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ESPADONES

Siempre tuve buena suerte en los duelos de honor y los juegos de cartas, aunque de sobra es conocida mi aversi6n por los reyes, que ni aun los de la baraja me gustan, incluida la regente María Cristina, a la que sostuve en el trono por el bien de España, pero a quien luego -para evitar males mayores- puse en el trance de exiliarse y dejar a mi cargo las riendas de un país que a ella le venía demasiado grande.
Historia vascos GENERALÍSIMO ESPARTERO

INDICE DE ESTA PÁGINA
Espartero, lo que cuenta..
Espartero, biografía
General Cabrera
Cabrera cuenta...
El espía liberal
El espía carlista
LA DERROTA


LO QUE CUENTA DE SÍ MISMO ESPARTERO
Carezco de sentido del humor porque la vida no me ha dado muchas alegrías. Desde pequeño me dije: «He nacido cuarto y tengo que llegar a peseta», y aunque nunca dudé de mi voluntad para lograrlo, ahora, que he llegado a lo más alto, reconozco que fue difícil.

Para empezar, no soy de noble cuna, ni nacido en casa rica, sino en el seno de una modesta familia de Granátula, un pueblo manchego del que nadie se acuerda, perdido en el campo de Calatrava.

Todo me lo he tenido que ganar a pulso. Mi padre, Antonio Fernán­dez, era un honrado carretero, y yo fui el hijo menor de la familia, bau­tizado como Joaquín Fernández Álvarez, para más señas, en 1793.

De mozo me internaron en el seminario de Almagro para hacer carrera de cura, que a mí ni me iba ni me venía aquello, ni tampoco nadie me pre­gunt6. "Te vas al seminario, hijo" -me dijo un día mi padre-, y al seminario fui sin rechistar. Menos mal que con el barullo de la guerra contra los franceses nos mandaron a todos a casa, y yo me cambié de nombre, me puse el de Baldomero Espartero, que era mucho más sonoro, y me alisté voluntario para luchar contra los gabachos, lo que hice con ganas.

Siempre tuve buena suerte en los duelos de honor y los juegos de cartas, aunque de sobra es conocida mi aversi6n por los reyes, que ni aun los de la baraja me gustan, incluida la regente María Cristina, a la que sostuve en el trono por el bien de España, pero a quien luego -para evitar males mayores- puse en el trance de exiliarse y dejar a mi cargo las riendas de un país que a ella le venía demasiado grande.

Así -de pronto- me vi yo mismo de regente, sin haber cumplido todavía los cincuenta años, con más condecoraciones de las que me cabían en el pecho y más títu­los que un grande de España: vizconde de Banderas, conde de Luchana, duque de Morella, duque de la Victoria, gentilhombre de Cámara y prín­cipe de Vergara, que son los principales que recuerdo.

Combatir en campo abierto ha sido mi sino, y pronto supe que nunca conocería el miedo, ni siquiera en aquella ocasión, después de la derro­ta de Ayacucho, cuando perdimos el Perú y me vi en un calabozo del islote de Capa-Chica condenado a muerte por el mismo BOLIVAR, que con los españoles siempre se port6 malvadamente y sin misericordia, ordenan­do darles muerte a todos allí donde se encontraran.

Pero rambién esa vez me sontieron los hados, y una criolla coqueta, que aún me tenía apego y se acostaba con el insurgente, me salvé con su intercesión la vida.

Constitucional y creyente en el progreso he sido siempre, aunque eso estuvo a punto de acabar con mi carrera. Casi como castigo me enviaron de guarnición a Pamplona y Logroño, y luego a Barcelona, donde tuve la desgracia de quedar a las órdenes de esa bestia sanguinaria que era el conde de España, un monstruo de oprobio, digno servidor de ese otro bicharraco de Fernando VII, que Dios atormente para siempre en el infierno, si es que hay justicia después de la muerte.

Cuando estalló la guerra civil desencadenada por la facción carlista, me hallaba de puesto en Baleares y solicité el traslado inmediato a la Península.

No habían pasado veinticuatro horas desde que desembarqué en Valencia cuando salí en persecución de la partida de Magranell, un cabecilla carlista al que di pronta caza y ejecuté en cuanto lo agarré.

A partir de ahí, he combatido incansable sin dar tregua a los facciosos, aunque éstos -bien amparados en el terteno y ayudados por las discordias de nuestro propio campo- han logrado estirar la guerra hasta este mo­mento, en que se encuentran a las puertas de Madrid y acarician la hora de entrar en la capital, pero eso, como me llamo Espartero, sólo será por encima de mi cadáver.

Y bien claro le canté las cuarenta a la reina, que andaba medrosa y vacilante: "Señora, aquí no queda sino resistir. Ni se le ocurra pactar con esa caterva de reaccionarios ahora que los tenemos en puertas, porque eso es lo que están esperando y vuestro pueblo no se lo merece. Si abandona ahora, toda la sangre derramada habrá sido in­útil. Aún tengo ejército para hacerles frente y salvar el trono de vuestra hija".

La regente, entonces, se me echó a llorar como una vulgar mujer desconsolada, se arrojó en mis brazos y sentí palpitar sus pechos en el mío, tal era la escena que parecíamos una pareja de tórtolos enamorados, y de no ser por las circunstancias, hubiera causado asombro al pobre Muñoz si nos hubiera visto. Desde luego, si entra en ese momento Jacinta, mi mujer, me tira los trastos a la cabeza, porque ésa, cuando se enfurece, es peor que una carga de lanceros al galope.

-Sólo en ti confío -dijo Cristina- Ya ves que estoy rodeada de ruines y traidores, y no aguanto a esa panda de ministros del gobierno, que lo único que quieren es abusar del país con mi firma.

-Yo no la dejaré, señora -le respondí-, pero tendrá que hacer lo que le diga y apoyarme en todo, porque los tiempos son muy difíciles y exigen mano dura.

Si me apuñalan por la espalda desde las Cortes o el ministerio, mis esfuerzos en el campo de batalla serán baldíos, y los fac­ciosos que siguen al majadero de su cuñado, Carlos María, entrarán a saco en Madrid, y aunque de momento respeten su vida y la de la joven rei­na, seremos el hazmerreír de Europa.

-Haz lo que tengas que hacer y pide lo que quieras. Pongo mi suerte en tus manos. Eres mi paladín -me dijo la reina.

Lo primero que le pedí fue el mando absoluto de todas las operaciones, a lo que accedió sin dudar ni un momento, y eso me enemistó con el general Oráa, jefe del ejército del centro, algo con lo que ya contaba.

Oráa no es mal general, pero su actuación para taponar el avance de la Expe­dición Real Carlista no había sido buena, y su espionaje era detestable.

Después de haber dejado pasar a los carlistas el Cinca, las columnas facciosas se internaron en Aragón y gracias a Cabrera cruzaron el Ebro. Desde allí giraron a tierras de Valencia para lanzarse hacia el oeste con intención de llegar a Madrid.

Necesitado el gobierno constitucional de alguna victoria que levan­tase los ánimos de la corte y frenase el avance carlista, Oráa, cuyo pundonor no voy a negar ahora, se dejóllevar por el genio e insistió en buscar al enemigo para presentarle batalla con fuerzas inferiores.

Eso fue un error. Su idea era empujar la Expedición hacia el sur, mientras marchaba en paralelo a la costa valenciana con intenci6n de desviarse luego y tomar la ruta de Castilla la Nueva.

En Chiva estuvo a punto de lograrlo, pero no se explotó el éxito debidamente y los' carlistas pudieron recuperarse pronto del golpe.

La necesidad de alimentarse les hizo fraccionarse en columnas para facilitar la subsistencia, pero eso también distrajo a las fuerzas de Oráa, que no sabían dónde acudir.

Ambos ejércitos estaban extenuados, y la fatiga fue mayor por el intenso calor de las tierras levan­tinas en pleno verano. Tanto ellos como nosotros sufrimos privaciones que casi no se creen, y también se las hicimos sufrir a los pueblos por los que se pasaba, devastados por las tropas en marcha.

Ocupadas por uno u otro ejército, siento pena por estas poblaciones que se han visto aso­ladas, como si sobre ellas hubiera caído una plaga de langosta que arrasara con todo.

Los primeros que llegaban a un pueblo lo rebañaban a fondo, y cuando entraban los segundos, al no hallar nada, lo pagaban fusilando gente, violando mujeres o incendiando las casas.

La continua movilidad de las fraccionadas columnas carlistas destruyó los planes de Oráa, a quien por esas fechas se le comunicó la orden por la que se me encomendaba la persecución de la Expedición carlista, au­torizándome a disponer sin distinción de todas las tropas.

Eso le ofuscó tanto que -por considerarse relegado y creer perdida la confianza de Cristina- escribió una áspera carta al gobierno renunciando al mando.

Es lo que tienen muchos de estos generales. Hinchados de vanidad, son incapaces de comportarse ellos mismos con la disciplina que exigen a los demás.
Así no hay ejército que valga, pero mientras yo esté al frente les ensefiaré a cumplir mis 6rdenes, y si alguno remolonea, a la calle, pues no soy hombre a quien le tiemble el pulso, y si hay que fusilar a mi me­jor amigo por salvar el orden del país, lo haré, aunque bien mirado, cuando se ha llegado donde yo estoy, ya no te quedan amigos, salvo la sufrida tropa y los milicianos nacionales, que todavía me siguen fielmente.

Tras la derrota que los carlistas nos propinaron en Villar de los Na­varros, donde perdimos casi cien oficiales y más de dos mil soldados, entre muertos, heridos y prisioneros, el gobierno -temiendo que cayera Madrid- consideró secundario todo lo que no fuese destruir la Expe­dici6n facciosa.

Aun a costa de desatender otras necesidades, me pidió reunir dieciséis batallones y acudir desde las PROVINCIAS VASCAS a Calata­yud, para desde esa plaza cubrir la capital o acudir a Valencia o el Bajo Aragón, según se movieran los carlistas.

Obedecí, pese a que nuestra situación en el norte tampoco era para júbilos.

Entre las divergencias y torpezas propias, y la tenaz resistencia enemiga, el ejército había quedado reducido a simples guarniciones o pequefios cuerpos aislados, incapaces de maniobrar a gran escala y sufrien­do por añadidura las órdenes erráticas del gobierno, cuya ignorancia en asuntos bélicos corría pareja con su nulidad política.

Emprendí la marcha al Bajo Aragón con sólo los ocho batallones que componen la división de la Guardia Real, y dos escuadrones de caballe­ría, pero escribí a Cristina pidiendo más refuerzos, y a la espera de éstos, forzando las jornadas, me situé a mediados de julio en Ariza, y desde allí pasé a Medinaceli y Guadalajara con el objeto de auxiliar a Cuenca, que me pareci6 la ciudad mejor situada como base de operaciones para cu­brir Madrid y cortar la progresi6n carlista.

Entre tanto, mientras el suelo se hundía bajo nuestros pies ante el avance de los facciosos, las desavenencias con Oráa -que seguía ofen­dido con mi nombramiento- iban de mal en peor.

Esta situaci6n de enfrentamiento personal y desarmonía la pagamos muy cara, porque casi paralizó las operaciones militares y permitió a los carlistas operar a su gusto durante un tiempo, lo que me obligó a escribir al gobierno exponiendo el desastre que se avecinaba y el peligro de que las hordas carlistas que infestaban el país pudiesen ganar la guerra.

Como los triunfos siempre alegran los ánimos y alivian tiranteces, confié en encontrar entonces en Oráa la colaboraci6n franca que nece­sitaba para perseguir y exterminar entre los dos al príncipe rebelde, pero me equivoqué, porque el rencor de mi antiguo compafiero era mayor de lo que suponía.

En consecuencia, hubo un momento en que me hallé paralizado y perdido en el teatro de operaciones. Oráa no contestaba a mis mensajes, y yo no estaba al corriente de su situación y la del enemi­go, sin apenas subsistencias ni recursos...

Sólo me movía la libertad de la patria, y viéndome en ese estado de necesidad, siendo ya finales de julio, estuve a punto de mandado todo al carajo y dimitir, con la esperanza de que el voto de la opinión públi­ca me fuera favorable y me hiciera justicia en el futuro.

Por suerte, Oráa reconoció que había errado, y me escribió una amigable carta en la que no recataba su resentimiento contra el gobierno, que le había dejado desamparado en los momentos más críticos.

Hicimos las paces y empe­zamos a cooperar, lo .cual mejoró mucho la situación en el frente, pero cuando debatíamos nuevos planes para acabar con la facción, que se movía en tierras de Aragón y Cuenca, recibimos un nuevo golpe.

Los carlistas, con otra expedición al mando del general Zaratiegui, se habían desparra­mado por la llanura castellana, y en los primeros días de agosto tomaron Segovia, donde se rearmaron y avituallaron, aunque hubieron de aban­donar la ciudad por la aproximación de nuestras columnas.

Pero los fac­ciosos parecían empeñados, y desde La Granja continuaron avanzando hasta el pueblo de Torrelodones, desde el que se contempla la capital a tres leguas de distancia.

Hubo refriega, pero en esos días llegué a Madrid y se cortó la progresión de Zaratiegui en Las Rozas, donde nuestra fuerza, al mando del general Méndez Vigo, estaba atrincherada.

-Ni un paso atrás -le dije al general.

Vigo efectuó un avance que expulsó de Torrelodones a los carlistas y cuidó de que se vigilaran por la noche los montes de El Pardo, por si los facciosos, en marcha oculta, se infiltraban en Madrid o se dirigían a la provincia de Guadalajara a incorporarse a la Expedición del Pretendien­te.
La posición de los carlistas, que no pudieron superar Las Rozas, era crítica, y aunque atacamos, pudieron retirarse con orden, a pesar del intenso fuego, en formaciones cerradas, y continuaron el camino hacia Segovia contentos de haber salvado el peligro.

