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CELTIBEROS y VASCOS
La vulnerabilidad de Roma ha quedado demostrada frente a los ejércitos de celtibéricos curtidos en la batalla que se enfrentan sin miedo a las poderosas legiones romanas.
Un sentimiento de solidaridad recorre por primera vez las tierras de la Hispania no dominada del dominio romano que ve como miles de hombres dejan sus hogares para marchar a luchar unidos contra el invasor.



INDICE DE ESTA PÁGINA
Sertorius
Derrotas romanas en Iberia
Numancia

     
Historia vascos FORTIFICACION INDIGENA
SERTORIO

De Roma, la ruidosa metrópoli, Sertorio se retiró a la península Ibérica, cuyos rudos hombres y agrestes paisajes le eran ya cono­cidos.El austero y recio sabino que había sido educado en la re­tórica griega y latina, que había combatido contra cimbrios y teutones, luchado en la guerra social contra los itáticos y hecho campaña en tierras hispanas durante más de siete años, que ha­bía abrazado el partido popular y entrado en Roma junto a MARIO y CINNA el año 87 a. c., se convirtió desde entonces en un proscrito y un traidor para SILA y sus inmediatos sucesores.
Quizá por esta razón, quizá por convicción, Sertorio comba­tirá la dictadura y el régimen aristocrático que siguió a aquélla. Con él emigrarían muchos romanos que no podían soporrar el regreso de Sila de Oriente y a él se sumarían luego los exiliados y víctimas del dictador, y también, a la muerre de Sila, los vencidos y perseguidos por Pompeyo.
Eran todos ellos romanos que no te­nían ninguna esperanza bajo el régimen de los vencedores y que buscaban refugio y horizontes de retorno bajo Sertorio.
La mirada del general sabino, por lo menos mientras la lu­cha le fue de cara, parece girar siempre en torno a esta idea: de­safiar la legitimidad del gobierno senatorial.

Sus enemigos le acusarían de traicionar a Roma. Lo que de su vida y obra han conservado los cronistas antiguos descubre, sin embargo, a un general que en todas partes se comporta como un romano au­sente y cuya meta es derrocar al gobierno que le ha desarraiga­do de sus raíces y de sus ambiciones.

Traidor o no, pues ya al fi­nal Sertorio llegaría a coaligarse con Mitrídates, una especie de cordón umbilicalle ata siempre a la ciudad del Capitolio, ligán­dole estrecha y también violentamente a los ideales que ésta re­presenta.

La ciudad donde se organizaban los planos y caminos del mundo, donde el ciudadano escuchaba el ruido de poleas y en­granajes de la maquinaria de poder, la Roma material, atrayente y abrumadora, y no la peregrina que él terminaría acaudillando, estaba lejos de Hispania. como un simple humo en el horizonte, pero lo bastante cerca para que Sertorio fuera capaz de amena­zarla invierno tras invierno, batalla tras batalla, y allí pudiera mantener la ilusión de un puente, de construir con las armas un regreso.
En tierras ibéricas la guerra era posible, conocía aquellas duras provincias y allí, al frente de romanos desterrados y aliado a las tribus indígenas, explotando astutamente el rencor que los bárbaros reservan siempre para sus conquistadores, él, un pros­crito, podría hacer crecer los argumentos de los vencidos y ex­presar sus objeciones en voz alta, podría levantar un poder comparable al de sus enemigos.

Sertorio se apoyó en Hispania como Julio César después en la Galia o Marco Antonio en Egipto: jefe de bárbaros y romanos perseguidos, sería el primer ciudadano y general romano en uti­lizar las fuerzas vivas de las provincias y los recursos allí anclados para asaltar el poder de la metrópoli.

En su mirada la península Ibérica se convertirá en el principal núcleo de resistencia armada al poder aristocrático asentado en Roma y en la base de opera­ciones para la reconquista del gobierno.

Pero antes de que su destino quedara ligado a la península Ibérica definitivamente y su fama se extendiese por todas partes, llevando los navegantes su nombre -Quinto Sertorio- de Oc­cidente a Oriente como si de una mercancía preciosa se tratara, antes tuvo que huir y sobrevivir a la aventura, pues sus planes primeros de adueñarse de la Hispania Citerior y ser refugio allí de los romanos en desgracia fracasaron.

Señor indiscutible de Roma, SILA envió un ejército para aniquilar la rebeldía de aquel fugitivo que había usurpado el cargo de gobernador de la Hispa­nia Citerior, y Sertorio, todavía sin los apoyos suficientes para imponerse, tuvo que embarcarse en Cartago Nova con sus tro­pas -Plutarco habla de nueve mil soldados-.

Tuvo que par­tir en busca de otras tierras donde rehacer su fortuna. El sabino sólo regresaría a las viejas tierras ibéricas para levantar allí su po­der y su leyenda en el 80 a. c., dos años después.

Vemos así al general rebelde y a sus soldados de fortuna deam­bular por las aguas del Mediterráneo; merodear por las costas de África y el litoral de la Bética, rechazados por los indígenas y por los lugartenientes del odiado Sila; cambiar de rumbo, unirse a unos piratas cilicios y, casi estatuas de sal, casi polvo, hambrien­tos de botín y riquezas, pisar como un incendio leve, sin ventu­ra, la isla de Ibiza y las Baleares.

Vemos a Sertorio navegar al frente de su flotilla como un deshecho bélico y cruzar el Estrecho de Gibraltar y buscar plazas de actuación y volver a tocar la de­sembocadura del Guadalquivir y encontrarse allí con unos mari­nos que le hablan a él y sus mercenarios de vivir en paz en las islas Monunadas, retirado de luchas y guerras incesantes.

