurrección carlista en Cataluña era el sentimiento de traición por el abrazo de Vergara, que consumaba el mantenimiento de los fueros en las provincias que aún los tenían, mientras las provincias que reclamaban su restablecimiento habían sido olvidadas.

El incumplimiento de las promesas liberales condujo a otras dos guerras carlistas. La segunda, de escasa importancia y duración, en la década de los 40 y la tercera, entre 1872 y 1876, que supuso el ocaso del

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EL PERSONAJE

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Cuando Fernando VII murió, don Carlos se-guía en Portugal. Lo curioso del caso es que el princi-pal razonamiento del absolutista don Carlos fuese la falta de consulta al pueblo (o sea, la aprobación por las Cortes) de la ley; y que el argumento en que se han de basar los crístinos liberales, será la validez de un acto de rey absoluto (aunque, como ya he dicho, más tarde fuera legitimado por las Cortes acudiendo a la jura de la princesa de Asturias).
Podemos estar seguros de que las guerras carlistas no fueron exclusivamente un pleito dinástico: se destapaba la regla de «las dos Españas». Entonces eran:
La que deseaba un rey absoluto sólo guiado por la mano de Dios (y de su representante, la Iglesia) y la que opinaba que nuestra nación debía progresar al ritmo de las libertades individuales y de las luces del siglo xxx. Quienes apoyaban a la primera fueron carlistas, pues don Carlos daba esa imagen. Los otros (liberales, cristinos o isabelinos), a la Regente doña María Cristina, que durante su gobierno interino ya dio la contraria.


historia vascos GENERAL ZUMALACARREGUI
GENERAL ZUMALACARREGUI


TOMÁS ANTONIO ZUMALACÁRREGUI IMAZ


Tomás Zumalacárregui nació el 29 de diciembre de 1788 en el caserío Arandi de Ormaiztegi. Era el penúltimo de los once hijos del matrimonio formado por Francisco Antonio Zumalacárregui Múgica y Ana María Imaz Altolaguirre.

A los cuatro años queda huérfano de padre y es seguramente en estas fechas cuando la viuda decide trasladarse a vivir con sus hijos a Iriarte-Erdikoa, hoy Museo Zumalakarregi, sin salir de Ormaiztegi. Cursa aquí los estudios elementales y el latín, y en 1801 es enviado a Idiazabal para aprender la "práctica de escribano".

Con 16 años marcha a Pamplona para completar su formación curial.
Ante la invasión napoleónica, decidió ingresar en la guerrilla para combatir a los soldados franceses. Luchó sobre todo en Gipuzkoa, a las órdenes de Gaspar Jáuregui "Artzaia", de quien fue secretario. Al finalizar la guerra, en 1814 es nombrado archivero del ejército, un cargo que conjugaba sus estudios y su experiencia militar.


Cuando en 1820 triunfa el liberalismo, Zumalacárregui, sospechoso de inteligencia con los sublevados, es separado del servicio. Sin embargo, la orden de separación es revocada y, después de contraer matrimonio en Pamplona con Pancracia de Ollo, es destinado a Ciudad Rodrigo.

En 1822 marcha a Pamplona, pero siempre sospechoso de mantener ideas apostólicas, es enviado a Vitoria. Con la restauración del absolutismo, es promovido a teniente coronel. No consideraba sin embargo que se le reconocían todos sus méritos, y de hecho se encontraba retirado en Pamplona cuando en 1833 murió Fernando VII sin descendencia masculina.

Estalla entonces la lucha entre los partidarios de Isabel, hija del difunto Fernando VII y los del hermano de éste, Carlos María Isidro de Borbón. Zumalacárregui, dejando a su familia en Pamplona, decide apoyar a Don Carlos. En noviembre es proclamado en Estella, Comandante General de Navarra.