Los carlistas concentrados en esa ciudad eran más de cinco mil, y aunque sus deseos de defendeda eran vehementes, convinieron en abandonada por falta de recursos y subsistencias.
A esa decisión llegaron tras mucha discusión entre ellos, pero enterados de que una columna liberal se acercaba desde el puerto de Navacerrada y La Granja con gran tren de artillería, Zaratiegui se resol­vió a dejar la ciudad con celeridad, sin que nuestra caballería pudiera causar dafíos de consideración a su retaguardia por haberse retardado demasiado.

Por esta razón, los carlistas pudieron rebasar el Duero sin sufrir bajas, y se acantonaron en Pefíaranda.
Pero Zaratiegui pronto se dio cuenta de que las tropas liberales no pasaban de Aranda, y, aprovechando esa inacción, se decidió a imponer el pendón de su rey en aquellas partes de Castilla la Vieja que nos veíamos obligados a abandonar por defender Madrid.

Eso dio a los carlistas más voluntarios y nuevos prosélitos captados en los pueblos de la Ribera del Duero, que se unían a Zaratiegui en una ola imprevista de entusiasmo por la misma causa que, hasta entonces, habían combatido.

Pero España y los españoles somos así, y no voy a descubrido ahora: hoy blanco, mafíana negro y pasado mafíana gris, porque nuestros amores alternan con los odios y las indiferencias, como las mareas.

La audacia de Zaratiegui le llevó a caer sobre Valladolid y entrar en esa ciudad, donde el ayuntamiento y el obispo se pusieron a sus ór­denes, aunque la guarnición del fuerte de San Benito resistió dignamente y se negó a rendirse.

Estando allí, Zaratiegui recibió orden del rey car­lista -que aún no sabía que su general había tomado Valladolid- de doblar la cordillera por Almazán y Sigüenza para unirse a la Expedición facciosa que se hallaba en las inmediaciones de Guadalajara y se acerca­ba a Madrid.

Eso debió de ser a mediados de agosto, que fue cuando yo entré en Guadalajara con la caballería y la vanguardia, poco antes de que, a medianoche, lo hiciera el grueso de la fuerza, que llevaba ese día en los pies más de once leguas de marcha con el estómago casi vacío.

Al poco de llegar, recibí instrucciones del subsecretario de la guerra, Pedro Chacón, para que, por orden de María Cristina, acudiese con ra­pidez a la corte, dadas las críticas circunstancias que se vivían.

Así lo hice, y cuando entré en Madrid acudí al instante a palacio, donde encontré muy abatida y asustada a la regente, a la que tuve que animar hasta que recuperó la esperanza.

Para infundirle más ánimo, hice desfilar a la brigada de la Guardia delante del Alcázar, y ella presenció el desfile desde un balcón acompafíada de las infantas.

Esa misma tropa fue en la que poco después, estando acantonada en Aravaca y Pozuelo, se sublevaron los oficiales, lo que casi hunde toda resistencia.

Por ventura, a última hora el gobierno cayó y -mostrando la prudencia que el momento exigía- pude acabar el motín a tiempo de impedir el zarpazo decisivo de la infame facción.

El dilema que se me presentó no era fácil, pues, por una parte, no se podía dejar sin castigo, pero por otra, estando el enemigo en puertas, un exceso de represión podía dejar a muchas unidades de primera línea sin man­dos, lo que hubiera sido funesto para la defensa de Madrid.

Por no com­prometer mi autoridad en ese dilema, dejé el asunto en manos de Ma­ría Cristina, que era hábil en ese tipo de manejos y estaba influida por Van- Halen, que era general de mi confianza.

La regente instó al gobierno para que, en previsión de evitar males mayores, fuese indulgente con los que faltaron al orden y la disciplina, dada la urgencia del momento.

Eliminado ese problema, proseguí con las ope­raciones, y avisado de que los carlistas estaban en Almazán, salí de Torre­laguna hacia Cogolludo, donde a finales de agosto emití una proclama a la tropa.

En ella, sin morderme la lengua, acusé a los partidos, que con diferentes formas aspiran al poder, de querer desunir al ejército para colmar su ambici6n, aunque eso supusiera convertirse en agentes del cabecilla rebelde. Terminé pidiéndoles lealtad a la divisa que habíamos jurado de­fender.

Después de dar un respiro a las unidades, agotadas por el calor y la escasa raci6n, proseguí hasta Daroca, donde me reuní con Oráa.

Allí supe que el rey carlista se hallaba en Calamocha con diecisiete batallones, más de mil caballos y artillería.

Inmediatamente, precedido de las tropas de Oráa, decidí lanzarme sobre el cuartel general rebelde, aunque carecía­mos absolutamente de recursos para impulsar las operaciones, y las tro­pas estaban descalzas, en estado deplorable de desnudez, pues la última remesa de zapatos era de calidad detestable y pequeños para los soldados de la división de la Guardia.

Pero no era momento para titubeos ni quejas. Había que marchar contra el enemigo, y lo hicimos. De los generales carlistas, sólo CABRERA, ese tigre sarnoso, me preocupaba, porque le creía capaz de todo.

¡Cómo me hubiera gustado apresarle para hacerle pagar de una vez sus crímenes!

Es cierto que, miserablemente, MINA y NOGUERAS autorizaron el fusilamiento de su madre, pero luego él ha rebasado con creces cualquier medida de humana venganza con los prisioneros, e in­cluso con mujeres y niños que han tenido la desgracia de caer en sus manos.

Es un fanático rencoroso, retrógrado y miserable, aunque reco­nozco su sagacidad táctica y su conocimiento del terreno, lo que hace muy difícil batirle.

Pero nunca le consideré un militar, y no puedo tratarle como tal. Si le cogiera vivo, lo encerraría en una jaula, igual que hicieron los absolu­tistas con el pobre Empecinado, para exhibirle como la fiera que es por toda España antes de ahorcarle.

Martinez Laínez
BIOGRAFÍA

Joaquín Baldomero Fernández Espartero Álvarez de Toro, militar y político, Conde de Luchana, Duque de la Victoria y Príncipe de Vergara, nació en Granátula de Calatrava (Ciudad Real) el 27 de Octubre de 1793, hijo menor de los ocho hijos del modesto matrimonio formado por Manuel Antonio Fernández Espartero y Cañadas y Josefa Vicenta Álvarez de Toro y Molina.

El padre poseía un taller de carretería que había pertenecido a sus antepasados desde hacía varias generaciones y también tierras de labranza por lo que estaba considerado como un ciudadano si no hacendado al menos acomodado.

El joven Joaquín Baldomero, preparado por el preceptor de gramática de Granátula, D. Antonio Meoro, amigo de su padre, ingresó en la Universidad de Almagro donde cursó estudios durante tres años, obteniendo el título de Bachiller en Artes y Filosofía, el 23 de junio de 1807. Unos días después, el 5 de julio de dicho año se cierran las universidades por orden de Carlos IV y al año siguiente, mayo 1808, estalla la guerra de la Independencia.

Participó en dicha guerra, al ser reclutado como la mayoría de la juventud manchega, ya que había que formar un Cuerpo de Ejército de 20.000 hombres, según las instrucciones de la Junta Central del Reino, para oponerse al paso de las tropas francesas en La Mancha y detener su avance hacia Andalucía.

Fue alistado en el Regimiento de Ciudad Real como "soldado distinguido", es decir exento de servicios mecánicos por su calidad de estudiante.

Todo esto a pesar de que su padre quería que se dedicara a la carrera eclesiástica.

La primera acción bélica en la que participó fue en la batalla de Ocaña, desastrosa para las armas españolas. Tras este fracaso, al reorganizarse nuestras tropas se alista en el Batallón de Honor de la Universidad de Toledo, formado exclusivamente por estudiantes universitarios; pasando de aquí a la Academia Militar de la Isla de León (Cádiz), de donde salió con la graduación de Subteniente.

En 1811 fue nombrado teniente de ingenieros, pero abandonó ese cuerpo para pasar al arma de infantería.
En enero de 1815, teniendo el grado de capitán, partió hacia AMÉRICA en el ejército mandado por Morillo. Llega a América a principios de abril donde empieza a destacar sobre sus compañeros, pues fruto de sus estudios en la Academia de Ingenieros será la construcción de reductos, trincheras, levantamiento de planos topográficos, etc.

A sus estudios universitarios deberá su cultura para desenvolverse con soltura entre compañeros, subordinados y superiores.

Cualidades a las que hay que añadir su valentía y arrojo personal en los innumerables combates contra los insurrectos; lo que le hace ir ascendiendo profesionalmente y siempre por méritos de guerra, llegando a Brigadier y el 11 de Octubre de 1823 se le nombra Jefe del Estado Mayor del Ejército de Perú, a los treinta años de edad.

Estuvo en América hasta 1823, y en mayo de 1824 el virrey La Serna le envió a España para que expusiera de palabra al rey Fernando VII y su Gobierno cuanto allí estaba sucediendo.

Hay que hacer constar que los militares que llegaban de América no eran bien mirados por los Peninsulares, lo que dio motivo a que una mayoría de ellos se agruparan en una especie de asociación llamada "los ayacuchos", que influyó grandemente en la política del país.

Espartero fue el jefe de los ayacuchos, que alcanzarán los más importantes mandos y las más altas graduaciones de la vida militar.

Cumplida esta misión en España, embarca de nuevo el 9 de diciembre de 1824, en el puerto francés de Burdeos con rumbo a América, siendo ese día el de la batalla de Ayacucho, por la que se perdió el virreinato del Perú para España; sin que Espartero participara en tal batalla como se le ha querido atribuir.

En mayo de 1825 desembarca en el puerto de Quilca, desconociendo la derrota de las tropas españolas, siendo hecho Prisionero de los seguidores de Bolívar, siendo tratado con una inhumanidad de las que no hay ejemplo, pudiendo salvarse del fusilamiento y de la prisión gracias a la intervención de una dama "muy allegada a Bolívar" a la que recurrieron sus compañeros de armas y en especial el abogado español Sr. González OLAÑETA, a la sazón en el Perú.

Recuperada su libertad emprendió el regreso a España desembarcando nuevamente en Burdeos y una vez en nuestra patria fue destinado de cuartel a Pamplona donde conoció a la señorita Jacinta Martínez de Sicilia y Santa Cruz con la que contrajo matrimonio el 13 de septiembre, de 1827.

En 1833, al morir Fernando VII, se declaró partidario de Isabel II solicitando combatir a los rebeldes carlistas. El gobierno le nombró Comandante General de VIZCAYA en enero de 1834, iniciando una etapa de luchas en el frente Norteño, distinguiéndose por su arrojo personal pero también por su crueldad.

Levantó el primer sitio de Bilbao y tomó parte importante en la batalla de MENDIGORRIA, pero no pudo alcanzar el mando supremo del ejército del Norte hasta el 17 de septiembre de 1836 en sustitución del General Córdoba.

En este año reorganizó sus tropas y restableció la disciplina. La preocupación del gobierno era la posesión de Bilbao.

El 25 de diciembre consiguió liberar Bilbao mediante su más grandioso éxito militar, la batalla de Luchana, siendo premiado con el título de Conde de Luchana.

De Bilbao partió a San Sebastián, entrando en Pamplona en donde se concentraba el cuerpo de ejército que debía ponerse a sus órdenes, y desde donde debía marchar hacia Madrid para contrarrestar la expedición del pretendiente carlista, derrotando a los carlistas en Aranzueque y haciéndolos retirarse.

Debido a sus méritos de guerra también recibió otros títulos nobiliarios como el de Vizconde de Banderas y el de Duque de Moreli, con lo que honra a la Reina-Regente y también al mando supremo del ejército isabelino, que a partir de ese momento va de victoria en victoria, llegando al CONVENIO DE VERGARA con el que se pone un fin honroso a la guerra civil, pues el ejército carlista desde las acciones de Ramales y Guardamino se veía ya totalmente derrotado.

En 1837 cayó el Gabinete Bardají, pensándose en Espartero para la presidencia del Consejo y ministerio de la Guerra, pero el general no aceptó y siguió de general en jefe del Norte.

En 1838 siguió manteniendo combates en el Norte, pero la falta de recursos mantuvo estacionaria la guerra hasta 1839, cuando Maroto entró con Espartero en negociaciones acerca de la esterilidad e inutilidad de la lucha.

El 31 de agosto tenía lugar el convenio de Vergara. Estos éxitos le valieron la grandeza de España y el título de duque de la Victoria.

Concluida la guerra en el Norte, pasó a Levante, donde conquistó Morella (30 de abril de 1840), y persiguió a Cabrera hasta obligarlo a cruzar la frontera francesa.

Terminada la primera guerra carlista, Espartero, colmado de honores y convertido en un ídolo nacional, dio paso a sus grandes ambiciones políticas. Los sucesos revolucionarios de julio de 1840 en Barcelona le dieron la presidencia del gobierno provisional, primero, y la regencia del reino más tarde.

La reina regente María Cristina de Borbón, madre de Isabel II, cuya vida privada no era todo lo ejemplar que debiera, siendo consentida y ocultada por el partido moderado para mantenerse en el gobierno de la nación, llegó un momento en el que dicha vida privada salió a la calle como represalia por la firma de la Ley de Ayuntamientos por la reina regente, desoyendo el consejo de Espartero que ante la impopularidad de dicha Ley le había suplicado que no la firmara.

Se sublevaron las principales ciudades de España y ante tales sucesos María Cristina se vio obligada a renunciar a la Regencia antes que pasar por la vergüenza de que se debatiera en el Congreso su verdadero estado civil (viuda, casada,...)ante los reiterados estados de gestación y alumbramiento, ya que para ser Regente debía permanecer viuda.

Tras esta renuncia de María Cristina, se reunieron las Cortes del Reino, eligiendo Regente al general Espartero, por ser considerado el español con más méritos para ello.

Los progresistas le habían convertido en su jefe, pero sus dotes de gobernante estaban muy por debajo de sus ambiciones.