Le vemos re­nunciar a esa empresa y separarse de los piratas; volver al Mediterráneo y arribar con sus naves en la costa de Mauritania, y al frente de sus soldados y tropas indígenas hacer allí la guerra a los aliados de Roma.

Vemos a Sertorio vencer al ejército enviado por Sila en socorro del reyezuelo Ascalis y enrolar a los vencidos en sus filas y tomar al asalto la ciudad de Tánger, y también le vemos excavar la tumba del gigante Anteo, y después de hallar aquel mítico esqueleto de más de veinte metros, entregándose a la representación y la farsa, volverlo a enterrar y rendirle culto, cautivando así a los lugareños, de la misma manera que luego, ya en tierras hispanas, cautivará a lusitanos, celtíberos y vacceos.

Es decir, respetando sus mitos y creencias, sumergiéndose en las viejas tradiciones que le rodeaban y creaban vínculos de vida y de muene entre él, un romano desterrado, y elJos, simples bárbaros.

Es ahora, en la primavera del año 80 a. c., en este momen­to que su fama de general y mercenario crece, cuando se le presenta la oportunidad de regresar a la península Ibérica y seguir, en aquelJas regiones de las que tan apresuradamente había tenido que huir, la lucha contra Sila.

De ese: modo lo cuenta Plutarco:

«Entonces, mientras deliberaba a dónde dirigirse, los lusita­nos le llamaron, enviándole embajadores para ofrecerle el man­do, porque necesitaban un general de gran prestigio y con expe­riencia ante su temor a los romanos...»

Entonces (es el año 80 a. c.) Sertorio partió de Mauri­tania a la cabeza de un ejército compuesto de dos mil seiscientos exiliados romanos y setecientos africanos.

Venció en el mar al lu­garteniente de Sila que le salió al paso. Desembarcó muy cerca de Tarifa y, tras unirse a los cuatro mil setecientos lusitanos que allí le aguardaban y derrotar a orillas del Guadalquivir al gober­nador romano de la Ulterior, llegó a su nuevo escenario de ar­mas: la región de la Lusitania.

En aquella época, después de un siglo de campañas y expedicio­nes de castigo, la Lusitania todavía era una tierra salvaje que, apenas incluida dentro de las fronteras de la República, conti­nuaba amenazando la paz de la provincia Ulterior, región rica y romanizada fiel a Sila.

Sertorio, capaz de deslumbrar con sus vic­torias y obtener de los crédulos indígenas una confianza ciega, llevó a la Lusitania su lucha por la supervivencia, y allí, una de las regiones más remotas de la República, logró desafiar el poder de Roma, la Roma de Sila, la Roma que le había desterrado.

El año 77 a. C. marca la cumbre de sus campañas. Ha ven­cido y encerrado al ilustre y veterano METELO en la provincia Ul­terior. Ha liberado Lusitania de las poderosas tropas enviadas desde Roma, dejando su custodia a uno de sus más brillantes lu­gartenientes.

Sin apenas resistencia, atrayendo o sometiendo a las tribus indígenas, conquistando la fidelidad personal de vac­ceos y celtíberos, ha arrebatado la provincia Citerior al goberna­dor senatorial.

Conoce también el territorio, se mueve al frente de sus ejércitos con rapidez y está seguro de los lazos que unen su persona a los indígenas, a los que instruye en la táctica y la eficacia militares romanas.

Tiene, además, su le­yenda, ese extraño reflejo centelleante nacido a medias de las ac­ciones y a medias de lo que el vulgo piensa de ellas.

En Roma, después de dos largos años de guerra y de que se le hayan unido los veinte mil infantes y mil quinientos jinetes del aristócrata de ideología popular Mario Perpenna, ya nadie ve a Sertorio como un expatriado buscando aventuras.

Es dueño de la Lusitania, de la Celtiberia, del rico valle del Ebro y de la costa levantina.

Es un general capaz de salvarse y salvar, un soldado de fortuna para el que los escrúpulos no cuentan si se trata de con­seguir el fin soñado, un ciudadano romano que exhortando a los pueblos indígenas a continuar la guerra demuestra con pocas pa­labras cuánto interesa a los hispanos su victoria: un trato más justo, alivio tributario, repartos de tierra, más amplias posibili­dades dentro de Roma...

Quiere que sus aliados bárbaros termi­nen de creerle y para ello abre en Huesca, su capital y centro de operaciones, una escuela superior donde los hijos de los notables indígenas puedan seguir con togas y decoro patricio las enseñan­zas gnegas y romanas.

Sertorio se ha rodeado de celtíberos, vacceos y lusitanos, y hace la guerra a los ejércitos enviados desde Roma, pero sigue siendo un romano.

En lucha contra el gobierno senatorial, para él y sus sol­dados contestable, y dueño de un vasto territorio, el general sa­bino traslada el gobierno legítimo al exilio hispano, crea un SENADO con los romanos ilustres desterrados allí, elige magistrados a sus lugartenientcs, designa sus cuestores y pretores, y ad­ministra los territorios en su poder conforme a las leyes de Roma.

Los ojos de Sertorio y sus antiguos oficiales están fijos siempre en la gran urbe: la administración que crea es romana, las magistraturas son romanas, incluso el ejército, si no es roma­no por las circunstancias y las necesidades, es armado y ordena­do a la romana, y, en todo caso, los mandos son originarios de Roma y hacia su reconquista caminan, aunque para ello tengan que ir al frente de bárbaros o aliarse al gran Mitrídates de Asia...