Un mes más tarde, las diputaciones de Vizcaya, Alava y Guipúzcoa le conceden el mando de sus respectivas provincias. Se encuentra en estos momentos con unos 3.000 hombres mal pertrechados y peor armados; sin embargo en pocos meses conseguirá poner en pie de guerra un ordenado ejército de casi 35.000 hombres.

En 1834, Zumalacárregui es el jefe indiscutible del ejército Carlista del Norte. El 12 de julio se entrevista por primera vez con Don Carlos y es nombrado Teniente General de los Reales Ejércitos. A partir de este momento las acciones victoriosas se suceden: Txintxetru, Etxabarri, Arkijas, Ormaiztegi, Los Arcos, Etxarri Aranatz, Amezkoa, Trebiño, Ordizia...

En la primavera de 1835, desde el Cuartel Real, se presiona a Zumalacárregui para que se dirija a tomar Bilbao, pese a que él prefiere antes conquistar Vitoria y acercarse a su principal objetivo: Madrid.

El 13 de junio llega a Bilbao con el objetivo de preparar el asedio; el 15, sube al balcón de un edificio cercano al santuario de Begoña a observar las operaciones. Una bala rebotada le hiere en la pierna derecha. Los médicos que le atienden coinciden en que no es grave y que en dos o tres semanas estará restablecido. Pero Zumalacárregui desea que le vea Petriquillo, el curandero que conocía desde joven, y es trasladado a Zegama por cuarenta granaderos, que se irán turnando en la tarea de transportar al herido sosteniendo la cama con fusiles de bayoneta.

Ya en Cegama, Zumalacárregi queda hospedado en casa de una prima. Petriquillo, a pesar de la opinión de los médicos, extrae la bala. Pero la herida se infecta y el día 24 de junio, después de recibir la Extremaunción murió Tomas Zumalakarregi, General del Ejército Carlista.


historia vascos GENERAL CABRERA
EL GENERAL CABRERA


Ramon Cabrera y Griñó nació en Tortosa el 27 de diciembre de 1806. Su padre, José Cabrera, había trabajado en el comercio de cabotaje entre los puertos cercanos a Tortosa, consiguiendo ser nombrado capitán de un buque mercante.

Con los ahorros adquiridos con esta profesión, compró un velero de treinta toneladas para dedicarse al comercio por su cuenta y riesgo, consiguiendo una pequeña fortuna . Falleció en 1812.
Su madre, Ana María Griñó, contrajo segundas nupcias con Felipe Calderó, también marino de profesión.

Ramon Cabrera fue confiado a los Trinitarios de Tortosa para que realizara los correspondientes estudios eclesiásticos, pero abandonó el Seminario y se presentó en Morella al coronel Barón de Hervés, para sentar plaza de voluntario en el ejército carlista de la primera guerra.

Derrotado y fusilado éste en 1833 Cabrera pronto destacó por sus dotes militares puestas de manifiesto durante enero y febrero de 1835 en una incursión a Navarra a través del territorio gubernamental.
En abril de 1835, Carlos V le nombró jefe de las fuerzas carlistas de Aragón y Valencia ( Maestrazgo, Puertos, Bajo Ebro, Mattarranya, y Bajo Aragón), en sustitución de Manuel Carnicer, dando un gran impulso a la guerra, especialmente por su extraordinaria movilidad.

En represalia por la muerte de los alcaldes cristinos de Valdealgorfa y Torrecilla, en la comarca de Alcañiz, el general Nogueras fusiló a la madre de Cabrera, Ana María Griñó, el 16 de febrero de 1836 en la Suda de Tortosa, hecho que tuvo gran repercusión en Europa y que contribuyó a endurecer aun más la guerra en el Maestrazgo.

Nombrado teniente general y conde de Morella después de su victoria en Maella, octubre de 1838, sobre el general Pardiñas, Cabrera organizó un pequeño estado con capital en Morella que fue el centro de la actividad carlista, con servicios en Cantavieja, Mirambell y Beceite.