Su actuación como regente fue desacertada y acabó poniendo a todo el mundo en su contra. La insurrección de Barcelona el 15 de noviembre de 1842 fue reprimida con un bombardeo, el 3 de diciembre, tan feroz como innecesario, y el alzamiento militar moderado de octubre de 1841 dio lugar a unas ejecuciones tremendamente impopulares, como la de Diego de León, el héroe de la guerra carlista, a quién se negó obstinadamente a indultar.

Quedó poco a poco reducido a una camarilla, y la insurrección de 1843 (acaudillada por su más enconado enemigo Narváez) mostró que apenas le quedaban partidarios: sus tropas, dirigidas por Seoane, se pasaron al enemigo en Torrejón de Ardoz, y él escapó a Cádiz y embarcó en el crucero británico Meteor el 30 de julio de 1843, en el que marchó a Inglaterra donde fue acogido generosamente y agasajado con arreglo a su rango, incluso por la propia reina Victoria.

Cinco años duró el exilio de Espartero en Londres, durante los cuales no faltó quién intrigara, avisando al general Narváez, de que Espartero pensaba desembarcar en la península para provocar una sublevación; por lo que Narváez dio una orden secreta en la que disponía, que si llegaba a suceder tal desembarco Espartero fuera hecho prisionero y fusilado "sin mediar más tiempo que el necesario para identificarlo".

El tiempo se encargó de demostrar que tal aviso o comunicado había sido falso, por lo que Narváez recapacitó e invitó a Espartero a regresar a España rehabilitándolo en todos sus grados y honores.

Se retiró a Logroño, a donde Narváez le envió un emisario anunciándole que iba a proponerle a la reina Isabel II que le concediera el título de Príncipe, como acto de desagravio a su persona, lo que Espartero rechazó de plano.

En 1854, la sublevación del general O'Donell hizo que la reina Isabel II llamara a Espartero, quien trató de solucionar pacíficamente tal situación formando un Gobierno presidido por él e incluyendo a O'Donell como ministro de la Guerra.

Gobierno que duró dos años (Bienio Progresista) debido a las intrigas de O'Donell, que desplazó a Espartero para ocupar él su puesto.

Al despedirse Espartero de la Reina le dijo: "Cuando la revolución vuelva a llamar a las puertas de este palacio no vuelva Vuestra Majestad a acordarse de mi persona".

Tras este desengaño político e ingratitud por parte de la Reina, Espartero se retiró definitivamente a LOGROÑO.

Donde fueron a buscarle los vencedores de la revolución de 1854 para llevarlo en triunfo a Madrid. Pero Espartero era un símbolo del pasado y su actuación durante el bienio progresista (1854-1856) se redujo a presidir un gobierno que estaba en realidad dirigido por el general O'Donnell.

La revolución llegó en septiembre de 1868, pero en esta ocasión alcanzó a la Reina, siendo destronada Isabel II, que tuvo que emprender el camino del exilio.

Espartero que desde su retiro de Logroño contempló estos acontecimientos con gran pena y dolor, ya que una gran parte de su vida la había dedicado a defender los derechos de la reina niña y a afianzarla en el trono de sus mayores, vio que todos sus esfuerzos e ilusiones habían resultado inútiles.

Reunidas las Cortes Constituyentes, trataron de elegir un nuevo Monarca que no perteneciera a la familia Borbón y una gran parte del pueblo español pensó en Espartero, hasta tal punto que el general Prim, Presidente del Gobierno, (el 11 de junio de 1870, poco después de que ratificase que jamás reinarían los Borbones en España) le dirigió una carta ofreciéndole la Corona de España, que Espartero muy dignamente rehusó alegando motivos de salud y su avanzada edad, pese a las reiteradas presiones recibidas de su esposa.

Después la Corona Española fue aceptada por D. Amadeo de Saboya, quien deseoso de conocer a tan egregio personaje le visita en Logroño, concediéndole el título de Príncipe de Vergara.

Tras el efímero reinado de este Monarca, se proclamada la I República, cuyos cuatro Presidentes siguen rindiendo pleitesía al viejo Caudillo; y por si no fuera suficiente el joven rey Alfonso XII al recuperar el Trono de su Madre, desea también conocer al Pacificador de España, visitándolo en Logroño.

De igual forma había ido desfilando por la capital riojana la mayor parte de sus enemigos y correligionarios políticos (que en más de una ocasión le volvieron la espalda) para entonar el "mea culpa" ante el sin par hijo del carretero de Granátula quien admirado y respetado por todos los españoles, murió tras una larga y azarosa vida el día 8 de enero de 1879 a los 86 años de edad.

La actuación de Espartero como político ha sido juzgada muy diversamente, ya que a su buena voluntad le acompañaron graves errores.

Pero como militar, fue una institución que escaló todos los grados, convirtiéndose con el paso del tiempo en una figura nacional.
GENERAL CABRERA
historia vascos cabrera


LONDRES

Dormita Cabrera cuando el mayordomo inglés, un hombre enjuto y casi anciano, con patillas canas que le llegan hasta la mandíbula, gol­pea suavemente la puerta e irrumpe en la sala.

-Sir. Ha llegado el periodista Dado Zamora.

Cabrera abre lentamente los ojos, capaces todavía de centellear cuando se enfurecen o desconfían. Hace una seña con la mano al sirviente para que se acerque.

-¿Cómo es ese periodista? Usted es un buen observador, James.

-Si me permite decirlo, y ya que lo pregunta, creo que su figura no se corresponde exactamente con la de un caballero.

-Ya no quedan caballeros, James. Todos mueren en las guerras; lo que resta es la morralla.

Un poco sorprendido por tan drástica afirmación, el mayordomo permanece firmes, sin atreverse a asentir expresamente. El señor es español y, por lo tanto, debe de estar un tanto chiflado. Dice que es conde, pero en España ser conde será algo al alcance de cualquiera. Si está a su ser­vicio es por la señora Marianne, la verdadera dueña de la mansión y quien le paga.

-Hazle pasar.

Instantes después, pisando con tranco irregular y cauteloso el piso de brillante madera ennegrecida, aparece un individuo de talla media, grueso y más próximo a los sesenta que a los cincuenta años. No puede decirse de él que sea un adonis.

A su cara, un tanto mofletuda, le falta un ojo, lo que le obliga a llevar parche, y la oreja izquierda, reducida a la mitad, le cuelga como una pequeña masa informe de carne. Al verlo avanzar, el general observa que renquea de la pierna derecha, rígida como el palo de una vela.

-Dado Zamora, señor. Es un honor poder presentarme a vuecencia y estrecharle la mano.

El anfitrión le extiende la mano sin levantarse del sillón. -Llámame general o señor conde de Morella.

-Sí, mi general.

Cabrera pronuncia en voz alta lo que está pensando.

-Tiene usted más heridas de las que a mí me hicieron en dos guerras.

Darío asiente con una inclinación de cabeza. Mentalmente retrata al personaje.

Bajo de estatura, de ojos aún penetrantes. Pelo y cejas canas, bien arqueadas, que se cruzan sobre la nariz. Cabeza bien proporciona­da, bigote y patillas cortos. Boca regular, nariz de ventanas anchas, con­tinuamente dilatadas por la respiración un tanto acelerada y fatigosa. Dientes aún enteros, mentón saliente, aspecto severo y piel amarillenta. Un temperamento sanguíneo-nervioso en las postrimerías, con un orgullo desmedido que la edad no ha acabado de hundir.

Zamora recuerda lo que algunos que le conocieron de joven dicen de él en Madrid: que nada le detuvo en las grandes empresas, aunque ahora, ahí sentado, parezca acha­coso, con pocos bríos para moverse, y el invierno de la vida le esté pasando cruel factura. Un anciano que todavía no ha dado por satisfecho su amor a la gloria. Eso piensa decir Zamora de él en su periódico.

-En efecto, general. Oficiar la verdad es un sacerdocio peligroso. Un martirologio, pero los periodistas nos debemos a ella.

-No me venga usted con historias, Zamora. Yo sé muy bien cómo se fabrican las verdades. Pero siéntese y dígame lo que desea.

-Una entrevista para El Imparcial, mi periódico. En estos tiempos turbulentos, sus palabras podrían servir de faro a un país como España, atribulado por la calamidad política.

El bigote canoso de Cabrera se ladea en un rictus incrédulo.

-¿Usted cree que puede interesar a alguien los recuerdos de un viejo soldado? Y aunque interesaran, de nada serviría. En España, la gente nunca aprende de la experiencia. Creo que ha hecho el viaje en balde, lo que yo pueda decirle no vale la pena.

-Sigue siendo usted una figura mítica, un hombre de convicciones que luchó por la patria... a su manera.

-Convicciones que no deben de ser las suyas -ironiza Cabrera-, porque su periódico, por lo que sé, es de inclinación liberal-democráti­ca. Desde luego, ningún carlista trabajaría en él.

-Cierto, general, pero aunque procuramos mostrar en la sección doctrinal nuestro pensamiento con sensatez no exenta de firmeza, infor­mamos en la sección de noticias de todo aquello que pueda interesar al lector menos preocupado de lo que ocurre en el mundo. Además, nues­tra maquinaria es de lo mejor, importada de la fábrica Marinoni de París, capaz de imprimir veinte mil ejemplares por hora, sin más esfuerzo huma­no que el de unos cuantos operarios. Ya sabe usted que nuestro fundador.. .

-¿Y esas heridas? -le interrumpe el general.

Darío duda un poco en confesarse, pero piensa que debe ganarse la confianza de aquel energúmeno, el famoso TIgre del Maestrazgo, si quiere sacar algo en limpio del viaje que ha hecho hasta Inglaterra para entre­vistarle.

El general hablará, y luego ya se encargará él de sazonar conve­nientemente las declaraciones.

No es que vaya a falsear lo que dice, no, pero subrayará lo conveniente y omitirá lo inadecuado para orientar al lector. Desde luego, no ha llegado hasta allí para dar publicidad al dis­curso de un faccioso.

-El ojo lo perdí en Cartagena, donde trabajé de redactor en El Cantón Murciano. Aquello fue muy duro, general. Nos bombardearon con cañones de artillería gruesa, y la ciudad quedó como un solar -le con­testa Zamora con cierto orgullo.

Lo del cantón se lo ha inventado, por­que el ojo se lo reventaron en una trifulca tabernaria, pero le gusta fan­tasear con el asunto.

-La pierna -prosigue, esta vez con verdad- casi la pierdo en la intentona progresista del cuartel de San Gil en Madrid, de la que sin duda habrá oído hablar. En cuanto a la oreja, me la arrancaron en un duelo cuando trabajaba en el periódico El Combate.

-No me diga. ¿Ese panfletucho federalista que dirigía Paul y Angulo?

-En efecto, general. Si es que así quiere llamar a un diario que lu­chó contra viento y marea por la libertad, combatiendo a los partidos mo­nárquicos.

-No me venga con esas monsergas. Ustedes mataron a Prim. Un militar honrado que merecía mejor suerte que caer acribillado en la ca­lle por una pandilla de asesinos.

-Él y Sagasta nos persiguieron mucho, general. Enterraron la libertad de prensa. Sólo en un mes, nos retiraron el periódico de la circulación ocho veces, pero nosotros no lo matamos.

-¿Quién ha sido entonces? ¿Ese intrigante del duque de Montpensier que quiere casar a su hija María de las Mercedes con el nuevo rey Alfonso? Menudo pajarraco.

-No puedo decirle, general. Prim tenía muchos enemigos. Algunos declarados y la mayoría en la sombra.

Cabrera da por zanjado el debate. Ha catalogado a su interlocutor, políticamente, como un exaltado, seguramente afín al partido republi­cano federal, un insurrecto contra cualquier orden.

Algo parecido a lo que él mismo era de joven, aunque en su caso existiera la creencia en Dios y en aquel rey don Carlos, inepto y bienintencionado, que nada sabía de ejércitos y que se dejó dominar por sus dos mujeres, para colmo hermanas.

-Bueno, dejemos eso. Yo apenas leo los periódicos, aunque algunas veces recibo los de la causa... El Pensamiento Español, El Oriente, La Esperanza, La Regeneración... El resto de la prensa me parece un charco de inmundicia, la boca por la que habla el diablo al mundo.

No le incluyo a usted, porque no le conozco, pero cualquier redactor se vende al moro Muza si éste le da dinero.

Hace unos años quise hacer un periódico en Bruselas para defender el ideario tradicionalista. Encargué la misión a un gacetillero que parecía de fiar, pero me engañó. Todo lo que quería era sacar cuartos, y cuando los tuvo, desapareció.

-Hasta entre los doce apóstoles hubo un Judas -responde quedo Dado, un poco amostazado por la filípica.

El gran reloj del salón da las cuatro y por unos segundos la conver­sación se interrumpe. Cabrera hace sonar una campanilla y el mayordomo reaparece.

-Sirva a este señor algo de beber. ¿Quiere té o prefiere otra cosa? ¿Un coñac, por ejemplo?

Dado agradece el gesto del general y se decide por el coñac. Ya se le estaba quedando la boca seca.

Al poco, el servidor trae una botella de Napoleón sobre una bandeja de plata con dos copas de cristal tallado. Sirve una dosis generosa al periodista, y otra más pequeña para el general.

-Apenas puedo probar unas gotas -le dice Cabrera a Zamora-. Mi salud no me lo permite.

-Lástima --comenta con fingida pena el periodista, que de un solo buche se traga media copa. El coñac francés le sabe a zarzaparrilla azu­carada comparado con los fieros brandys patrios.

-¿De qué quiere que hablemos? -pregunta Cabrera.

-Podemos empezar por hablar de la situación de la causa carlista, general. A los lectores les interesa la opinión de quien en otro tiempo tanto influyó en ese partido y estuvo a punto de llevarlo a la victoria.

-Bueno, empecemos ya. A mis años, poco tengo que ocultar.