La meta fija siempre es Roma: poco cuentan los medios para conseguirla, ni siquiera importa aliarse al rey del Ponto si con sus barcos y dinero puede prolongarse la guerra y alcanzarse el fin anhelado, ni siquiera importa conseguir Roma mutilada en sus fronteras o que los cronistas vean en él a un enemigo del pueblo, un mediocre hombre de Estado o un traidor.

Jamás llegará a hacer realidad sus propósitos. Entrar en Roma. Ja­más regresará a la ciudad del Capitolio, aunque durante un tiempo muchos senadores del partido aristócrata temblasen sólo de leer las noticias traídas de Hispania, temerosos de que Serto­rio regresara vencedor de tierras iberas.

POMPEYO, que a la muer­te de Sila había combatido a los ejércitos populares con éxito y que sin ser senador había alcanzado ya los honores de Roma, será el salvador del Senado romano.

Joven y audaz general, a él confió el Senado la mi­sión de unirse a Metelo y, al frente de cincuenta mil infantes y mil jinetes, triturar las esperanzas del rebelde.

Los planes de Sertorio, acosado por la astucia del viejo Metelo y la fuerza juvenil del bien respaldado Pompeyo, irán rindiendo al tiempo su fragmentario tributo.

Hasta quedar en nada. La guerra se prolonga. Los abastecimientos se hacen difí­ciles de conseguir.
Termina traicionado por sus generales y se suicida.

Por el profesor García Cortazar
vascos BARRA
vascos CATON
DERROTAS ROMANAS EN HISPANIA

La línea impuesta por el loco Catón y sus secuaces gangsteriles en el Senado de Roma, la "línea depredadora" que se basa en saquear, robar y expoliar, provoca que los propretores que se suceden al mando de los territorios españoles, divididos en la Hispania Ulterior y la Hispania Citerior Ulterior (Andalucía y el Levante), se dediquen a imponer la ley de los gángsters a sangre y fuego en la zona controlada por Roma.

El cambio del dominio púnico al romano lo perciben de repente los indígenas como salir de Guatemala para caer en Guatepeor. Roma no tiene miramientos. Pero los indomables hispanos venden cara su Libertad.

En 197-196 aC se produce una gran sublevación que se salda con una gran derrota de las legiones romanas que a duras penas consiguen retirarse. El Senado envía en 195 aC un ejército consular al mando del cónsul Marco Porcio CATÓN, el tipo más loco y más peligroso de toda la historia de Roma, compuesto por dos legiones (unos 9.000 hombres) más unos 15.000 infantes aliados italianos, 1.000 jinetes y una escuadra de 20 naves de guerra.

La gigantesca maquinaria militar romana sofocará la revuelta en el noreste, aunque no podrá con la resistencia de Numancia, la ciudad que por primera vez se abre a la Historia y de la que volveremos a hablar largo y tendido, pero a Catón no le importa, ya tiene oro y plata de sobra de sus saqueos y se vuelve a Roma a celebrar su triunfo y a disfrutar del botín (y menos mal que este tipejo se consideraba un "estoico"...).

¡Esto es Jauja! debió exclamar este tarado que se paseaba por Roma cubierto sólo con la toga porque decía que llevar túnica debajo era un signo intolerable de "modernidad".

Este repelente descendiente de esclavos, que necesita demostrar a cada minuto que es más romano que nadie y que será la causa de la destrucción de Cartago, dejará su infame semilla en su descendencia hasta su bisnieto Catón "el joven", otro loco desquiciado que, como su bisabuelo, traerá la ruina, pero no sobre Cartago, sino sobre la propia Roma encendiendo la pira de la guerra civil entre César y Pompeyo.

Y mientras tanto continuarán las depredaciones y los saqueos en la Iberia libre del dominio romano. Auténticas razzias montadas por los gobernadores de turno para conseguir esclavos y riquezas.

Tito Livio da las cifras del expolio al que el tarado Catón sometió a Hispania: unas 26.000 libras de plata y 1.400 de oro.

Tito Livio nos ha dejado la cifra de los efectivos enviados a Iberia entre los años 193 a 181 :

Año....... Romanos,,, Aliados

193...... 6.200.... 10.400

191..... 2.201,,, 4.400
189,,,,,. 2.050,,,, 8.400
188,,,,,, 6.400.....
186,,,,, 3.200.... 21.300
184..... 4.300... 5.500
182.. 4.200... 7.300
181.. 3.200... 6.300

La relación normal entre romanos-aliados en las legiones de la república era aproximadamente de 1-2.

A cada legión se le asignaba un contingente similar aliado italiano. La gran sangría provocada por la II Guerra Púnica en los efectivos romanos queda perfectamente ilustrada por la tabla superior.

Sin embargo, en 180 aC llega un nuevo pretor a Hispania: Tiberio Sempronio GRACO, un hombre que prosigue la conquista, pero muy distinta en las formas. Graco no ve a Hispania como un inmenso corral que saquear, sino como un territorio a romanizar, a integrar, algo que en aquellos tiempos era una auténtica herejía.

Durante los dos años de su propretura 180-179 aC, Graco consolidará la conquista del valle del Ebro colonizándolo, combatirá y vencerá a los carpetanos.

Pero a la conquista va unida la reconciliazción, el pacto, el tratado, la colonización... la romanización. Sempronio Graco se esforzará por acercar a los españoles una Roma beneficiosa y amiga y los indígenas agradecerán su gesto firmando con él la Pax Sempronia.