En 1839, no aceptó el convenio de Vergara y se retiró con su ejército al norte de Cataluña, pasando a Francia en julio de 1840, hecho que dio fin a la guerra de los Siete Años, o primera guerra carlista.

Al iniciarse la guerra de los "matiners", fue designado por Carlos VI, Conde de Montemolín,, jefe supremo de las fuerzas carlistas en Aragón, Cataluña, Valencia y Murcia.

En 1848 entró en Cataluña, desde Osseja ( Cerdeña), para ponerse al frente de las huestes montemolinistas, llegando a organizar un ejército de cerca de 9.000 hombres. En enero de 1849 ganó el título de marqués del Ter por su actuación en los combates de Amer y El Pasteral, donde fue herido.
Pero tres meses más tarde tuvo que regresar a Francia, debido a que la guerra no enraizó fuera de Cataluña y por la gran superioridad de las fuerzas gubernamentales, fijando su residencia en Inglaterra.

En 1850 se casó con Marian Katherine Richards, dama inglesa y anglicana de la alta sociedad, que poseía ciertos bienes de fortuna.
Su alejamiento de los centros exiliados carlistas fue acercándole con el tiempo a las idea moderadas y constitucionalistas.
Carlos VII le ofreció la jefatura militar suprema del tercer levantamiento carlista, pero Cabrera rechazó el ofrecimiento y se negó a participar en otra guerra civil.

En 1875, reconoció como rey legítimo a Alfonso XII y éste, con fecha 21 de agosto, le nombró capitán general del Ejército y le reconoció todos los títulos y honores conseguidos en los campos de batalla.
Ramon Cabrera falleció en Inglaterra el 24 de mayo de 1877 ( 133-134 pp.)


historia vascos GENERAL MAROTO
GENERAL MAROTO: Abrazo Vergara (1839)



Aunque Cabrera en el Maestrazgo iba de victoria en victoria, en el Norte, en cambio, la desilusión era to­tal. Entonces, se reavivaron las rencillas entre los ge­nerales de la camarilla y los que estaban al frente de las tropas.

Ahora, la decisión de la guerra no se hallaba en los campos de batalla, sino en la descomposición in­terna de la Corte de don Carlos.

En los pocos años en que actuó éste como rey en el norte de España, ha­bía demostrado que su modo de gobernar se iba a pa­recer mucho al de su hermano Fernando VII, entre los años 1814 a 1820; pero le faltaban la simpatía per­sonal y la inteligencia del "Deseado".

Don Carlos es­tuvo muy influido por las opiniones de su camarilla o grupo de amigos que, con absoluta irresponsabili­dad, criticaban las actuaciones de los militares, deci­dían destituciones y nombramientos, y eran los ver­daderos directores de la campaña y de la política. Entre ellos pueden citarse al obispo de León, don Joa­quín Abarca, a su protegido el gallego don José Arias Tejeiro, al confesor de don Carlos -P. Larraga-, al cura Echeverría, al general Guergué y otros. Y, sobre todo, desde que llegó a España, por su segunda espo­sa, la princesa de Beira.

Las intrigas de estos grupos se agudizaron tras el fracaso de la expedición real.

Tantas órdenes desca­belladas y contraórdenes disgustaron mucho a los mi­litares no palatinos, como Zariategui, Gómez, Elío, Ma­roto, etc., y produjeron la escisión del Partido Carlista en dos grupos: el moderado, que se sentía cada vez más asqueado de la baja política y no rechazaba una posible conciliación con los elementos moderados del liberalismo, y el apostólico o exaltado realista, que no admitía más que el triunfo definitivo y absoluto.

Como don Carlos estaba firmemente convencido de sus derechos al trono, en vez de suavizar la división de sus propios partidarios, la acentuó aún más inclinándose claramente por el grupo intransigente, y alejando de su lado a los que llegaba a conceptuar de sospechososos, se entregó, desde el punto de vista político, a los consejos de Arias Tejeiro, y, desde el punto de vista militar a las campañas de Guergué.