Ligeramente inflamado por el coñac, Darío Zamora saca papel y lápiz y empieza sus preguntas. Recuerda las palabras de su director cuando le dio las últimas instrucciones en el periódico: "Le soy sincero, Zamora. Ya estoy harto de usted. O me trae una buena entrevista o váyase despidiendo".


HABLA EL GENERAL

Aquí, en esta casa, estuvo el ahora rey Alfonso XII antes de que lo proclamara Martínez Campos en Sagunto, cuando era cadete en la Academia Militar de Sandhurst. Parecía un buen muchacho, aun­que algo alelado, y hablamos.

-Señor -le dije--, debéis hacer lo posible para cerrar la sangría que otra vez se cierne sobre España.

-¿Cómo? -respondió-. De sobra conocéis la testarudez de vuestros antiguos correligionarios cuando se lanzan al monte.

-Yo mismo -contesté- me ofrezco a ayudaros en las tareas de pacificación, trasladándome a España si es preciso, a riesgo de los acha­ques y la mala salud.

Me habló de Cánovas, en quien ha depositado toda su confianza, y le convencí también para que se reconociesen los fueros en las Provincias VASCONGADAS y NAVARRA, y los grados en la oficialidad del ejército carlis­ta.

Prometió hacerme caso. En cuanto a mí, como sabe, me han respe­tado todos los méritos, grados, condecoraciones y el empleo de capitán general del ejército, con el sueldo que por reglamento me toca...

¿ Vol­ver a España decís? . ..

Sí, pero cuando termine la guerra. Tampoco puedo llegar allí a ponerme del lado del gobierno mientras los míos sigan com­batiendo. .. Y eso que los de la camarilla del rey Carlos VII se lo tendrían merecido después de lo que me hicieron en Suiza. ..

¿Cómo que qué me hicieron? Debe usted saberlo. Fue hace unos años.

Los cortesanos convocaron asamblea en Suiza para declararme hereje y fuera de la cau­sa. A mí, que resistí luchando solo cuando todos los demás se habían rendido.

Por fortuna, el buen pueblo carlista no olvida, y sabe que mis razones son las que dictan el deseo de una paz honrosa y el interés de la patria.

Apunte eso, Zamora, que quede bien claro.

-Tomo nota, general. Pero ahora quisiera que habláramos de otra cosa. Hay un hecho sorprendente en la primera guerra en la que usted tomó parte.

Me refiero a la Expedición Real, cuando el pretendiente está a punto de entrar en Madrid. No acierto a explicarme qué pasó.

En lu­gar de atacar, se retiraron cuando la capital parecía -perdone que le diga- poco defendida, con posibilidad de ser ocupada con un golpe de audacia, y también.. .


El redactor finge asombro al escuchar esas palabras. Calcula que su gesto de falsa sorpresa hará hablar al general más de la cuenta.

-¿Contubernio? ¿Traición? ¿De quién?

-No se haga el zonzo conmigo, Zamora. Usted sabe, como yo, que el Pretendiente y la regente se entendían. Se ha dicho muchas veces. Has­ta el mismo General Gómez lo tiene escrito en una memoria que pensaba publicar poco antes de morir.

-¿Y era verdad?

-Claro que era verdad.

-¿Y usted lo sabía?

-Lo sabía. Yo conocía los trapicheos de don Carlos con María Cris­tina porque me informaban mis espías en Madrid y en la corte del Pre­tendiente.

-¿Espías en Madrid? Eso es nuevo, general.

-Cállese y no me interrumpa, porque si no, no le cuento nada.

¿Quiere usted otro coñac?

A Zamora se le van los ojos a la botella como los de un halcón a las palomas. Ese coñac francés, aunque algo flojo, no está tan mal a fin de cuentas.

Cabrera le escancia otra copa capaz de tambalear a un bucane­ro, y luego prosigue.

Su relato se inicia con un hilo de voz que se va agran­dando y afianzando poco a poco, con la seguridad que otorga el hablar de aquello que se ha vivido, y pensado y repensado muchas veces.

En la corte carlista, que entonces se hallaba en Oñate, bastantes personas es­taban al tanto de la negociación, aunque el trámite no trascendiera a la tropa.

-Don Carlos -dice Cabrera- había recibido, por mediación de un marquesillo intrigante llamado Lagrúa, que trabajaba para el rey de Ná­poles, una carta de María Cristina, cuyo ánimo estaba por los suelos después del motín de los sargentos de La Granja y los reproches del Va­ticano por haber firmado el decreto desamortizador de Mendizábal.

La carta dio pie a unas negociaciones en las que se estipulaba que la regen­te se acogería al cuartel general de don Carlos, con sus hijas Isabel y María Luisa, en cuanto nuestro ejército llegase a Madrid, pero la muy tunan­ta faltó a su palabra.

El momento, sin embargo, estaba maduro porque París y Viena habían acordado que el pretendiente abdicase a favor de su primogénito, y se arreglase el matrimonio de éste con Isabel, a título de rey, y con María Cristina como regente mientras durase la minoría de edad de su hija.

Así es que, durante esos meses, María Cristina, por miedo a la revolución, estaba más que dispuesta a irse con don Carlos, al que puso tan sólo dos condiciones: el matrimonio de su hija y el perdón para to­das las personas que se habían comprometido en la defensa de ésta.

Poca cosa para el pretendiente, que a cambio ganaba un trono para su primo­génito, lo que en la práctica equivalía al triunfo de nuestra causa.

Es entonces cuando el rey de Nápoles envía a España a su mensajero, el barón de Milanges, que se entrevistó varias veces con don Carlos.

Éste, dispuesto a todo con tal de llegar a un arreglo, sólo ponía como condición que Madrid se le rindiera sin efusión de sangre.
Pero para eso, naturalmen­te, además de poner en conocimiento de la regente lo convenido, antes había que llegar a Madrid, y no llegar repartiendo flores, sino con un ejército, demostrando fuerza.

-Ahí tiene usted la verdadera razón de la Expedición Real Carlista, señor periodista. Marchamos hacia Madrid pensando que la capital se rendiría y esperando que María Cristina nos abriera las puertas.

Pero una vez iniciada la marcha, los días iban pasando y la respuesta no llegaba. Por eso fuimos tan despacio, dando un gran rodeo, para dar tiem­po a que la regente comunicara su compromiso, aunque eso supusiera mermar las fuerzas de la tropa, ya muy castigada después de cuatro años de guerra.

Por fin, la respuesta de la bendita señora llegó en julio de 1837, cuando estábamos en Cherta, por donde pasó el Ebro el grueso de la Expedición.

-Una notable acción de guerra, general-comenta Zamora.


Para cruzar el río se necesitaban lanchas, y las barcas no podían llegar a Cherta sin pasar antes por Tor­tosa, donde los liberales las apresarían.

Estuve dándole vueltas al problema hasta que pensé que si Napoleón había llevado sus cañones a las cumbres de los Alpes, igual podríamos nosotros subir las barcas por el monte y transportarlas hasta la orilla del río, corriente arriba.

-No hay que apurarse. Si las barcas no pueden ir por el río irán por la carretera -recuerdo que les dije a mis asombrados oficiales.

De forma que ordené dirigimos a San Carlos de la Rápita, donde nos apoderamos de algunas lanchas que había en ese puerto, y colocadas sobre grandes carretones y rodillos, tiramos de ellas camino de Cherta, con los flancos cubiertos por las tropas escalonadas de Forcadell y Llangostera.

Ese mismo día, que debía de ser uno de los últimos de junio, don Car­los estaba dispuesto a pasar el Ebro, pero por fortUna pude convencerle de que en ese momento era imposible, porque Nogueras, el asesino de mi madre, acampaba en las proximidades de Mora, y la legión portuguesa que mandaba Borso di Carminati avanzaba desde Tortosa. Había que batirIos primero, impidiendo que se reuniesen las dos columnas, si que­ríamos franquear el río. Y eso hice.

Después de arengar a la tropa, pidién­doles vencer o morir, cargué desde Cherca contra Borso, miencras empe­zaba a pasar el Ebro en lanchas la vanguardia de la Expedición, protegida por el fuego de Forcadell.

Por fortuna, Nogueras no llegó a tiempo de reunirse con Borso, porque matamos al oficial que hada de mensajero e interceptamos la comunicación entre ellos. Uno de mis lugartenientes, Pertegaz, se encargó de frenar el avance.

-Tome usted sus medidas -le dije-, y si Nogueras ataca, defen­derse hasta morir.


Ante él acudí a pie, con el sable de mancar ceñido a la levita, sin faja de general ni charreteras, con la boina blanca en la cabeza y el látigo en la mano.

Yo nunca he necesitado de entorchados ni galones para que me conocieran y respetasen mis soldados, y hasta mis enemigos, pues en el combate iba delante montado en mi caballo, y en acampada, mi capa blanca y mi zamarra encarnada eran suficientes para que todos supieran quién era su general.

Pero sé que algunos cortesanos envidiosos me criticaron por acudir al rey sin el buen tono que prescriben las etiquetas.

Ese día, la victoria y la cercanía del rey me granjearon más enemigos que elogios, ya ve usted qué absurdo resulta al final codo...

Confieso, como ya he escrito en mis memorias, que seguramente usted no habrá leído, que estaba envaneci­do y loco de contento después de la jornada de Cherta y al verme tan honrado por el rey, que me dio a besar su mano.

Don Carlos me convi­dó a que pasase a su lado en la barca y se moscró conmigo afectuoso como un buen padre.

-Yo premiaré tu fidelidad y valor -me dijo.

Y, en efecto, así lo hizo, porque aquel mismo día fui nombrado Ca­ballero Gran Cruz de la orden milicar de San Fernando...

Durante el cruce, el rey me puso al corriente del objetivo último de la Expedición, y yo comprendí en seguida que aquello terminaría en desastre, ya que depen­díamos sólo de la palabra de una viuda lagarta.

-¿Cómo están las cosas dentro de Madrid, majestad?

¿Tenemos partidarios suficientes?

Noté que el rey me respondió con evasivas, y deduje que en la capi­tal se mantenían firmes los batallones de voluncarios, creados hada poco más de un afío, y los de la milicia nacional, que aunque peseteros peleaban bien.

Entonces, por mi cuenta y sin comentario ni siquiera con don Carlos, decidí activar la red de espías que Sombra dirigía en Madrid con el propósito de provocar un levantamiento que contribuyera a abrimos las puertas de la ciudad...

Por ahí tengo copia de algunos papeles que quiero que usted lea para que vea que lo que cuento no son fantasías de viejo...
historia vascos AVIRANETA
EL ESPIA LIBERAL (AVIRANETA)


Esas mañanas de finales de agosto, cuando Madrid estaba a punto de ser sitiado, dediqué todo mi tiempo a maquinar contra los carlistas infiltrados, y a escribir una vindicación por los calumniosos cargos que se me habían hecho, con motivo de mi reciente viaje a Francia en comisión de gobierno. Digo en ellas lo que quienes me conocen no ignoran.

Nunca he conspirado por conseguir ventajas personales, jamás hice an­tesalas, ni incensé al poder, ni me prosterné ante los mandarines; nunca pretendí ascensos ni distinciones, ni usé de las que puedo, porque supe ganarlas.

Nadie levantará un dedo con verdad diciendo que le he estafado un real, y mientras patriotas noveles han medrado o se han enriquecido con las revoluciones, yo he empobrecido y menguado mi suerte.

Desde que empezó esta guerra, supe que había de ganarse con tácticas irregu­lares, como las que empleó el general Hoche en la Revolución francesa contra la insurrección de la Vendée: mucho espionaje, mucho dinero para comprar voluntades, y ganarse al clero para aprovechado y debilitar al campesinado fanático e ignorante.

En cuanto a mi programa en esta gue­rra, es muy sencillo: liberalismo a ultranza, exterminio del carlismo por cualquier medio y Constitución.

Conocí a Cambronero cuando conspirábamos, en una casa contigua a la del conde de Oñate, en la calle del Arenal, con intención de dar un golpe -que al final no se llevaría a cabo- contra Cea Bermúdez, a las pocas horas de saber que había muerto el miserable rey narizotas que llenó de horcas España. Ese día de finales de agosto -cuatro años después-, nos vimos secretamente en su despacho del ministerio de la Gobernación, en una entrevista en la que también estuvo presente el ministro Pizarro, el sub­delegado Canuto Aguado y el jefe del gabinete negro de la policía, que era un tipo de voz agria y mirada siniestra, delgado y pálido, que más parecía venir del mundo de los muertos que habitar en el de los vivos. Se llamaba Maximiliano, y he olvidado ya su apellido.

En cuanto al gabi­nete negro, era una especie de brigadilla con permiso para hacer cualquier barbaridad sin respetar las leyes, incluido el asesinato, si se consideraba necesano.

Pita repasó los principales puntos del plan de la Expedición Real proporcionados por Z, cuyo éxito descansaba, fundamentalmente, en la componenda de María Cristina con el Pretendiente, mediante el matri­monio de Isabel, la hija de la señora, con Montemolín. Por ello se acor­dó desde el principio que la marcha hacia Madrid debía ser lenta, rehu­yendo batallas decisivas y atravesando los territorios donde los carlistas tenían mayores apoyos.

Pita nos dio a leer copia de una carta autógrafa, fechada en septiembre de 1836, que Cristina había entregado secretamente al marqués de Lagrúa, representante oficioso en Madrid de la corte de Fernando de Nápoles, en la que la señora decía con claridad al Preten­diente que se echaría en sus brazos con la única condición de que el pri­mogénito de éste, el conde de Montemolín, se casase con su hija, y que fuesen perdonadas las personas que por ella se habían comprometido, para lo cual daría una lista. Este Lagrúa -que llegaría a príncipe- tenía una historia muy curiosa.