Incluso tras serle concedido por el Senado un Triunfo prefirió Graco quedarse un tiempo más en Hispania para finalizar su labor de asentamientos y de pactos con las tribus iberas que le ven como a un gobernante justo y equitativo.

El primer romano que ha cumplido los tratados. Gracias a Graco los celtíberos pueden enviar delegaciones al Senado de Roma para quejarse de los abusos de los gobernadores, gracias a Graco el Senado dicta leyes para proteger a los nativos de las depredaciones, gracias a Graco Roma comienza a construir obras públicas que serán el más firme vehículo de la romanización. Y los hispanos comienzan a acomodarse a su nuevo status.

Pero nada dura eternamente...

La Pax Sempronia se romperá dramáticamente en 154 aC cuando, en medio de una campaña de saqueos y depredaciones romana, un caudillo lusitano de nombre Púnico, de más que probable origen cartaginés, se alce en armas contra Roma derrotando a los propretores MANLIO y CALPURNIO y casi aniquilando su ejército, lo que motivó que numerosos pueblos se le unieran en esta lucha contra una Roma que, abandonando el espíritu de Sempronio, se ha lanzado una vez más a la depredación.

Entre las adhesiones que recibe Púnico se encuentra la de la ciudad de NUMANCIA, la capital de la Celtiberia.

Pero Roma no va a dejar que la aventura de Púnico quede sin castigo.
En el año 153 aC llegan a España el cónsul Quinto Fulvio NOBILIOR y Lucio Mummio con unos 60.000 hombres en total.

El alzamiento ha causado gran temor en Roma y los generales romanos prescinden de los auxiliares celtiberos procedentes de los territorios bajo dominio romano. Es una auténtica guerra de la Hispania libre contra Roma, una auténtica guerra de nativos contra el invasor como años más tarde lo será la de Vercingetórix contra César.

SEGEDA, la capital de los titos y belos, es destruida por Fulvio Nobilior y sus habitantes se refugian en la vecina Numancia que se prepara para resistir el ataque. Pero entonces el ejército de Lucio Mummio es derrotado estrepitosamente por los lusitanos de Púnico y los estandartes romanos repartidos por media Iberia que aclama frenéticamente a los héroes que han derrotado a dos ejércitos romanos en dos campañas.


La vulnerabilidad de Roma ha quedado demostrada frente a los ejércitos de celtibéricos curtidos en la batalla que se enfrentan sin miedo a las poderosas legiones romanas. Un sentimiento de solidaridad recorre por primera vez las tierras de la Hispania no dominada del dominio romano que ve como miles de hombres dejan sus hogares para marchar a luchar unidos contra el invasor.

Y en ese momento, los numantinos, animados por tanto jolgorio salen de excursión y acorralan y aniquilan a una legión entera a la que han aislado e ido empujando a una astuta trampa el 23 de agosto de 153 a.C.

En Roma no pueden creérselo: una banda de bárbaros sin civilizar ha vencido a dos ejércitos y aniquilado a toda una legión de postre. El día de la derrota y su dios tutelar, Vulcano, fueron señalados como nefas.

Fulvio Nobilior, encolerizado, por aquella osadía se lanza sobre Numancia, pero la ciudad, construida en un acantilado sobre el río Duero, es inexpugnable por la naturaleza y por las murallas que la rodean.

Mientras tanto, el Senado, ha ordenado el reclutamiento de dos nuevas legiones, pero se encuentra con que nadie quiere ir a Hispania.

Por toda Italia circulan relatos extraordinarios de las proezas de los guerreros españoles, vinculados entre sí por extraños pactos sagrados y armados de sus temibles gladius que masacran legiones como si tal cosa.

Roma no puede reclutar dos nuevas legiones porque la juventud romana se niega a ir a ese extraño país a ser masacrada por los temibles bárbaros.

Tras las grandes victorias de antaño, Roma se creía invulnerable, y los celtiberos la han golpeado donde más daño pueden hacerla. Roma se siente vulnerable y el Senado, estupefacto, presiona a Fulvio Nobilior para que acabe con la pesadilla española de una vez por todas.

El cónsul romano pide ayuda a los númidas que le envían jinetes y elefantes de guerra. Los refuerzos llegan ante Numancia con diez elefantes y el cónsul romano los lanza sobre los sobresaltados numantinos que nunca antes han visto algo así.

Pero siempre hay que contar con los imponderables. Y uno de esos imponderables apareció sobre el campo de batalla en forma de un curtido veterano que sí sabía lo que había que hacer contra los elefantes y se lo dijo a un hondero que lanzó su mortífero proyectil contra el ojo del paquidermo, el cual, enloquecido por el dolor, se volvió sobre sus pasos aplastando a la infantería romana que venía detrás.

Los numantinos, al ver aquello, se lanzaron contra los elefantes masacrándolos y de paso masacrando también a los romanos para estupefacción del pobre cónsul que, humillado, tuvo que retirarse de aquellas tierras malditas habitadas por invencibles demonios.

El Senado, harto de aquella situación, envía al cónsul Marco Claudio Marcelo que, temeroso, se entretiene por el camino dando largas hasta que el Senado, enfurecido, le ordena atacar Numancia.

Corre la primavera de 152 aC y el cónsul Marcelo prueba la diplomacia en lugar de la fuerza, consiguiendo una tregua que augura la paz. Entre sus oficiales hay otro Escipión, Publio Cornelio Escipión Emiliano, nieto adoptivo de el Africano, que adquiere así experiencia militar que le será fundamental en su futura carrera destructiva.