Pero éste demostró su ineptitud al ser derrotado en Peñacerrada de una forma inadmisible.

Entonces, Carlos V, en diciembre de 1838, nombró al general MAROTO jefe del ejército del Norte. Él lo reorganiza, forti­fica algunos puntos y obtiene ciertos éxitos. Pero se da cuenta de que las tropas se hallan cansadas de la guerra y de que existen muchos militares carlistas que piensan como él (en moderado y tendiente a una paz honrosa que haga terminar aquella sangría).

Sabiendo que en la Corte se le desprecia por sus ideas, que expone a quien quiera oírlas, y de que se trama una conspiración para derribarle, se adelanta a ella y decide terminar con las intrigas de los apostó­licos.

Se presenta en Estella, el 19 de febrero de 1839, haciendo fusilar a los generales Guergué, García y Sanz, al brigadier Carmona, al intendente Uriz y al oficial Ibáñez. Al enterarse don Carlos de lo sucedido, montó en cólera y publicó una proclama separando a Maroto del mando del ejército y declarándolo trai­dor, firmada en el Real de Vergara el 21 de febrero.

Sin embargo, tras que Maroto le envíe la carta que a continuación transcribiré, Carlos V el 24 de febrero, desde Villafranca, lanza una segunda proclama reco­nociendo que el general no había abusado de sus obli­gaciones, había obrado correctamente y ordenado que de nuevo se le acatase como general en jefe del ejérci­to del Norte.

La misiva a la que me refiero, era:

"Es el caso, señor, que he mandado pasar por las ar­mas a los generales Guergué, García, Sanz, al briga­dier Carmona y al intendente Uriz, y estoy resuelto, por la comprobación de un atentado sedicioso, para hacer lo mismo con otros varios que procuraré su captura, sin miramiento a fuero ni distinciones, pe­netrado de que con tal medida se asegurará el triun­fo de la causa que me comprometí a defender, no siendo sólo de Vuestra Majestad cuando se intere­san millares de vivientes que serían víctimas si se perdiera; sirviéndome en el día, para el apoyo de mis resoluciones, la voluntad general, tanto del ejército como de los pueblos, cansados ya de sufrir la mar­cha tortuosa y venal de cuantos han dirigido el ti­món de esta nave venturosa, cuando ya divisa el puer­to de su salvación."

El puerto de su salvación al que alude eran las conversaciones que, por intermediarios, ya estaba sos­teniendo con el general cristino Espartero, y de las que Maroto dio cumplida cuenta a Carlos V, el 25 de agosto, para continuarlas con su aprobación.

El rey carlista se resistía, pese a los beneficiosos acuerdos que el Gobierno de María Cristina proponía (resolver el pleito con el matrimonio de Isabel II y el primogé­nito de Don Carlos; conservación de los Fueros, res­petar el grado de todos los militares carlistas, ningu­na represalia, etc.).

Como Carlos V aún dudase, Maroto le invitó entonces a pasar revista a sus tropas en Elo­rrio.

Los soldados, fríos ante las frases en defensa de la causa pronunciadas por el rey, respondieron uná­nimes ante el ofrecimiento de paz de Maroto: ¡Viva la paz! ¡Viva Maroto!

No dejaban lugar a dudas res­pecto a sus sentimientos, y don Carlos partió indigna­do hacia Villafranca, donde volvió a declarar traidor a Maroto, nombrando en su lugar al conde de Negri.

Maroto ya no lo dudó. El 31 de agosto de 1839 sur­gía el famoso "ABRAZO DE VERGARA" entre él y Esparte­ro, ante los vítores de las tropas cristinas y carlistas allí reunidas.

Inmediatamente, don Carlos, con su esposa y su hijo, pasó a Lecumberri, desde donde se dirigió a Fran­cia, hostigado por las tropas de Espartero, no sin an­tes publicar un manifiesto en el que lanzaba toda cla­se de condenas contra el reciente Tratado.