En realidad, era un intrigante llamado Aníbal Ra­pella, natural de Palermo, que anduvo por Argel ejerciendo la medicina, allí se casó con una española. Cuando vino a Madrid con su esposa, se estableció como cambiante de moneda y logró introducirse en palacio y ser el recadero de María Cristina con la corte de Nápoles. Él fue uno de los componedores de la intriga que hizo caer a Mendizábal, y a partir de ahí sirvió de correo de gabinete entre Istúriz, el nuevo jefe del gobierno, y la asustada regente.

Tiene -o al menos tuvo- gran amistad con el infante don Sebastián Gabriel, que ahora manda la Expedición contra Madrid.
Por esa facultad de tener un pie en cada bando, cuando de Nápoles le encargaron negociar la reconciliación de las dos ramas bor­bónicas que acabase con la guerra, pudo entrevistarse con unos y con otros sin ser molestado.

-Como ven -dijo Pita después de que todos leímos la carta copia­da-, la cosa viene de lejos. Pero entre nosotros no hay engaño posible. Las negociaciones subterráneas de la regente con su cuñado Carlos son un hecho desde, al menos, hace un año, poco después de la rebelión de los sargentos en La Granja.

En este tiempo, los hilos de la transacción se han ido enredando. El señor Meyer, cónsul de Nápoles en Burdeos, es­tuvo en Madrid, conferenció con Cristina y luego corrió a hacer lo mismo con don Carlos. Meyer acompañó al barón de Milanges, un ultralegiti­mista que trabaja para el duque de Burdeos, y que con el nombre falso de monsieur Neuillet -después de haber recibido instrucciones en Nápo­les- se presentó en el cuartel general faccioso con una carta del rey na­politano, que el pretendiente consideró muy alentadora para sus planes.

En consecuencia, reunió a su Consejo de Estado, formado por el obis­po de León y el ministro de Hacienda, Juan Bautista Erro, y les puso al corriente de la situación: el hermano de Cristina, Fernando de Nápoles, pedía la cooperación de las tropas carlistas para facilitar la deserción de la regente a las filas facciosas, acompañada de sus hijas, las infantas.

Una vez en ellas, se esperaba que hiciera una declaración de protesta por el yugo al que los liberales la habían tenido sometida, lo cual sería un golpe de efecto en toda Europa que podría contribuir, no sólo al reconocimien­to como rey de Espafia del Pretendiente carlista, sino incluso a la disolución de la alianza del gobierno con Francia, Inglaterra y Portugal, que tanto necesitamos para sostener a nuestra legítima soberana.

El ministro hizo una pausa y revolvió en una carpeta que tenía sobre el despacho. De ahí, extrajo un documento que agitó unos segundos en el aire como prueba irrefutable. Luego, dejó el documento sobre la mesa a la vista de todos, dando a entender que cualquiera podría leerlo como con­firmación de sus palabras.

-Como Milanges insistiera en que su señor esperaba una pronta respuesta, ésta le llegó en una comunicación, cuya copia también tene­mos. -Aquí, el ministro volvió a coger el documento dejado en la mesa y leyó textualmente-.

Don Carlos aceptaba hacerse cargo de Cristina y sus hijas, y para facilitar la ejecución del proyecto pedía a los generales que operaban sobre Madrid que facilitasen la fuga de la familia real.

La cuestión parecía casi cerrada, y el pretendiente así lo ha creído, por eso ha organizado la Expedición, pero en estos últimos días -sobre todo por la influencia de Espartero y el plante de los oficiales en Aravaca, que ha dado al traste, como saben, con el gobierno de Calatrava-, la situación ha cambiado.

Esto no lo saben los carlistas y es nuestra mejor arma. Cristina se siente segura con Espar­tero y desconfía de una reconciliación familiar. Milanges ha regresado a Nápoles y Meyer, a Burdeos, yel ejército carlista, aunque representa todavía una fuerza formidable, esperará en vano que la reina se le una.

Cristina ya no se siente prisionera en su propia corte, ahora es una madre dispuesta a luchar por dejar a su hija sólidamente instalada en el trono.Madrid no se rendirá, señores, y esos bárbaros no hollarán sus calles, pero aún nos darán guerra.

Cuentan con un levantamiento de la milicia na­cional -que viene incluso indicado en su plan de operaciones-, tie­nen simpatías entre el clero y algunos miembros de la nobleza, y disponen de espías que intentarán amotinar a la población cuando la caballería de Cabrera se acerque. Su misión es desbaratar esos planes a toda costa -dijo Pizarro dirigiéndose a mí, con una emoción contenida que le que­braba la voz.

-Estoy a sus órdenes por el bien de la libertad -le dije-o ¿Qué desea que haga?

-Madrid, en estos momentos, es una caldera de rumores tendencio­sos y conjuras promovidos por los agentes de ese don Carlos. Lo que yo quiero es que usted arranque todo eso de raíz, para ello cuenta con to­dos los medios de este ministerio -incluyendo la colaboración de Maximiliano, aquí presente- y el respaldo personal de la reina.

-¿Tengo entonces carta blanca? -le pregunté.

-La tiene usted. Toda la que quiera. Y si también tiene cualquier duda o petición no tiene más que decirlo.

¿Cuenta usted con alguna red de informadores propios?

Le dije que disponía de agentes muy buenos en el norte, que nos serían muy útiles para rematar la guerra, pero que en Madrid, por haber estado mucho tiempo fuera de la ciudad, sólo contaba con algunos, casi todos antiguos afiliados a la Isabelina. Uno de ellos, Venancio Chamizo, era un an­tiguo fraile medio tronado, de ideas liberales, que vivía en un piso de la calle de Cervantes; otro, Francisco Mansilla, había sido también cura, y escapó a París para eludir escándalos de fraudes y faldas. Allí se juntó con algunos nobles monárquicos cuyas ideas retrógradas, contrariamente a lo esperado, le convirtieron en un liberal exaltado.

En mi modesta red figuraban también el propietario de un baratillo de libros de la calle de la Paz, donde había tertulia de escritores y políti­cos inactivos, que se llamaba Martín y estaba siempre yendo y viniendo por las casas en busca de libros viejos; y Francisco Maestro, administra­dor de rentas de gente adinerada que había luchado con El Empecina­do y que se mantenía de incógnito liberal ferviente; y, por último, un currutaco medio francés de origen llamado Valdés y apodado "el de los Gatos", que tenía conexiones con los legitimistas franceses de Toulouse y era bien visto en los salones de la nobleza; frecuentaba también la ter­tulia del infante Francisco de Paula.

Como me había enterado de que hacía poco la policía había detenido a LUIS CANDELAS, el famoso bandido de Madrid, personaje, sin embargo, de ideas liberales, amigo de Salustiano Olózaga y otros destacados pro­gresistas, le propuse a Pizarro utilizar sus servicios para que nos ayudara a descubrir a los espías carlistas en la corte.

Candelas había sido captu­rado en Olmedo, cuando regresaba a Madrid con su querida. Desde Valladolid lo remitieron a la capital con una fuerte escolta, cuando ya las avanzadas carlistas estaban a las puertas de la corte. En medio de ese desbarajuste bélico, lo metieron casi secretamente en Madrid.
Dicen que entró montado en una mula y cargado de grilletes, pues ya en varias ocasiones se había escapado de la prisión. Luego, lo llevaron al pueblo de Vallecas a pernoctar, yal día siguiente lo volvieron a meter en la ciudad por la Puerta de Toledo y lo encerraron en la cárcel del Saladero, donde se encontraba en espera de sentencia.

-Suéltelo usted para que nos ayude -le dije al ministro.

-Es imposible. La regente ha jurado ahorcarlo, porque ha robado a su modista, y eso lo considera una afrenta personal.

Volviendo al asunto que nos ocupaba, le pregunté a Pizarro qué medidas estaban ya tomadas para prevenir el motín de los nacionales, y éste, con un gesto, volvió a dar la palabra a Cambronero, que -ayuda­do por una cuartilla en la que figuraban algunas anotaciones- me explicó así los hechos por los cuales empezamos a deshacer el ovillo del complot faccioso.

-Como se imagina, tenemos gente infiltrada en los cuarteles, pero no es fácil dar caza a esos espías.

La curia romana, a pesar de conocer los apuros de los carlistas, no expedía indulgencia o bula que no se pagase al contado.

Los facciosos eran tan ingenuos y tan fanáticos en la cues­tión religiosa que enviaban casi todos los meses gruesas sumas al Vati­cano en pago de las preces del Papa por su victoria. Todo esto, más la ineptitud de la diplomacia carlista en Europa, nos beneficiaba.

Si el Pretendiente era un cerebro mediocre regido por un corazón vacilante, sus agentes diplomáticos no le iban a la zaga, pues escribían mucho y conseguían poco.

Pese a todo, algunos soberanos les facilitaron fondos, y si el rey carlista hubiera entrado en Madrid, el dinero no le habría fal­tado, pues su bando contaba con las simpatías de importantes personajes, como el duque de Wellington, que, no contento con saquear media España en la guerra contra el francés, defendió la causa del que llama­ban Carlos V en la Cámara de los Lores.

Así alardeaba él de cumplir con los deberes de la justicia, aunque, en realidad, lo único que pretendió fue proteger los intereses de Inglaterra a costa de la sangre y la ceguera es­pañolas.

Wellington, sin embargo, no deseaba que la guerra terminara pron­to, y mostró prudencia al aconsejar al pretendiente que no atacase de ningún modo Madrid, una plaza difícil de tomar por las armas, ya que esa acción le acarrearía mil obstáculos políticos por parte del gobierno de Londres.

Lo mejor -le decía el taimado duque- era que se estableciera en Zaragoza o alguna otra ciudad de Aragón o Castilla, y resistir hasta que él y sus amigos entrasen en el gobierno y pudiesen favorecerle política­mente. Toda una lección de perfidia a la inglesa.

Esa tarde, en el mismo carruaje, llegué a casa del general Díaz del Hie­rro. Vivía sin familia, con un sirviente y una criada. El hombre, al principio, se mostró enérgico y dijo que saliéramos de su casa inmediatamente o dispararía sobre nosotros, pero su arranque de furia fue menguando cuando le dije que habíamos detenido a Lola y encontrado cartas que le comprometían. Se las enseñé, y su excitación se fue transformando en abatimiento.

-¿Quién es Sombra? -inquirí.

-Le juro por mi honor que no lo sé.

Parecía sincero, pero mi respuesta fue cortante y le desconcertó.

-¿Su honor? ¿Qué honor? Ha traicionado usted a su bandera y al uniforme.

El general, entonces, terminó de descubrirse como faccioso. -¡Eso nunca! Siempre he sido leal a la causa y a mis ideas. ¡Mi único rey legítimo es Carlos V; y sólo a él debo fidelidad!

-Bonita fidelidad y bonitas ideas, que pretenden devolver a los españoles a la Edad Media.

-Dios, Patria y Reyes mi lema. No conozco otro mejor. -Déjese de altisonancias. Quiero hablar con usted en privado.

Cuando estuvimos a solas en su despacho, le hablé sin tapujos ni sutilezas. -General, usted mismo se ha desenmascarado, así que quiero ser muy franco y muy breve. Es usted un traidor que merecería ser ahorcado o fusilado por la espalda, pero le voy a dar una oportunidad. Si habla y nos da detalles y nombres de su criminal actuación como espía carlista, el gobierno le garantiza un retiro anticipado y digno, y aquí no ha pasado nada. Su traición no será conocida prácticamente por nadie, y usted pasará sus últimos años como un feliz jubilado.

-¿Y si no hablo?-Entonces será mucho peor. Todo el mundo se enterará de su do­blez, empezando por su hija, que se verá rechazada en los ambientes mundanos que tanto le gustan. Además, le garantizo que será fusilado con ignominia. Su nombre será maldito para los restos.

-Entonces no puedo elegir.

-No.
El general cantó como si le hubieran dado cuerda. Nos dio los nom­bres de tres oficiales desleales de la Guardia Real, que inmediatamente fueron detenidos. También nos dijo quiénes formaban parte de la Jun­ta carlista en Madrid, autores de un pasquín que había circulado por algunos barrios, de signo engañosamente conciliador, prometiendo be­neficios para todos y paz sin represalias cuando el pretendiente entrase en Madrid. En la lista había dos curas, un abogado, dos periodistas y un militar retirado. Fuimos a por ellos, pero eran gente adiestrada en la conspiración, y sólo pudimos localizar a uno de los curas y al abogado, que fueron puestos a buen recaudo. Los demás escaparon. Cuando terminó de hablar, Díaz del Hierro estaba demudado y, por la congestión de su rostro, me pareció que de un momento a otro podría darle una apoplejía. Le pedí que se relajara y se calmase, pero el hombre estaba como obnubilado y fuera de sí.

Rompió su mutis para pedir­me retirarse a su habitación unos momentos. Quería descansar. Accedí.

El general se encerró en su despacho y al cabo de unos minutos sonó un disparo. Me imaginé el suceso. Corrimos hacia el lugar de la detonación, y tuvimos que echar abajo la puerta del despacho, que estaba cerrada por dentro.
En el cuarto, muy ordenado, había un gran escritorio de roble, salpicado de sangre y masa encefálica, sobre el que descansaba la destrozada cabeza de Díaz del Hierro y una pistola todavía entrelazada entre sus dedos de la mano derecha.
Los comentarios de los policías no fueron piadosos.

De hecho, creo que si el general hubiera resucitado en ese momento, lo hubieran rematado.

Di instrucciones para ocultar la verdad, diciendo que el suicida había muerto de un ataque al corazón, y del ministerio de la Gobernación enviaron a un médico que firmó el certificado de defun­ción falseado.


Por Martínez Laínez
EL ESPÍA CARLISTA
"SOMBRA"

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Siempre el primero, Cabrera formaba la vanguardia de la Expedición y sus avanzadas llegaron hasta Vallecas. Desde el centro mismo de Ma­drid, podíamos ver las tropas del gran general.