Pero el Senado no quiere oír hablar de paz y el nuevo cónsul Lucio Licinio Lúculo emprende de nuevo la guerra atacando a los vacceos y sitiando su capital Cauca.

Sus pobres habitantes, que no han hecho nada para merecer aquello, son conminados a rendirse entregando todas sus armas y 100 talentos (2.700 kg.) de plata.

Los habitantes de Cauca acatan las exigencias romanas y envían todas sus armas y la plata.

Entonces Lúculo ordena el asalto de la indefensa ciudad, exterminando a todos sus habitantes. Acto que merece la condena de historiadores como Apiano que la califican como merece al decir que "tales actos llenaron de infamia a los romanos".

Pero ante los muros de Pallantia, nuestra Palencia, no hay mujeres y niños indefensos, sino indígenas que luchan por su Libertad y el salvaje criminal Lúculo es derrotado y obligado a retirarse apresuradamente.

Ante esta acción Escipión regresa a Roma, pero no porque sienta asco del comportamiento en Cauca. No. Escipión se marcha porque no quiere seguir en un ejército que va a la defensiva y emprende una campaña contra lo que considera incompetencia frente a la rebelión hispana.

Lúculo, que desea un botín a toda costa, arrasando de nuevo las tierras de los vacceos ¡pobres vacceos! siempre en mitad de la bronca... saqueando todo lo que encuentra a su infame y cobarde paso.

Sulpicio GALBA sucede a Mummio y planea un golpe que acabe con la guerra de una vez por todas del modo más vil.

Pacta una tregua con los lusitanos concediéndoles todo cuanto piden, firma el tratado y cuando los 30.000 guerreros lusitanos, desarmados, están reunidos para celebrar las conversaciones sobre el reparto de tierras los ataca de improviso masacrando a unos 8.000 y capturando miles más que son vendidos como esclavos.

De aquella masacre escapará con vida un joven pastor de la sierra de Estrella al que la Historia tiene reservado un lugar entre los grandes: VIRIATO.

Viriato es un verdadero genio de la guerra. Fue tan temido y a la vez admirado en Roma que sus historiadores no dudan en considerarle Romulus hispaniensis "el Rómulo hispano".

Poseedor de una cabeza privilegiada para la guerra y para la política, formará cuidadosamente un ejército capaz de derrotar a Roma. Alternando las acciones en campo abierto con la guerra de guerrillas, desconocida para los romanos, Viriato consigue frenar las razzias romanas y poner a Roma a la defensiva, lo que ya es un tremendo triunfo.

Pero Viriato es más que todo eso, mucho más. Adiestrado ya su ejército, en 147 aC invade el valle del Betis aplastando a su paso todo lo que huele a ejército romano.

Viriato es un auténtico mago de la estrategia que utiliza el terreno como un elemento más de su ejército.

Se pasea en triunfo por toda la Hispania Ulterior sin que los romanos puedan derrotar a su ejército que tan pronto aparece como se desvanece por arte de magia, desapareciendo para volver a juntarse de repente a espaldas del enemigo y golpearle con toda furia.

Las legiones romanas, acostumbradas a enfrentamientos "ortodoxos" con ejércitos formados en líneas compactas, son golpeadas una y otra vez por esta nueva técnica hasta ser derrotadas contundentemente.


En el valle del Tiétar, Viriato derrotará magistralmente al propretor Cayo Plautio y convertirá a Segóbriga en su capital. Los hispanos, armados con sus gladius hispaniensis, machacan a la infantería romana como un martillo machaca una nuez.

Desde esta ciudad carpetana cuyas impresionantes ruinas aún podemos admirar junto a la autovía de Valencia, iniciará Viriato una serie de golpes contra el dominio romano de tremenda resonancia.

Es un insulto que Roma no puede tolerar y envía a Quinto Fabio Máximo, uno de sus mejores generales, que es vencido por Viriato en una brillantísima campaña en la que Máximo cae en una trampa meticulosamente preparada.

Todo el ejército romano cae prisionero de Viriato, pero lo que el caudillo quiere no es sangre romana, sino Pax Hispana. Político además de general, Viriato convence a su prisionero Quinto Fabio Máximo para firmar un tratado de paz que asegure la independencia de la Lusitania.

El brillante Viriato sabe que puede contener a los romanos, pero no expulsarlos de España, así que admite el status quo vigente: Roma se quedará con sus territorios ibéricos pero no conquistará ya más. Ya tienen todo el litoral levantino y la Bética y no deben tener más.

Los senadores se quedan perplejos.

Es la mayor humillación impuesta a Roma desde las Horcas Caudinas... aunque aún no saben que con el tiempo vendrá después otra aún mayor...

El soberbio Senado, acostumbrado a imponer él los tratados, tiene que tragarse su orgullo y ratificarlo. Pero Servilio Cepión, cónsul en 139 aC tiene otros planes. Miembro de una infame familia optimate que pasará a la Historia por la traición, el saqueo y el , rompe el tratado atacando la Lusitania.

Cuando Viriato envía tres embajadores a Cepión, el romano les soborna prometiéndoles enormes cantidades de oro si asesinan a Viriato que será apuñalado en plena noche en su tienda por los secuaces de los traidores.

Traidores que escapan, mientras en el campamento aún se ignora el crimen, al campamento de Cepión. Este miserable canalla, esta joya de la traición, del engaño, del abuso, de la depredación, en el colmo de la mezquindad más mezquina, les espetó la famosa frase de "Roma no paga traidores"... y así se quedó él con la recompensa, claro.