Mientras el pretendiente se instalaba en Bourges, acogiéndose al asilo francés, en España se lograba rápidamente la pacificación de Galicia, Asturias, Extremadura, y La Mancha. Sólo se mantuvieron los encuentros en Ara­gón, Cataluña y Valencia, alimentados por la tenaci­dad de Cabrera.

Al acabar de esta forma la guerra de los siete años, MAROTO fue reconocido en el empleo de teniente general y se le concedió el título de conde de Casa-Maroto.

Al cabo de unos años pidió permiso para pasar a Chile a ocuparse de los bienes de su familia.

La vuelta de Maroto a Chile en 1847 tras el abrazo de Vergara hizo correr la fantasía. El pueblo chileno empezó a hablar del "tesoro de Maroto". Corrió la noticia de sus supuestas o no supuestas búsquedas. Pero nadie sabe qué hay de cierto en todo esto.

En Chile obtuvo, efectivamente, de las autoridades que le restituyeran su casa de la calle de Huérfanos y la hacienda Concón, que había pertenecido a su esposa fallecida en un naufragio.

Se entregó a una vida tranquila y sosegada, alternando su residencia en Concón y Santiago. Falleció en Concón en 1853, sin haber intentado volver a España, donde su nombre era polémico.

historia vascos FORALISTA
FIN DE CARLOS V y sucesión de CARLOS VI


El rey de los franceses, Luis Felipe de Orleans, designó la instalación de don Carlos con su familia y todo su séquito en Bourges, importante ciudad del Berry, en la confluencia de los ríos Jevre, Lanbis, Moulon y del Auron, a más de 500 kilómetros de distancia de la frontera española. Y le advirtió que no intentase ninguna actividad subversiva desde allí, dado que en-tonces el gobierno francés estaba en buenas relacio-nes con el español. Pese a ello, el Pretendiente dirigió varios manifiestos a sus leales, aunque más retóricos que otra cosa. Léase uno de ellos:

"Nuestra Causa es la más santa y más pura: del Cielo bajará su triunfo cuando llegue la hora; y si sabe-mos permanecer puros de todo contacto con nues-tros mortales enemigos, que lo son de Dios y de su Patria, la hora sonará antes de mucho."

De todas formas, «por si acaso», el gobierno francés ordenó que estuviese vigilado con discreción. No hacía falta: aparte de las respetuosas atenciones del clero de Bourges (cuyo arzobispo le tributaba, siem-pre, honores reales) y de las visitas de algunos de sus fieles, llevaba don Carlos allí una vida tranquila y par-simoniosa, no faltando, desde luego, a sus constantes prácticas devotas.

Desde 1844, el sacerdote, periodista y filósofo Jaime Balmes dirigía, en Madrid, la revista política El pensamiento de la nación. En ella, entre el ideario que desarrolló, se incluía la idea del matrimonio entre Isabel II y el primogénito de Carlos y, a fin de reunir a todos los españoles, liberales y carlistas, en un programa que colocara los intereses nacionales por encima de los de partido.
Carlos V, entonces, abdicó en su hijo primogénito, Carlos Luis (Carlos VI), que tomó el título de conde de MONTEMOLÍN, a fin de que, caso de aceptarse tal solución, el matrimonio fuese de igual a igual, reina y rey. Lo hizo el 18 de mayo de 1845, tomando para sí el título de conde de Molina.

Relata B. de Artagan: Dos meses más tarde pasó don Carlos María Isidro de Borbón a Italia, y fijó luego su residencia en Trieste, en donde, después de recibir a petición suya todos los auxilios espirituales, falleció el día 10 de marzo de 1855, en brazos de su segunda esposa la princesa de Beira y de su hijo menor el Infante don Fernando.