Con su actitud gallarda y atacante, parecían desafiar a la desmedrada guarnición y espolear la curiosidad temerosa de los habitantes de la corte. No obstante, en honor a la verdad, hay que decir que el entusiasmo de éstos era poco, pero así son las gentes y no hay que darle vueltas.

Displicentes y endiosados cuando se sienten seguros, y cobardes y complacientes si se ven sometidos y en riesgo de perder vidas o haciendas.

De cualquier forma, no esperábamos una reacción tan contundente, ni por parte de la policía del gobierno (esos esbirros del gabinete negro) ni de los milicianos, que están decididos a acabar con cuanto carlista se topen, porque les han llegado nuevas de que los generales del rey -en es­pecial Cabrera, Forcadell y El Serrador- se han ensañado con los prisio­neros y han dejado morir de hambre o han matado a lanzadas y mache­tazos a muchos de ellos.

Infames calumnias, sin duda, porque ¿cómo iba a permitir nuestro glorioso general Cabrera tales acciones?

Aunque oí decir que la muerte de su madre, vilmente fusilada, le había trastornado bastante.

Todavía no entiendo muy bien por qué la milicia nacional-consi­derada afín al partido progresista y muy influida por las logias- defiende con tanta energía, y hasta con arrojo, el trono de Isabel, siendo ellos, mayormente, jacobinos de la estirpe de Satán y partidarios de la maldi­ta revolución que tanto dolor ha traído sobre la pobre España.

Puede que lo hagan por la Constitución, pero si es por eso, de seguro que nuestro buen rey Carlos les daría fueros que protegieran su libertad, siempre que ello no fuese contra la religión católica o nuestra Santa Madre Iglesia, que con las cosas de Dios no se juega.

Aún es pronto, y la decepción está muy reciente, para calcular con seguridad si las tropas defensoras de Madrid hubieran podido vencer a las nuestras, pero puedo asegurar que en caso de haberse producido el ataque, encabezado por el general Cabrera y el infante don Sebastián, nuestra probabilidad de victoria era alta, y la guarnición y la milicia de Madrid no estarían ahora presumiendo de laureles heroicos.

Las calles de Madrid, por la noche, quedaban vacías y la gente atrancaba las puertas de sus casas, pese a lo cual cada mañana aparecía algún cadáver abandonado en plena calle, a la vista del común como ejemplo.

El ambiente se hizo amenazador y opresivo, y para empeorarlo me encargué de envenenar algunas fuen­tes: una en la plazuela de Moriana, otra en la calle de San Jacinto, próxi­ma a la hostería del Postigo de San Martín, y dos más en el barrio de Miralrío y en la Huerta del Bayo.

Aprovechando los tramos de conducto al descubierto, eché ARSÉNICO, extracto de BELEÑO y HECES en abundan­cia, lo que provocó desmayos, diarreas y convulsiones en mucha gen­te, y hasta seguramente algún muerto.

La indignación popular, unida a la amenaza de asedio y el insufrible calor del verano de la Villa, pro­vocó motines en los barrios de Maravillas y San Francisco. Los vecinos salieron a la calle llamando traidores a los ministros y pidiendo a gri­tos su muerte.

De seguro que si las turbas hubiesen visto en esos mo­mentos a cualquier defensor de la causa lo hubieran despedazado, como ya hicieron en Barcelona hace unos meses con los presos de la ciuda­dela, pero mis agentes infiltrados entre la chusma no iban a ser tan necios de anunciarse, aunque -siguiendo mis órdenes- marchaban siempre a la cabeza del tumulto, excitando los ya muy exaltados ánimos.

El objetivo era hacer correr la sangre, cuanta más, mejor, y provocar una represión indiscriminada del gobierno que diese rienda suelta a la ira popular. Por menos de eso se empezó la Revolución francesa, y con ella, la desgracia de toda Europa.

Pero cuando todo parecía ir bien fue cuando comenzó a torcerse. Los agentes del gobierno, dicen que dirigidos por ese conspirador profesio­nal llamado AVIRANETA, pasaron a combatirnos en secreto utilizando nues­tras mismas armas y haciendo caso omiso de cualquier ley escrita. En el ministerio de la Gobernación, el ministro, Diego González Alonso, que había sustituido a Pita Pizarro, encargado ahora de la Hacienda, reunió a los cabecillas de barriada, que a punto estaban ya de prender la mecha de una revuelta popular, y les explicó la gravedad de la situación, al tiempo que les pedía que conservaran la calma y se aplicasen a la defensa orde­nada de la capital, barrio por barrio y casa por casa, como en Zaragoza contra los gabachos, si llegaba el caso.

Algo más debió de cocerse en esa ocasión que no ha llegado a mis oídos, porque las guardias nocturnas y las rondas de los serenos fueron reforzadas, con lo que el vecindario recuperó, en buena parte, la norma­lidad, y la efervescencia bajó de grado.

Además, como por arte diabóli­ca, aparecieron octavillas en las calles firmadas por una extraña organi­zación que se hacía llamar Partida del Trueno, y que anunciaba pasar a la acción contra los "rebeldes" leales a don Carlos, que Dios guarde, uti­lizando cualquier recurso por cruel que fuera.

Las consecuencias para nosotros fueron nefastas y pronto se dejaron sentir. Varias de las personas que secretamente conspiraban en nuestro favor desparecieron sin dejar huella, seguramente fueron secuestrados por los asesinos a sueldo de la revolución, yal menos tres de ellas aparecieron varios días después muertas, con señales de golpes, disparos en la cabeza o estrangulamiento, en las praderas de San Isidro y la ribera del Manzanares.

Sin duda, los liberales sabían mucho más de nuestros planes de lo que pensábamos.

Para empeorar las cosas, el ministro de la Guerra, Evaristo San Mi­guel, acudió a los depósitos de la milicia nacional para apaciguar los ru­mores de que la REINA estaba a punto de traicionar y pasarse al campo de la causa.

San Miguel es un personaje oscuro y retorcido, un militar in­telectual metido a revolucionario. Le atribuyen una participaci6n desta­cada en la guerra contra el francés, pero fue hecho prisionero y deportado a Francia, donde, sin duda, se contagió de las ideas volterianas y entró en la masonería. Tuvo un papel destacado en el trienio liberal y es el autor del que llaman himno de Riego, ese cántico infernal que tan bajas pasiones despierta en el populacho.

Después de la feliz llegada de los cien mil hijos de San Luis, que restituyeron al sufrido Fernando en su trono, tuvo que huir de nuevo a Francia. A la muerte del Rey, regresó del exilio y la adúltera Cristina le ha hecho mariscal de campo y le ha colmado de honores.

Pero de nada le valieron los ascensos, porque no pudo con el general Cabrera, a quien persiguió con más pena que gloria por el Maestrazgo sin darle nunca alcance.

De rodas maneras, aunque masón y de escasas luces militares, San Miguel no es lerdo, y al frente de la milicia puede ser un enemigo de cuidado, aunque no le creo tan falto de escrúpulos como para haber ordenado las ejecuciones de nuestros agentes clandestinos sin ni siquiera darles una oportunidad de confesión.

Tengo que pensar en la manera de acabar con él. Quizá unos cuantos arcabuzazos en la calle Mayor, cuando se dirija en carruaje a entrevistarse con la regente. .. Un atentado así daría que hablar, se echarían unos a otros las culpas y subi­ría mucho la inquietud. Hombres decididos todavía quedan, desde luego.

El motín en la cárcel de Corte, en la plaza de Santa Cruz, donde teníamos mucha gente nuestra metida esperando la sefial del alzamiento, tampoco se pudo concretar, y lo peor no fue eso, sino que el enemigo utilizó a nuestros presos, dejándolos en aparente libertad, o propician­do su fuga para seguirlos y conducir a los esbirros de la policía hasta los domicilios donde se guarecían fervientes partidarios de nuestro bando que aún no habían sido descubiertos y esperaban la ocasi6n de actuar.

Pues bien, en el antro carcelario contábamos con Paco, el alcaide que había sido hermano lego de convento y luego tambor de una partida absolutista que combatió en tiempos de Fernando contra tanto liberal como se nos venía encima.

Gracias a él, los carlistas presos, entre los que había curas, campesinos, abogados y guerrilleros de La Mancha, gozaban de protección y mandaban en el patio de los detenidos políticos y en el de los delincuentes comunes.

Los nuestros, incluso, podían hacer pro­selitismo porque eran más fuertes y más enteros, y la gente presa los res­petaba, sobre todo después de que Paco, el alcaide, consiguiera que tras­ladaran de cárcel al bandido LUIS CANDELAS, que era liberal, y, respaldado por algunos de su banda, intrigaba entre los presos comunes para impedir que nos hiciéramos los amos.

Las tornas, sin embargo, se nos volvieron en contra en cuestión de horas, cuando ya teníamos todo a punto para el motín, que debía iniciarse con un gran incendio en varias celdas a la vez, lo que provocaría la estam­pida, facilitada por el alcaide, de todos los presos hacia la calle.

Pero nada salió bien.
Como ya he dicho, los liberales debían de estar sobre aviso, y en eso tuvo que influir la caída de Lola Carrillo, que fue detenida por la poli­cía y nos traicionó, aunque bien caro se lo hice pagar ante las mismísi­mas narices de los esbirros del gabinete negro.

El caso fue que Cambro­nero y ese tal Aviraneta, que al parecer ha intrigado mucho en VASCONIA, se presentaron una tarde en la cárcel y realizaron una inspecci6n a fon­do en aquel pozo de miseria humana.

Revisaron patios y galerías y orde­naron poner cerrajas nuevas en las principales puenas, redoblando las guardias.

Poco después, Paco, el alcaide, fue destituido fulminantemente y destinado a regir una prisi6n en las lejanas islas Canarias.

Al mismo tiempo se reunió a todos los presos carlistas en un pabe1l6n siniestro aislado en un ala de la cárcel. Todos quedaron encerrados en una especie de jaula, con cadena y candado, sin que valieran protestas.

Aquello desbarató el motín, porque nadie fue capaz de impartir las últimas instrucciones para organizar la fuga, y los presos comunes, por su cuenta, no se atrevían a nada ante el temor de quedar atrapados como ratas si se producía el fuego, sabiendo que las puertas y la vigilancia reforzadas les impedirían escapar.

Frustradas nuestras intenciones de sublevación dentro de la capital para facilitar el asalto definitivo de la Expedición, quise apuntarme un tanto personal que aguase las ínfulas de victoria de los cristinos.

Me en­teré de que el esbirro de Cambronero, ese intrigante de AVIRANETA, pasaba las noches en el piso que su hermana tiene en la calle del Lobo, en una casa cercana a Huertas con un ponal oscuro y húmedo del que arranca una sombría escalera de escalones de madera muy gastados.

Subí a ho­ras tardías a preguntar por él con intención de descerrajarle un tiro en la cabeza en cuanto apareciese, pero abrió 1a puerta su hermana -una mujer de rostro afilado y sonrisa simpática-, que me dijo que su hermano ya no vivía allí y que se había mudado a otra dirección.

Se la pedí y la mu­jer, sin aparentar desconfianza, me la dio: una calle cercana a la Puerta de la Vega, en otro tiempo fortísima, por la que entr6 en Madrid como conquistador Alfonso VI el Bravo, y que ahora, como contagiada por la destrucción general de España, sólo es un postigo viejo y roto desde el que se divisan los cerros de la Casa de Campo y las casuchas del Man­zanares.

Comprobé -sin demasiada sorpresa- que el número que me ha­bía proporcionado la mujer no existía, y encrespado por el engaño de­cidí regresar a la calle del Lobo a darle su merecido, pero poco antes de llegar a la casa --con la pistola amartillada en el bolsillo de la levita- pude darme cuenta de que había gente de la policía vigilando el portal, esbi­rros disfrazados de sirvientes, vendedores ambulantes o transeúntes ocio­sos, por lo que pasé de largo y desistí, pues otra cosa hubiera sido entre­garme como un cordero en las fauces de los chacales.

Aconsejada seguramente por Espartero, María Cristina subió la moral de los defensores de la capital recorriendo en carruaje descubieno, y acom­pañada de la niña Isabel, las líneas de defensa de Madrid, entre vítores y reverencias. Fue un gesto calculador que le hizo ganar popularidad, porque se produjo en el momento decisivo.

-Creo en Dios y adoro a Espanero -blasfemó la dama, extasiada por los vivas que el pueblo y la oficialidad liberal le prodigaban mientras recorría los puestos de vanguardia, a poca distancia de los lanceros de Cabrera, que si hubieran atacado en ese momento hubieran cogido pri­sionera a esa desvergonzada y mala mujer, que ha terminado engañan­do a cuantos han querido hacer trato con ella, incluido don Carlos, que ha pecado de ingenuo al fiarse de su cuñada.

Pero los liberales mantuvieron el orden público, sin duda envalentonados por la inactividad atacante, el fracaso de la revuelta in­terior, la formaci6n de compañías ciudadanas en los barrios, la adecua­da distribuci6n de la milicia y el temor desatado por el estado de guerra, que castigaba con la horca la cooperación con el enemigo.

A ello contri­buyó también que el ayuntamiento, la diputación provincial y el jefe político, conde de Asalto, se dirigieran a los madrilefios inspirándoles confianza y abultando las fuerzas con que se contaba para defender la corte.

En esas horas, Madrid se mantenía a la expectativa, dispuesta a en­tregarse al vencedor, con rachas de abatimiento, y luego de entusiasmo, según fueron pasando las horas sin que se produjese ataque alguno. La incertidumbre y la inseguridad se habían aduefiado de los ánimos.

Las tiendas estaban cerradas, el comercio paralizado, y era muy escasa la gente que recorría las calles. Los milicianos, desde las tapias que rodeaban la ciudad, atisbaban a los nuestros y les hacían fuego en cuanto los tenían a tiro, pero ese fuego causó pocas bajas.