Los funerales del gran Viriato fueron el emotivo homenaje a un hombre cuya inteligencia estuvo a punto de conseguir lo inalcanzable.

Sin embargo, la mayor humillación sufrida jamás por Roma en campaña en toda su historia llega en 138 a.C, cuando el cónsul Cayo Hostilio Mancino al mando de su flamante ejército consular llega para acabar la guerra de una vez por todas. Pero Iberia arde.

Los saqueos y la destrucción causada por Roma han colmado la paciencia de los enfurecidos españoles de tal manera que la mayor parte de las tribus se unen de nuevo para combatir juntas al odiado enemigo romano.

Incluso las temibles tribus cántabras marcharán para unirse a esta gran coalición de pueblos que luchan por su MODO DE VIDA contra un poder opresor que se basa nada más que en la fuerza bruta para imponer su ley sanguinaria.

El cónsul Mancino sitia ¡de nuevo! Numancia y las tribus libres corren desde todos los puntos a socorrer a la ciudad hermana. Mancino, al enterarse de la inminente llegada de toda aquella gente enfadada con él, no se lo piensa dos veces y apresuradamente levanta su campamento e inicia eso que algunos llaman "retirada estratégica" o como dicen los castizos "marica el último".

Los numantinos, que tenían preparada otra bonita "fiesta de las espadas" a los romanos se entristecen tanto al verlos partir que salen en tropel dispuestos a montar la fiesta allí mismo.

Los romanos se aterrorizan y emprenden la huída a marchas forzadas, pero lo que el cónsul Mancino no sabe es que está siendo llevado a una inteligente trampa igual que se lleva una oveja al matadero.

Los numantinos empujan a las legiones que, con sus flancos rodeados por las tribus que llegan, sólo tienen un camino posible... precisamente aquel que los españoles les están dejando libre... y que conduce, a través de un desfiladero a una hoya sin salida donde todo el ejército consular romano queda encerrado.

En aquel ejército estaba el cuestor Sempronio Graco, hijo de aquel Sempronio que tan gratos recuerdos despertaba en los celtiberos y en atención a su venerada memoria y a la tan añorada Pax Sempronia, los romanos fueron liberados.
Desarmadas, las legiones de Roma, son obligadas a desfilar ante los orgullosos hispanos y enviadas a Roma con el cabizbajo cónsul al frente, que se ha visto obligado a firmar un tratado de paz... otro tratado de paz... Es la mayor humillación jamás soportada por Roma, que ha visto muchas veces a sus ejércitos ser derrotados y aniquilados en múltiples guerras, pero nunca jamás ser humillados de esta manera.

La escena ante el Senado de Roma es inolvidable. Los enfurecidos senadores acusan a gritos a Mancino de alta traición, le repudian y le ordenan que vuelva a España para ser entregado a los Numantinos. A él, ¡nada menos que un cónsul romano!

Y el pobre Mancino es llevado ante los muros de Numancia y allí le dejan sus compatriotas romanos, desnudo y atado con cadenas, esperando que los numantinos le den muerte.

Los sucesivos cónsules llegados a Iberia: Emilio Lépido (137 aC), L. Furio Filón (136 aC) y Q. Calpurnio Pisón (135 aC) no se atreverán a acercarse a Numancia, contentándose con saquear los territorios fronterizos a las posesiones romanas.

Y es entonces cuando, con ambos extremos del Mediterráneo bajo su control, pudo planear su esperada venganza contra la odiada Cartago que será aplastada en 146 a.C por otro Escipión, nieto adoptivo de aquel grande entre los grandes llamado Escipión el Africano.

Este descendiente suyo arrasará la centenaria ciudad fenicia hasta los cimientos, sembrándola con sal y destruyendo los restos de su cultura.


vascos UBICACION DE NUMANCIA
N U M A N C I A

Las incidencias de las guerras celtibéricas en la propia Roma queda bien reflejada, hasta el punto de que fue necesario modificar la constitución romana para poder enviar como generales a cónsules de prestigio antes del periodo de 10 años que debía transcurrir de un nombramiento a otro, como en ella se contemplaba; y por otro lado, el hecho de que el cónsul nombrado pudiera hacerse cargo del ejército al inicio de la campaña en primavera, hizo necesario adelantar del 15 marzo al 15 de enero su nombramiento y toma de posesión – para que tuviera tiempo de trasladarse a la Península -, lo que obligó al cambio de inicio del año romano relacionado con el inicio de las funciones públicas.

Para los años 141 y 140, fue nombrado Q. Pompeyo quien, con 30.000 infantes y 2.000 jinetes, realizó el itinerario desde el Jalón hasta Numancia (ocupando probablemente el campamento del Castillejo), y fue derrotado por los numantinos y posteriormente por los termestinos.

Se dirigió por segunda vez contra Numancia e intentó cercarla, planteándose, incluso, la realización de una zanja que uniera el Merdancho con el Duero para cerrar el paso de la llanura oriental.

Pero los ataques constantes de los numantinos dificultaron estos trabajos de bloqueo y ocasionaron grandes pérdidas, por lo que el fracaso por segunda vez ante Numancia le obligó a aceptar condiciones de paz, planteadas por los numantinos a través de su jefe Megara.

Sin embargo una vez cumplido lo pactado por los numantinos, y con el pretexto de la llegada de un nuevo general para sustituirle, negó su juramento, remitiendo el asunto al Senado de Roma, por ello, a lo largo del año 139, la guerra con Numancia sufrió un paréntesis, mientras los emisarios de la ciudad discutían en Roma la paz.