Su cadáver, embalsamado y vestido con el uniforme de Capitán General y las insignias del Toisón de Oro y de las grandes cruces de Carlos III y de San Hermenegildo, fue expuesto al público en el salon principal de su palacio (convertido en ca pilla ardiente) velando día y noche el cadáver los gentileshombres Villavicencio, Guillén, Tejeiro y Flores, de uniforme, y una guardia de honor de granaderos austríacos.


Desde Londres, Carlos VI lanzó una proclama incitando al levantamiento armado en pro de su «legítima Causa» y contra el gobierno de la reina Isabel II.
Por ser Cataluña donde más pronto respondieron sus leales (el mismo septiembre de 1846), se la cono. cerá como la guerra deis matiners (madrugadores), nombre dado por la gente del campo a los guerrille-ros carlistas.
Dados diversos contratiempos y desórdenes habidos en España, Carlos VI estaba convencido de que la mayoría del pueblo español se hallaba a disgusto con el régimen que le gobernaba y que acogería su sustitución en el trono real con aclamaciones, íncluso casi sin tener que luchar.
Al canónigo Tristany, mossen Benet, quien, tras pronunciarse en Solsona, asaltó, tomó e impuso tributos a Cervera, le escribió el secretario de Carlos VI:

"Quiere S.M. que VS. aumente las fuerzas de su mando y que no considere por enemigos sino a los que se opongan y ofendan con las armas en la mano, para pro-bar a la España y a la Europa que la política de S.M. sólo conserva un compasivo recuerdo de los antiguos desmanes, que el esfuerzo de sus defensores se hermana perfectamente con los sentimientos de conciliación y que S.M. es el padre de todos los españoles y el restaurador de la paz, la justicia, el orden y la equidad."

Pero estaba muy lejos de la realidad. En esta guerra, aunque la hicieron durar más de tres años, los carlistas no tuvieron ninguna opción al triunfo. Su prodama -excepto en Cataluña- produjo muy poco efecto.

En octubre fracasaron dos alzamientos castellanos y navarros. 1847 y 1848 fueron pasando en escaramuzas sin sentido, hasta que el 28 de junio de ese último año, Cabrera entró en Cataluña, tomó el mando carlista y logró reunir un ejército de 8 000 hombres (hasta entonces las partidas eran de 40 a 60, pasando muy pocas veces de cien). Entonces empezó a reactivarse algo la guerra.

Asimismo, Montemolín había cambiado el estilo de sus proclamas por otras como las siguientes: "Mi sentido del honor me impone, ahora, nuevos esfuerzos para el cumplimiento de mi misión. Como no he podi-do recuperar el trono por medios pacíficos, tendré que recurrir a métodos violentos.» «Sabré cómo recompensaros en el campo de batalla! » « ¡Alzaos y levantad el estandarte de vuestro rey legítimo!", etc.

Pero el Cabrera de 1848 no era ya el mismo de 1836. No se hallaba muy convencido de que se debía organizar una guerra civil. Cuando Carlos VI le indicó que debía tomar parte en ella, no se entusiasmó e incluso manifestó que esa lucha carecía de todas las probabilidades de éxito. Expresó lo siguiente:

"Mi deber de súbdito y de soldado me impone el de obedecer las órdenes del Rey; mas creo francamente que la causa de éste está interesada en que no se agiten de nuevo todos los recursos con que cuenta en España; yo opinaré siempre por que en las fragosidades de Cataluña se sostenga la guerra de guerrillas, a fin de atraer las fuerzas y perpetuar, si es posible, la inquietud y los recelos del gobierno de Madrid; mas de esto a una guerra, en que se equilibren nuestras fuerzas con las del enemigo, creo que hay una distancia inmensa. Es preciso comprender que la España está muy trabajada, que tiene muy presente los horrores de la guerra de los siete años y que su primer deseo, su deseo más dominante, en el día, es la paz. Si nos presentamos ahora con la guerra, nos mirará como hijos desnaturalizados y nos arrojará de su seno."