Una compañía de cazadores, a la que voluntariamente se unieron algunos milicianos, salió del arroyo del Abroñigal y entabló tiroteo con las avanzadillas de Cabrera, contando con el apoyo de dos piezas de artillería y unos cuantos granaderos a caballo de la Guardia Real.

Esa tarde fue cuando la gobernadora recorrió la lí­nea del frente; antes, por la mañana, lo había hecho a caballo el infante don Francisco.

El Congreso también estuvo abierto y celebró sesión, que dicen que fue lánguida y alicaída por el miedo, pues no abunda el cora­je en el estamento político liberal, pero al menos, por esta vez, los padres de la patria dejaron constancia de cierta dignidad ante la galería.

Al con­cluir la sesión, los congresistas tomaron algunos fusiles que les propor­cionó el ejército con el fin de demostrar su voluntad de resistencia, aunque a ninguno de aquellos engolados se le vio en primera línea.

El infante don Sebastián, al alejarse de las puertas de Madrid, com­prendió inmediatamente las funestas consecuencias que la retirada comportaba para el prestigio y la moral carlistas, aunque se le dijo que se trataba de una maniobra táctica con la que se obtendría, con menos trabajo, los mismos resultados que la operación de ataque frustrada. Pero eso nadie se lo creyó.

Antes de retirarse, don Sebastián pidió autorización para caer sobre el flanco de las tropas que, conducidas por Espartero, le pisaban los talones, pero González Moreno se lo denegó alegando man­dato del propio don Carlos.

Esa misma noche, a las dos de la madruga­da, el rey salió de Arganda en dirección a Alcalá de Henares, aunque terminó desviándose a Mondéjar, mientras la división de Cabrera alcan­zaba Pastrana.

El humor de todo el ejército era sombrío, y algunos jefes temieron el amotinamiento de la tropa.

En la retirada pasaron de millas mozos que se unieron a la Expedi­ción, algunos con armas y uniformes de milicianos. Les acompafiaban curas, frailes, oficiales retirados y vecinos influyentes de Madrid que habían abandonado sus casas para adherirse a la causa, como peregrinos en pos de la salvación del alma.

En medio del desconcierto y la frustración, las esperanzas de la Expedición se iban perdiendo con el rastro de la retira­da, y yo tuve que volver a mi oscura labor de espía y retomar mi papel de topo trabajador y diligente en el ministerio en espera de la próxima ocasión.


Martinez Laínez


LA DERROTA : HABLA EL GENERAL FORCADELL


En tácticas y añagazas nunca le ganó nadie.

De joven había sido se­minarista, y estuvo casi siempre a cargo de eclesiásticos que le instruyeron en latines y primeras letras, hasta que cuando tenía diecinue­ve años le tonsuraron y concedieron un beneficio eclesiástico, con su correspondiente título de colación, que le hubiera asegurado un mediano pasar de por vida.

Pero Cabrera no era de ésos. Sólo ambicionaba la gloria y el poder que confiere mandar soldados.

En el seminario dicen que fue poco aplicado y tuvo la conducta de un estudiante díscolo y pendenciero, frecuentador de tertulias y taber­nas. Aquello levantó sospechas en el entorno clerical y el obispo le negó el subdiaconado, lo que hiro peligrar sus rentas del beneficio y dejó a su madre muy preocupada.

Eso por un lado, y por otro, la amenaza de ser desterrado a Barcelona al verse señalado como partidario del Pretendiente carlista cuan­do murió Fernando VII, fue lo que le llevó a incorporarse a las filas car­listas, donde casi nadie le conocía y había jefes con mucha más experiencia militar que él, como Joaquín Carnicer, Marcoval, Quílez o yo mismo.

Al ver su mundo derrumbado, se tiró al monte, y a partir de ahí su ascen­so fue fulminante. Aprendía rápido y conocía bien el terreno a fuerza de recorrerlo muchas veces. Además, algo le ayudaron, sobre todo al prin­cipio, sus latines y teologías, porque eso impidió que sus jefes le trataran como a un campesino más. Pero él era hombre de armas y no de letras.

Al primer año de formar partida contaba ya con unos doscientos hom­bres, casi todos moros labradores del campo de Tortosa, valientes y fa­miliarizados con la vida dura y azarosa del guerrillero. También seguían a Cabrera jóvenes estudiantes que habían abandonado a sus familias y deseaban compartir los peligros de la guerra con quien, hasta hacía poco, fue su compañero de estudio y jolgorio.

Otros sabían más que él en táctica teórica, pero ninguno le aventa­jaba sobre el terreno cuando se trataba de dar las órdenes precisas en el momento oportuno y arengar a los hombres. Como él mismo dijo: "La guerra requiere resultados, no teorías".

Pero desde su enfermedad en el invierno de 1839, cuando nos quedamos solos contra todos en el Maes­trazgo, no volvió a ser el mismo. Fue como si su genio militar le hubie­se abandonado. En las últimas batallas se le veía sumido en una melan­colía desesperada, y sus pensamientos parecían estar desconectados de quienes le seguían, como si ya nada le importara.

A veces, incluso, mi­raba de frente a la gente sin realmente verla, como si por dentro tuviera visiones que le atormentaban, y pasaba días solitario en su alojamiento, sin contacto alguno con la tropa.

La entrada en Francia fue una tragedia, y nadie se hubiera marcha­do si Cabrera no hubiese considerado inútil cualquier resistencia.

Era el 6 de julio, lo recuerdo bien porque fue el día más importante de mi vida.

Una vez decidido el pase, un coronel de Estado Mayor y el ayudante de órdenes de la división de Tortosa, que el general estimaba más que nin­guna, se personaron a la autoridad francesa de la frontera para estipular las condiciones bajos las cuales seríamos recibidos.

En la espera, muchos lloraban sin separarse del fusil, y otros maldecían de todo o permanecían tumbados e inmóviles en el suelo, como si estuvieran muertos.

Los comisionados regresaron con las condiciones que nos ofrecía el gobierno francés: seríamos destinados a los depósitos que nos señalasen y tratados como refugiados, y entregaríamos armas y caballos, exceptuando los de los generales, jefes y oficiales, por ser de su propiedad particular.

A las tres de la madrugada nos dirigimos al pueblo de Palau, donde nos esperaban gendarmes a caballo y un comisario de policía que preguntó quién era Cabrera. Cuando el general se identificó, le separaron del resto y lo con­dujeron a la fonda del pueblo, custodiada por un piquete de infantería.

Desde ese momento, los franceses nos engañaron y violaron las condiciones pac­tadas, pues a los jefes nos quitaron los caballos y bagajes, sin que hicieran caso de nuestras reclamaciones. La situación parecía un mal sueño, aunque se trataba de una realidad bien palpable y desgraciada.

Los batallones de Tortosa fueron los primeros que formaron pabello­nes de armas, y luego siguieron los de Valencia, Mora de Ebro y la divi­sión de Aragón; en días sucesivos lo hicieron las fuerzas de Cataluña, que fueron llegando desperdigadas.

Me resulta imposible describir el dolor pintado en el rostro de nuestros soldados al abandonar sus armas. Unos las hacían pedazos y otros las arrojaban lejos, pero la mayoría las entre­garon sin murmurar, resignados y serenos en la desgracia como lo habían sido en los combates.

Decidí no separarme del general y me presenté en la fonda, donde los gendarmes sólo me dejaron entrar tras mucho forcejeo. Cabrera se abrazó a mí al verme, y luego preguntó por la tropa.

-¿Cómo quiere que estén? -le contesté-o Muy doloridos. Ya no son nada.

Le dije también que los franceses nos habían robado los caballos y lo poco que nos quedaba al cruzar la frontera. El general se pasó una mano por la frente, como si le doliera la cabeza o tratase de calmar los pensa­mientos tumultuosos que en esos momentos debían de invadirle.

-¡Ay de los vencidos, Forcadell! Esos cabrones nos lo quitarán todo. Para ellos no somos más que salvajes, chusma derrotada. Quizá debimos dejar que nos fusilaran en España.

Yo estaba dispuesto a correr la suerte de mi general hasta donde me dejaran. Esa misma tarde llegamos a Prades y nos alojaron en la fonda de la subprefectura, donde fuimos bien tratados.

Fue allí donde Cabrera se despidió de la mayor parte de sus oficiales y soldados que acudieron en fila a verle, como si fuera una peregrinación, y no cesaban de gritar "¡Viva nuestro general!", ante el asombro y la admiración un tanto desdeñosa de los gendarmes.

Desde Prades, seguimos en posta hasta Perpiñán, donde el general llegó sumamente fatigado, y con algunos dineros que guardaba compró un carruaje para seguir con mayor comodidad la marcha a París, donde el gobierno le obligaba a acudir.

El carruaje -doy fe-lo pagó con mil duros que llevaba, y declaró a la aduana francesa, procedentes de una paga que recibió en Berga, más unas cuantas onzas de oro que guardaba en el bolsillo procedentes de sueldos anteriores.

En Perpiñán nos despedimos con la pena y tristeza que puede imaginarse, aunque lo que a continua­ción relato lo supe después de boca del propio Cabrera, o por otros tes­timonios fiables.

Antes de partir, el general tuvo conmigo una conversación muy sin­cera, en la que dejó claro que desde que MAROTO se rindió en Vergara, creía la causa perdida, y había escrito repetidas veces a don Carlos pidiéndo­le orden de licenciar el ejército y pasar a Francia solo, pues consideraba inútil derramar más sangre.

-Pero don Carlos -me dijo- no me respondió. Está en manos de curas y frailes, que son su único consejo. Por eso, y porque no me gusta la guerra de pillaje que se hace en Cataluña, he tomado la resolución de venir a Francia con lo puesto, aunque sé que algunos me suponen rico. Puedo asegurar que no tengo para vivir, y tendré que pedirle al rey que me dé algo de lo que a él le dan.

He de mencionar que la compra del carruaje, por las maledicencias e insidias a las que tan dados somos los españoles, fue causa de muchos disgustos para Cabrera, pues le acusaron de haber metido muchos mi­llones en Francia obtenidos en los últimos tiempos de su campaña, mien­tras su propia tropa quedaba en situación de penuria. Me confesó que esto era lo que más le había mortificado y hecho derramar lágrimas infinitas veces en el rincón de su retiro.

Es verdad, sin embargo, que sus hermanas uterinas, doña Juana y doña Teresa, que le siguieron al exilio, dispusieron de más dinero que el general en Francia, pues, a lo que sé, eran propietarias de una suma de cincuenta mil francos en oro, equivalentes a unos 190.000 reales de vellón, procedentes de sus bienes patrimoniales. Este dinero, me dijo Cabrera, lo había tenido su madre oculto bajo unos ladrillos del pavimento donde se ama­saba el pan en la casa familiar de Tortosa.

Poco antes de morir fusilada, la madre, doña María, comunicó el secreto a Francisca, la hermana ma­yor de Cabrera, y ésta, cuando murió en Morella, se lo transmitió al general. Pero también el confesor de doña María y otras personas tenían ya noticia del asunto.

En los últimos momentos de su estancia en Aragón, cuando vio acer­carse la derrota definitiva, Cabrera trató de salvar ese fondo, aún oculto bajo el suelo de la casa familiar, que en esos momentos estaba alquilada. Llamó al inquilino de la casa materna a Ulldecona y le detuvo bajo un pretexto frívolo, comisionando entre tanto a un pariente para que de­senterrase el dinero antes de que las autoridades de Tortosa se apodera­sen de él, y se lo hiciesen llegar, como así se hizo. Luego, se lo entregó a sus hermanas.

Siempre fue hombre de pocas necesidades, y en campaña menos. Su comida era frugal y vestía modestamente, su traje era capa y zamarra en invierno, y en verano levita, aunque le gustaba ir siem­pre limpio y aseado.

"En mi país -decía- toda la gente es aseada, y yo, que además de tortosino soy hijo de un marino, no puedo menos de serIo también." El apego al dinero era su flanco menos vulnerable, aunque le molestaba mucho que se dijera que en Tortosa era poco menos que un mendigo y que siendo estudiante había llegado a pedir limosna.

-Ya ve usted, Forcadell-me dijo una vez con queja-, de todo se saca partido cuando las gentes se empeñan en aburrir a un hombre. Jefe ya y general, sólo me acordaba del dinero para mi ejército: esos valien­tes que morían gritando mi nombre y el del rey. Jamás se me ocurrió la idea de que la causa dejase de triunfar y de que yo debiera emigrar... Durante la guerra me hacía esta cuenta: si muero, ¿para qué quiero el dinero? Y si triunfo, nada me faltará por la munificencia de don Carlos.

Intimada que fue por el prefecto de Perpiñán la orden que recibió del gobierno francés para que Cabrera pasase a París, el general emprendió el viaje escoltado por dos gendarmes. Pasó por Toulouse, donde fue muy bien atendido, tanto por el prefecto como por la nobleza española y francesa que allí residía, y acudieron a saludarle los voluntarios navarros, que le dieron vivas hasta enronquecer.

En París se alojó en una fonda que le tenía preparada el gobierno, y a la puerta pusieron una nube de policías que no dejaban que se le acercara nadie.

Al poco, se le condujo al ministerio del Interior, y el propio mi­nistro en persona, con algunos funcionarios de alto rango, le hizo el in­terrogatorio.

Empezaron preguntándole con cuántos jefes había entrado en Francia, y Cabrera respondió que con los generales Llangostera, Burjó y este que escribe, más cinco batallones y un regimiento de caballería de Tortosa, un regimiento de Valencia, una compañía de tiradores de Ara­gón y dos secciones de artillería, que con la división de Aragón y otros cuerpos sueltos que habían entrado después en Cataluña, llegarían a unos dieciséis mil hombres.

Cabrera le dijo también al ministro que en las postrimerías de la guerra en Cataluña, Espartero contaba con unos sesenta batallones y cuatro mil caballos, a los que él sólo podía oponer seis batallones y trescientos caballos, pues tenía el resto de la fuerza diseminada por todo el país.