El Senado se puso de parte de Pompeyo y aprobó la ruptura de la paz, ordenado a Popilio Lenas que reanudase la guerra. Esto suponía que por tercera vez un general romano faltaba a su compromiso jurado con los celtíberos, y la segunda que el Senado recusaba un tratado pactado por un general.

Popilio Lenas, volviendo de Lusitania (ya había sido asesinado Viriato), en el 138, se dispuso a continuar la guerra, fracasando ante Numancia, al igual que su sustituto C. Hostilio Mancino.

Este general ocasionó al ejercito romano, en el 137 a.C., uno de los mayores ultrajes de su historia. Tras sucesivas derrotas ante Numancia decidió retirarse, aprovechando la noche, al valle del Ebro; pero en su huida fue sorprendido por los numantinos en un desfiladero, sufriendo una fuerte derrota, y viéndose obligado a buscar refugio, probablemente en el campamento derruido de la Atalaya de Rinieblas.

Aquí tomó la dura decisión de capitular para salvarse, a pesar de que eran 20.000 soldados romanos frente a 4.000 numantinos. Los numantinos, en vez de matar a todo el ejército aceptaron negociar la paz, y dejaron marchar al ejército romano.

Mancino fue llamado a Roma para exponer su justificación acerca de su capitulación; pero el Senado no consideró válido el tratado firmado, y determinó entregar al general derrotado a los numantinos, eximiéndose así de responsabilidad de la palabra empeñada por uno de sus generales.

El general F. Furio Filo, designado para el 136 a.C., tenía el encargo, además de hacer la guerra, de entregar a Mancino a los numantinos.

Vestido con una simple túnica y atadas las manos, fue dejado ante las murallas de Numancia, pero los numantinos se negaron a aceptarlo, y fue devuelto al campamento y enviado a Roma.

Tanto Furio Filo como los dos generales siguientes, Calpurnio Pison, en el 135, y M. Emilio Lépido, posiblemente para evitar complicaciones, desviaron las hostilidades hacía los vacceos, dejando en pie el sometimiento de Numancia.

l Senado, y sobre todo su facción belicista, no podía tolerar por más tiempo que una pequeña ciudad como Numancia estuviera ocasionando tantos problemas a su ejército, victorioso e imparable en todo el Mediterráneo, cuando además su expansión había provocado otros problemas más graves.

Todo ello hacía necesario acabar rápidamente con Numancia sin ninguna contemplación, por lo que había que enviar a un general de prestigio.

Fue designado PUBLIO CORNELIO ESCIPIÓN EMILIANO (Africanus minor), que encabezaba el grupo belicista y había alcanzado el más alto galardón con la destrucción de Carthago, y con el que de nuevo se hizo una excepción, al igual que con Marcelo, para nombrarlo cónsul en enero del 134 sin haber transcurrido todavía 10 años desde su anterior nombramiento.

Escipión se encontró con un ejército muy menguado, unos 20.000 hombres – sólo pudo traer de Roma 4.000 voluntarios y algunos hombres que le proporcionó Macipsa, rey de Nmidia, pero contó con la ayuda económica de Antioco de Siria y Atalo de Pérgamo con la que pudo reclutar numerosos mercenarios – y sobre todo sumamente indisciplinado por lo que su primer esfuerzo fue someterlo a duros entrenamientos para dotarlo de moral, disciplina y eficacia.

Según Apiano, tras la campaña contra los vacceos, en el 134 a.C., Escipión avanzó para invernar en la región de Numancia, e instaló sus dos campamentos cerca de la ciudad.

Como los numantinos incitaran a los romanos a entablar batalla, prefirió encerrarlos y rendirlos por hambre. Para ello, levantó 7 fuertes alrededor de la ciudad y ordenó rodearla con un foso y una valla.

Cuando tuvo esta obra acabada, para una mejor protección, más allá de esta fosa y a poco intervalo construyó otra, guarneciendola de estacas, y levantando un muro de ocho pies de ancho y diez de alto, sin contar las almenas.

Se levantaban torres por todas partes, a unos treinta metros unas de otras. Y no siendo posible cercar la laguna próxima, construyó a través de ella una valla de la misma altura y anchura, para suplir la muralla.

En lugar de puentes sobre el Duero construyó dos castillos, desde los que tendió vigas de madera, atadas con cuerdas sobre la parte ancha del río; clavadas en ellas había muchos hierros agudos y dardos.

Los numantinos intentaron varias veces romper el cerco, ya que no había peor castigo para un celtíbero que no poder morir luchando.

Finalmente, RETÓGENES, acompañado de cinco compañeros y cinco criados, aprovechando una oscura noche de la primavera del año 133 a.C. logró superar el cerco, incluidos los caballos, para los que utilizaron unas tablas, consiguiendo matar y despistar a los centinelas y escapando rápidamente.

Se dirigieron a solicitar ayuda a las ciudades arévacas, intentando levantarlas de nuevo contra Roma, pero fue rechazada su petición por miedo a las represalias de los romanos.
Solamente de la ciudad de LUTIA (situada a 56 km. de Numancia, pero no identificada) encontró Retógenes el apoyo de los jóvenes guerreros; pero, enterada, y tratando de evitar represalias, la asamblea de los ancianos denunció por miedo este intento de rebeldía a Escipión.