Cabrera consiguió algunas victorias (como la de Avinyó, 16.11.1848) sobre el general Manzano, que fue capturado, pero, en cambio vio cómo desertaban muchos de los jefes carlistas.
El 26 de enero de 1849 fue herido en la acción de El Pasteral, junto al río Ter, y tuvo que retirarse ante la superioridad de las fuerzas liberales.

Educado el príncipe en la escuela del infortunio, se dedicaba continuamente a la lectura de toda clase de obras, con el objeto de poder ser útil a su país; vivía modestamente en un hotel que nada tenía de particular, rodeado más bien de amigos que de cortesanos, y entretenía sus ocios asistiendo con asiduidad a los ejercicios militares de las tropas del distrito y visitando e inspeccionando arsenales, cuarteles, museos, grandes establecimientos fabrilés y laboratorios de hombres de ciencia.

Todo ello no hay por qué dudarlo. Pero, si para un burgués o incluso aristócrata esos retratos significaban una notable calificación, para un pretendiente a rey (e hijo de Carlos V), no representaban demasiado.

Así, cuando en enero de 1860, el atildado príncipe ya había cumplido 42 años de edad, muy poco había hecho por la causa carlista: un ligue amoroso y una abdicación que estuvo a punto de desestabilizarla, algunos manifiestos carentes totalmente del brío necesario para levantar el ánimo de sus leales, y un frustrado intento de entrar en España en abril de 1849...

Y este conato había sido porque tanto el general Cabrera -que estaba aquí batallando- como su amante, que le deseaba «rey heroico», le impulsaron a realizarlo. Aquel 4 de abril de 1849, en que se rindió en Sant Llorenç de Cerdans a dos gendarmes franceses que sólo perseguían a contrabandistas, ¿no tuvo ocasión de defenderse...? Ellos, los infantes que deseaban entrar en España (según se supone) eran tres: Carlos VI y sus dos hermanos Juan y Fernando.

Lo cierto es que en España, tras la derrota de la "guerra dels matiners" y la salida de Cabrera hacia Francia, en julio de 1840, había habido muchos levantamientos de guerrillas carlistas.

En 1855 por ejemplo, los carlistas supieron que los constituyentes más exaltados se reunían para pedir la deposición de Isabel. Los carlistas más impacientes se lanzaron a la guerrilla para combatir a la revolución y poner en el trono a su rey.

En Zaragoza, al frente de los escuadrones de la guarnición se sublevó el capitán de Caballería Corrales al grito de " ¡Viva Carlos VI! ", pero fue derrotado y fusilado.

A la vez, el general Borges, con una partida, obtuvo la victoria de Cumiols.

Se observaron otros movimientos en Castilla, en Cataluña y en el MAESTRAZGO, apareciendo numerosas partidas carlistas, pero sin orden ni preparación suficientes, por lo cual fracasaron aquellos intentos.

Y, como éstos, hubo varios más.

En todas esas insurrecciones ocurridas en once años, JAMÁS ACUDIÓ MONTEMOLIN al llamado "campo de honor".

Sin embargo, cuando, poco antes, la española Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia, le rogó que disuadiera a sus partidarios de esos temerarios alzamientos sin sentido, que no hacían mas que lanzarlos a la muerte, Montemolín le contestó, sin inmutarse:

"Feliz el súbdito que muere por su soberano."

Tajantemente, Eugenia replicó: "Lo dudo, si el soberano no está también dispuesto a morir por sus súbditos."

Quizá fue el fustigazo de la emperatriz lo que le impelió a tomar parte directamente en el desastroso desembarco en San Carlos de la Rápita, en abril de 1860.


2ª y 3ª GUERRAS CARLISTAS


Guerra dels Matiners (1846-1849)

Las expectativas frustradas de unión dinástica matrimonial entre Isabel II y Carlos Luis de Borbón y de Braganza, conde de Montemolín (primogénito de don Carlos y denominado Carlos VI en la genealogía carlista), detrás de cuya hipotética alianza se situaban conocidos valedores como el filósofo Jaime Balmes o Juan de la Pezuela y Ceballos, allanó de nuevo el camino a la irracionalidad de la fuerza.