El general añadió que llevaba ocho meses enfermo, sufriendo mucho del pecho, y que esa falta de salud y la superioridad numérica de Espartero, unida a la ca­rencia de municiones, era lo que había ocasionado la pérdida de Morella.

Como en un momento del interrogatorio se insinuara que las tácti­cas y la calidad de las tropas de Espartero habían sido superiores a las suyas, el general se revolvió indignado sin que nadie osara replicarle.

-Mi enfermedad -replicó a los franceses- me ha impedido me­dir más mis fuerzas con las suyas... En cuanto a si son buenas mis tro­pas. .. mis tropas, señor ministro, son las mejores del mundo. Podrá haber soldados tan valientes y disciplinados, pero no más. Yo amaba y amo a mis soldados como si fueran mis hijos y nunca dudé de ellos... cuando marchaban al combate uno contra dos, la victoria era segura.

Sin duda con la intención de proponerles el alistamiento en el ejér­cito francés, el ministro preguntó a Cabrera si sus voluntarios carlistas podrían ser fieles a esa bandera, y si el general estaría dispuesto a animarles para que así lo hicieran.

-Ellos han sido fieles hasta la muerte, la expatriación y la miseria -dijo Cabrera-, pero yo no puedo decir si consentirán en alistarse bajo las banderas de Francia. En cuanto a invitarles a ello, mi honor de español no me lo permite y yo no lo haré jamás.

El ministro inquirió también por qué el general no se sometía a la reina Cristina, una vez concluida la guerra. A Cabrera le ofendió la pregunta. De malos modos, contestó que si en su ejército hubiera hombres deseosos de someterse a la revolución, eran libres de hacerlo, pero él prefería la muerte a semejante felonía.

-En cuanto a la guerra que ustedes creen concluida -agregó-, la verán renovarse cada día entre las diferentes fracciones del partido cris­tino, lo que acabará por aniquilar a mi desgraciada patria. .. Es muy cierto que los agentes liberales me han tentado con prebendas para que me sometiese, pero yo he preferido emigrar y sufrir todas las desgracias y privaciones que me esperan. Entre la posición más miserable y la idea de hacer traición a su patria y a mi rey, un hombre leal no vacila en la elec­ción.

La cuestión que más le dolió fue cuando le preguntaron por qué había hecho tanto daño a España, arrasando poblaciones y asesinando prisio­neros. El general, dominándose a duras penas, habló con serenidad, pues no quiso perder la compostura, y sólo dijo:

-Que se comparen las crueldades de los cristinos con las mías, y se decida con imparcialidad de qué parte ha estado la clemencia.

La curiosidad de los interrogadores subió de grado cuando Cabrera dejó caer que tenía en su poder documentos interceptados en los que se revelaba que pronto se vería a Espartero dueño de la nación y a Cristi­na emigrar, como así ocurrió.

Uno de los funcionarios franceses le ins­tó a entregar esos documentos, pero el general contestó que no lo haría jamás, porque pondrían en evidencia a grandes personajes de la vida es­pañola.

-Pueden vivir tranquilos esos señores: sus nombres no saldrán de mi boca.

Con estas palabras dio por terminado el interrogatorio. Luego, se envolvió en el silencio y ya no dijo nada más.

Trasladado con vigilancia a su aposento, tres días después lo envia­ron preso a la ciudadela de Ham, en el norte de Francia, cerca de San Quintín, donde en otro tiempo tan mal les fue a los franceses frente a los españoles. Cabrera protestó con firmeza, porque no era ése el modo de cumplir las promesas que se le hicieron, pero tuvo que resignarse, como todos los demás que con él nos habíamos acogido al exilio.

En la ciudadela de Ham tuvo las mismas habitaciones que habían ocupado los ministros del derrocado rey francés Carlos X, y le encerra­ron sin permitir que recibiese a nadie, excepto a sus hermanas, que se le reunieron pocos días después. Pero el clima de Ham y el rigor de esa prisión empeoraron su salud y le pusieron a las puertas del sepulcro, y allí hubiera muerto de no ser porque el príncipe Luis Bonaparte -que ya tramaba el golpe de fuerza que le hizo emperador- fue arrestado por el gobierno francés, que también lo mandó a Ham.

Tener a dos prisione­ros de tanta importancia juntos no se consideró conveniente, y Cabre­ra fue trasladado a Lila, y encerrado en la parte más retirada de la ciudadela de esa ciudad, muy próxima a la frontera de Valonia. En el mismo lugar también estaban presos los generales carlistas Alzaá, Elío y Balmaseda, pero a Cabrera no le dejaron hablar con ellos, y su estado de salud se agrava­ba.

Tenía el pulmón derecho fuertemente atacado, ya pesar de que le aplicaron cantáridas en el pecho continuaba escupiendo sangre. El mé­dico del hospital militar que le atendía certificó neumonía crónica par­cial, y pidió su traslado a un lugar menos húmedo y frío para salvade la vida.

Cabrera estuvo en cama casi todo el tiempo que pasó en la prisión de Lila, asistido por su familia, y reconfortado por el buen comportamien­to de muchos militares y personas notables de la ciudad que, sabedores de sus hazañas, acudían a vede para proporcionarle consuelo.

Desde el principio, los planes del gobierno francés eran obligar a nuestros derrotados voluntarios a alistarse en la legión extranjera, y ca­yeron como buitres para hacer de ellos carne de cañón en la campaña colonial que mantenían en Argelia.

Cuando los restos de nuestro ejército, una vez desarmados, fueron conducidos al interior del país, iban escol­tados por una tropa francesa, y las marchas fueron largas y penosas. No se permitía a nadie salir de filas y las poblaciones de la frontera nos tra­taron mal. Además de prodigamos todo género de insultos, vendían los comestibles a un precio exorbitante.

Sólo algunas personas partidarias del rey y de buen corazón proporcionaban víveres a la tropa, sin los cuales hubiera desfallecido de hambre.
En Prades, a escasa distancia de la fron­tera, el prefecto convocó a los generales Tallada y Cevallos para que le­yesen a los batallones un escrito que aseguraba a cuantos se alistasen en la legión extranjera de Argel las mismas ventajas que tenían los soldados franceses. A Cevallos, Tallada y otros les ofrecieron conservar sus empleos si inclinaban a los voluntarios a alistarse, pero ni ellos ni ningún jefe admitió la propuesta.

Cuando llegaron a Perpiñán, viendo el prefecto que nada podía con­seguir con palabras, inventó medios crueles e inhumanos para conseguir su objetivo. En lo más caluroso del verano tenía a nuestros soldados acam­pados en un arenal, sin sombra ni recurso alguno para guarecerse con­tra los abrasadores rayos del sol. Eso les obligó a cavar profundos hoyos para protegerse, y muchos quedaron sepultados cuando se hundían és­tos.

No se les daba más ración que una libra de pan y la cuarta parte de un cuartillo de vino por individuo. Esta falta de alimento provocó mu­chas enfermedades, y como la atención hospitalaria era escasa, todos los días amanecían tres o cuatro cadáveres en el campamento.

Nada se pudo conseguir de aquel inhumano prefecto, cuya conducta contrastaba con algunas muestras caritativas de apoyo que recibimos del obispo y unas monjas, que enviaban diariamente al campamento un carro de comes­tibles y cuatro calderos de sopa para los inválidos.

Como el prefecto comprobó que a pesar del rigor y las amenazas sólo un escaso número de oficiales y soldados se había alistado en la legión francesa, endureció las marchas y los castigos. Descalzos y hambrientos, los voluntarios no hubieran podido llegar a su destino de no ser por las limosnas de una parte del pueblo francés que se distinguió por su piadosa generosidad.

En cuanto a Cabrera, las continuas reclamaciones que sus amigos realistas de París dirigieron al gobierno francés por fin fueron escucha­das, y de Lila lo mandaron a Hyeces, en el sur de Provenza, cerca de la base naval de Tolón.

A su paso por París, la curiosidad general hizo que su alojamiento se colmara de gentes que deseaban verle. Muchos tenían de él una idea exagerada y le consideraban un monstruo, pensando que se trataba de alguna especie desconocida de fiera, hasta que, poco a poco, se fueron convenciendo de que estaban ante un hombre como los demás.

El interés de los parisienses por el general llegó al extremo de que, cuando iba al teatro, tenía que ponerse en pie para recibir los aplausos y satisfa­cer la curiosidad de quienes querían saludarle.

Por otra parte, una serie de personajes legitimistas, como el duque de Fitzjames, el marqués de Rochejaquelin o el vizconde de Walls, le sirvieron de guía y apoyo en la capital y hasta le llevaron a visitar Versalles, lo que no entusiasmó demasiado a Cabrera, que desdeñaba el boato cortesano, y para quien la aristocracia era más una cuestión de mérito y esfuerzo propios (como su mismo ejemplo) que de blasones heredados.

Una vez en Hyeres, pudo desenvolverse libremente, y a mediados del año siguiente se instaló en Lyon, donde vivió varios años y abrió un al­macén de vinos, chocolate y frutos de España, negocio con el que pen­saba atender las necesidades de su familia, aunque terminó fracasando.

Durante el tiempo que estuvo en Lyon, Cabrera, reducido al subsidio que le daba el gobierno francés y al socorro de sus hermanas, vivía pobre­mente.
Se levantaba temprano, como siempre había hecho, leía obras militares, almorzaba a las diez un café con leche y cenaba a las cinco de la tarde en una modesta fonda. Las tardes, cuando se recuperó de sus acha­ques, las dedicaba a pasear y recibir o devolver visitas, y al anochecer despachaba la correspondencia.

Esa ordenada existencia se alteró en mayo de 1845, cuando don Carlos abdicó en su hijo Carlos Luis de Borbón, que pasó a ser el rey Carlos VI y recibió el título de conde de Montemolín.

El momento parecía muy propicio para una reconciliación nacional, pues en España -derribado Espartero-- gobernaban los moderados, y circu­laba la idea, promovida por el filósofo Balmes y otros espíritus preclaros, de casar a la joven reina Isabel, que entonces tenía quince años, con el conde de Montemolín, lo que hubiera saldado para siempre la cuestión dinástica.

Para aumentar la confianza en esta opción, el heredero carlis­ta al trono no escatimó pruebas de su voluntad de derribar barreras ideo­lógicas.

Pero todo se fue al traste por satisfacer los deseos del gobierno francés de Luis Felipe de Orleans, que se oponía al matrimonio de Isabel con el pretendiente Leopoldo de Sajonia-Cobur­go, apoyado por Inglaterra, y que tampoco veía bien a Montemolín.

Isa­bel II terminó casada con su primo hermano Francisco de Asís, hijo del infante Francisco de Paula y de la infanta Luisa Carlota, que era afemi­nado y meaba en cuclillas por una malformación congénita de las vías uri­narias.

Él permitió toda clase de excesos a su consorte, lo que convirtióla corte en una mancebía. Isabel tuvo diez hijos, de los que sólo sobre­vivieron tres. Francisco de Asís no tuvo ningún reparo en aceptar la pa­ternidad de los hijos que paría la Reina, a cambio de recibir un millón de reales por cumplir con la farsa de presentar en la corte a cada uno de ellos según iban naciendo.

La guerra, una vez fracasada la unión dinástica por la obstinación de los liberales, no tardó en resurgir en Cataluña, espoleada por el descon­tento por la crisis económica y la subida de impuestos, y a Cabrera le llamó el conde de Montemolín para que se pusiera al frente dellevantamien­to en las mismas tierras donde tantos laureles había cosechado. Yo, na­turalmente, volví a seguirle.

Entramos en Cataluña por Osseia a princi­pios del verano de 1848, el mismo año en que cayó el rey Luis Felipe de Francia, pero el general ya no era el mismo, y la guerra tampoco. La in­surrección deis Matiners fue un espejismo.

La reaparición de Cabrera en el teatro de sus hazañas alarmó mucho al gobierno liberal, que recurrió al soborno y la corrupción por dineros, causando con esto muchos estragos en nuestras filas.

Hasta intentaron envenenar al general comprando a un cura, que murió fusilado y recibió su merecido. Además, los siete años de exilio habían transformado la mentalidad de Cabrera, que ya no era el absolutista y el incondicional defensor de la causa de su primera épo­ca.

Tibiamente recibió las primeras insinuaciones que se le hicieron para que se pusiese a la cabeza de la insurrección, y ese escrúpulo se manifestó también en sus proclamas. No hablaba de partidos sino de españoles, y pedía la reconciliación, la extinción de los odios, el respeto a toda recla­mación justa y ver en cada enemigo rendido a un hermano. Su lema ya no era: ¡Altar y Trono!, sino ¡Viva la independencia española!

-Nuestros pasos, Forcadell -dijo al poco de entrar de nuevo en España-, tienen que ser muy diferentes de los de otro tiempo. La época de los frailes, de la Inquisición y del despotismo se ha acabado.

Pero aunque Cabrera consiguió organizar un ejército de más de diez mil hombres, el descontento popular se fue calmando, y la insurrección quedó reducida al norte de Cataluña, pues nada se movió en el resto de España.

En cuanto al conde de Montemolín, aunque era un joven im­petuoso, educado en la escuela del infortunio, y con espíritu militar, ni siquiera pudo entrar en Cataluña, porque fue detenido en la frontera por los aduaneros franceses e internado bajo vigilancia.

Eso fue un día de abril de 1849, tres semanas antes de que Cabrera cruzara de nuevo, esta vez para no regresar, la frontera de Francia. Tuvo que reiniciar otra vez su peregrinación de exiliado: Perpiñán, Talón, Marsella...

Luego, se fue a Londres, y allí fue donde conoció a lady Marianne. En cuanto a mí, tam­bién volví a exiliarme, y ahora sólo quiero regresar a Ulldecona, mi pueblo, para morir allí como un simple particular, olvidado de todos.

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JAVIER AROCENA

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