El general romano se plantó rápidamente ante Lutia y ocupó la ciudad, exigiendo a los ancianos que le entregasen a todos los jóvenes guerreros, unos 400, a los que impuso el cruel castigo de CORTARLES LAS MANOS. Así acabó el único intento de ayuda a Numancia.

El texto de Apiano no deja claro si los dos campamentos iniciales formaban parte del cerco o no. No obstante, Shulten, que estudió los campamentos y el cerco, entre 1906 y 1912, habla de un número total de 9 instalaciones militares.

Según el investigador alemán, el cerco de asedio estaría constituido por siete campamentos levantados en los cerros que rodean Numancia y dos castillos ribereños para el control de los ríos.

Sus exploraciones y la interpretación de los textos de Apiano, le llevaron a localizar los dos campamentos principales en los cerros de Castillejo y Peña Redonda, ya que, situados diametralmente opuestos ofrecían la mejor posición para la defensa de toda la empalizada y el mayor control visual. En el primero, situado al norte, ocupado anteriormente por Marcelo y Pompeyo, se instalaría Escipión.

En el segundo, dispuesto en el sureste, donde quedan ruinas bien definidas, se instalaría su hermano Fabio Máximo. Añadió a estos otras cinco instalaciones militares más, que situó en Valdemorrón (al este) con restos informes del llamado puesto de artillería, y en los fuertes de Travesadas (al nordeste), Dehesilla y Alto Real (al oeste) y La Rasa (al sur); así como los castillos ribereños, que ubicó en La Vega, con escasos restos, donde se une el río Tera al Duero, y en El Molino de Garrejo, donde se une el Merdancho al Duero, con muros bien distribuidos y conservados. Además, cita restos también en Valdelillo y Peña Judía.

Estos campamentos y castillos estarían unidos por un sólido muro, de 2,4 m. De ancho (Schulten entiende que Apiano se refiere a su parte alta, pero que en su zona baja medía 4 m.) y 3 m.

De alto (más 1.5 m. de aparejo), de 9 km. de perímetro, con torres o fortines de madera, dispuestos a distancias irregulares, y constituidos por dos pisos, el de abajo para catapultas y el de arriba para las señales.

Este muro iba precedido de un foso profundo y una empalizada, aprovechando los tres ríos y las zonas pantanosas para intensificar la defensa, e incluso el Duero fue controlado por medio de rastrillos; la comunicación entre campamentos se establecía por señales visuales para acudir con refuerzos a aquellos lugares que lo precisaran.

El número de militares de que disponía Escipión oscilaría entre 50.000 y 60.000, de los que la mayor parte eran tropas auxiliares hispanas, reclutadas entre los propios indígenas de la Península (entre las que abundaban muchos vascones mercenarios).

De esta manera Numancia fue condenada a la muerte por inanición, ya que unos 4.000 hombres encerrados en la ciudad poco podían hacer frente a semejante dispositivo.

En ocasiones intentaron forzar el cerco sin resultado y sin que los romanos respondieran al ataque, como el comentado caso de Retógenes.

La escasez de víveres provocó una situación insostenible en Numancia, los alimentos eran cada vez más escasos, llegando a tener que cocer los cueros y las pieles para comer, e incluso carne humana de los fallecidos.

Pero lo peor para el concepto celtibérico del honor no era el hambre, sino el no poder morir luchando. En esta situación, los numantinos, con su jefe AVAROS al frente, realizaron negociaciones ante Escipión para conseguir una paz digna.

Pero el general romano, que exigía la paz sin condiciones, les ordenó que aquel mismo día llevasen las armas a un sitio convenido y que al día siguiente se presentasen ellos en otro lugar.

Esto era para los numantinos inaceptable, pues de sobra sabían cual iba a ser su fin, bien la muerte o bien su existencia como esclavos.

Muchos en tal trance prefirieron quitarse ellos mismos la vida, pidiendo un día más de plazo para disponer su muerte.

Después de once meses de asedio, en el verano del 133 a.C. los numantinos supervivientes rindieron la ciudad.
Es Apiano quien transmite la información de POLIBIO, testigo de vista del cerco y caída de Numancia, diciendo que “convenida la rendición los que tal decidieron se tomaron la muerte cada uno a su manera.

Los restantes acudieron en el tercer día al lugar designado y se presentaron ante Escipión terribles y de aspecto extraño, con sus cuerpos inmundos, cubiertos de pelo, con sus largas uñas y su suciedad, despidiendo un olor nauseabundo, con sus vestidos andrajosos tan sucios y fétidos como sus cuerpos.

Pero su mirada era terrible porque aún se veía en ella la ira, el sufrimiento, la fatiga y el remordimiento de haber devorado a sus compañeros.”

La ciudad fue arrasada, “destruida de raíz” dice Cicerón, y repartido después el territorio numantino entre los pueblos inmediatos aliados de Roma.

De los numantinos que entregaron la ciudad, algunos fueron vendidos como esclavos y unos 50 fueron llevados a Roma para formar parte del desfile triunfal de Escipión, celebrado en el año 132 a.C.

Esta gesta y lucha por la libertad de un pueblo impresionó tanto a Roma que los escritores romanos posteriores mostraron su simpatía por los numantinos y llevaron hasta la exaltación su heroísmo.

Así Petronio, en su Satiricón, dice que cuando Escipión entró en la ciudad vio a madres que apretaban contra su pecho los cuerpos de sus hijos medio devorados; una imagen similar es transmitida por Valerio Máximo: “se encontraron en la ciudad muchos numantinos que llevaban agarrados en sus manos miembros y pedazos de cuerpos humanos destrozados”.


JAVIER AROCENA

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