Desde el otoño de 1846 se detectaron escaramuzas inconexas de partidas autónomas levantadas en armas por diversos puntos de la geografía catalana (como la sierra de Rocacorba o el municipio de Manlleu), escenario exclusivo de este nuevo despliegue bélico y presumible origen del nombre de 'madrugadores' (matiners), con el que la historiografía ha bautizado a sus principales protagonistas.

La actividad de las partidas en acciones guerrilleras prosiguió durante 1847 a las órdenes de jefes experimentados (Bartolomé Porredón, más conocido como Ros de Eroles; Benito, o Benet, Tristany; Juan Castells; Marçal, etc.), logrando incrementar sus efectivos de cuatro a diez mil hombres a raíz del retorno a Cataluña del irredento Cabrera, apodado el tigre de El Maestrazgo.

Al frente de las huestes isabelinas se sucedía un rosario de jefes y capitanes generales (Bretón, Manuel Pavía y Lacy, Manuel Gutiérrez de la Concha y Fernando Fernández de Córdova), en un continuo trasiego por las líneas de combate que ponía de relieve la incapacidad del Ejército para pacificar el acotado conflicto.

La incorporación de elementos progresistas y republicanos a las filas carlistas, al hilo del impacto de las revoluciones de 1848 europeas, complicó aún más su tipificación interna y específica resolución. La abortada venida a España desde Londres del conde de Montemolín, en la primavera de 1849, acabó por disolver los reductos carlistas, que optaron, al igual que Cabrera, por su traslado a Francia, sin quedar rastro de ellos en Cataluña a la altura de mayo de 1849.

TERCERA GUERRA CARLISTA (1872-1876)


En apenas un cuatrienio, las tropas del pretendiente Carlos VII (duque de Madrid) se enfrentaron con las de los sucesivos adeptos de Amadeo I, de la I República y de Alfonso XII, prueba inequívoca de la cambiante morfología política de España en esos años y sus dificultades para consolidar su forma de gobierno y estructuración territorial del Estado.

Cataluña y el País Vasco coparon en esta tercera y última ocasión la geografía militar carlista desde las primeras escaramuzas del llamado 'ejército de Dios, del trono, de la propiedad y de la familia', fechadas en 1872, hasta el histórico “Volveré” pronunciado por Carlos VII en febrero de 1876 al cruzar el puente de Arnegui rumbo al exilio, por lo demás nunca cumplido.

Entre uno y otro año tuvieron lugar un sinfín de choques armados, unas veces favorables a los rebeldes (Estella, Santa Bárbara, Montejurra, Luchana, Desierto, Portugalete), o bien estrepitosos errores de éstos (sitio de Bilbao, toma de Cuenca, marcha hacia Valencia), junto a acontecimientos variopintos como la designación del infante Alfonso Carlos al frente de los combatientes catalanes y la testimonial devolución a este pueblo de sus perdidos fueros, o las atrocidades del cura Manuel Ignacio Santa Cruz, encarcelado por los propios carlistas y cruel excepción que confirma la regla del derramamiento indiscriminado de sangre inocente.

La Restauración de la Casa de Borbón, llevada a efecto en diciembre de 1874 en torno a la figura de Alfonso XII, hijo de la destronada Isabel II, puso de relieve, antes de certificarlo las armas en Cataluña y Navarra, la secular inutilidad del empeño carlista por acceder a la corona de España.







LA DINASTIA CARLISTA


CARLOS V (Isidro Mª Carlos)
CARLOS VI
JUAN III

CARLOS VII
ALFONSO CARLOS I

DOÑA BLANCA
JAIME I
DON JAVIER
CARLOS-HUGO y SIXTO


JAVIER AROCENA

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