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GUIPUZCOA-VIZCAYA-ALAVA
En las tres provincias la anexión política a la emergente potencia castellana va íntimamente unida al largo curso de delimitación territorial, reorganización económico-social y cristalización institucional, efectuados en un marco de conveniencia mutua para los reyes de Castilla y diferentes grupos sociales del País Vasco.

Historia vascos Pospoliñas
     
INDICE DE ESTA PÁGINA

Guipúzcoa
Alava
Vizcaya
Hechos irrefutables entre 1181 y 1501
Guetaria :Nacimiento de Guipúzcoa
La marina vasca de Castilla
Construcción Naval Vasca


GUIPUZCOA
historia vascos escudo Guipuzcoaimagen
A través de la primera mención documental auténtica de Guipúzcoa sabemos que esta tierra pertenecía al reino de Pamplona: se trata de la confirmación que el rey Sancho III el Mayor y García Acenáriz, señor de IPUSCUA, hicieron del testamento que éste y doña Galga, su esposa, habían otorgado en el año 1025 a favor del monasterio de San Juan de la Peña.

Esta integración, resultante de la actividad política de Sancho III, duró hasta 1076, año de la muerte de Sancho IV el de Peñalén(rey de Pamplona).
Durante ese período los reyes pamploneses tuvieron cuidado de reforzar la relación de las tierras guipuzcoanas con las navarras, pero aparecen indicios de que las vinculaciones políticas de Guipúzcoa irán a modificarse: a través de ciertas donaciones de bienes parece existir un cambio de orientación en la relación política del área occidental guipuzcoana hacia el oeste, hacia Vizcaya -o sea, hacia Castilla, regida por Alfonso VI- con lo que serán los Señores de Vizcaya quienes gobiernen Guipúzcoa en nombre de los reyes castellanos.

Si en 1078 Orbita Aznárez, navarro y primer eslabón conocido del futuro linaje alavés de Guevara, era Señor de Guipúzcoa, en 1082 el conde de Vizcaya, Lope Iñiguez, reunía ya en su persona las tenencias de Alava y Guipúzcoa.

Así continuó hasta 1134, cuando fallecido Alfonso I el Batallador se separaron los reinos de Pamplona y Aragón.
El restaurador del reino de Pamplona, García Ramírez, retomó la soberanía sobre Alava, Guipúzcoa y Vizcaya a través de su tenente, Ladrón Iñiguez de Guevara.
Esta soberanía la mantuvo Sancho VI el Sabio, que tuvo por tenente en Guipúzcoa al hijo del de Guevara, Vela Ladrón.

Pero puede resultar síntoma de inseguridad de la presencia navarra en este territorio el que Sancho el Sabio se intitulara “rey en Guipúzcoa” sólo en dos ocasiones ( frente a la frecuencia con que lo hiciera García Ramírez).
De hecho, cuando en 1200 Alfonso VIII de Castilla incorporó Alava y Guipúzcoa de forma definitiva a su Reino, Navarra no pudo oponerse no sólo a la potencia militar de su adversario sino tampoco a la decisión de las pueblas guipuzcoanas de tomar partido por el rey castellano.

Este hecho contrasta con lo acaecido en Alava en aquel mismo momento: mientras que en Alava Alfonso VIII se apoyó en la nobleza para frenar a la monarquía navarra (utilizando su descontento frente al creciente poderío de las villas realengas de creación navarra), en Guipúzcoa procedió justamente al contrario, y debió ser la promesa castellana de nuevas fundaciones que frenarían el empuje de la nobleza feudal lo que animó a la población a dar su apoyo al Rey de Castilla.

Pensemos que hasta 1200 los navarros –Sancho el Sabio de Navarra- sólo habían fundado San Sebastián por razones de estrategia política y económica, buscando una salida al mar. En los años siguientes, con la definitiva vinculación de Guipúzcoa a la Corona de Castilla, la tendencia fundacional se animó considerablemente.

El fenómeno anterior se relaciona estrechamente con la reorganización territorial protagonizada por los distintos monarcas.
La fundación de un total de veinticuatro núcleos supuso un proceso de reestructuración del territorio acorde a unas directrices políticas y económicas marcadas por los diversos reyes castellanos.

Veamos. Desde el punto de vista espacial y social, Guipúzcoa se organizaba con anterioridad -en el momento de la creación de San Sebastián- en valles, circunscripciones que constituían agrupaciones de aldeas y tierras, en las que se asentaba de manera bastante dispersa una población vinculada por lazos de parentesco más o menos fuertes.
Pues bien, la fundación de villas modificó estas coordenadas espaciales y, por tanto, económico-sociales en las que habían vivido sus habitantes. En la mayor parte de los casos no se trató de la creación ex-nihilo de nuevos núcleos de población, sino de su elevación a la categoría de villa.

La etapa comprendida entre los años 1203 y 1237 vio la aparición de cuatro localidades costeras: Fuenterrabía, Guetaria, Motrico y Zarauz, que fueron constituídas como villas por los reyes castellanos Alfonso VIII y Fernando III.

El interés por los puertos es indudable, pero no lo es menos la intención de Alfonso VIII en delimitar su recién ocupado territorio en sus dos extremos, oriental y occidental. Con ello, además, se contribuía desde la villa a disolver las relaciones socio-económicas dominantes en Guipúzcoa, entre las que no podía encontrarse cómoda una sociedad más orientada al comercio y necesitada de vínculos sociales más flexibles: las relaciones de carácter feudal basadas en el parentesco, en la red de dependencias que conllevan los linajes de familias dominantes en los valles, se diluyen en la villa, integrada por solares familiares individuales y que aglutina población que no pasará ya a acrecentar la parentela de los poderosos.

De 1256 a 1383, los sucesivos reyes castellanos Alfonso X, Fernando IV, Alfonso XI, Enrique II y Juan I fundaron veinte villas.
Su intención era, por un lado, económica, en cuanto se promovían rutas de vital importancia, como la que desde Salvatierra llegaba a San Sebastián a lo largo del valle del Oria (la actual Nacional I) o se potenciaban puertos mercantiles (Orio).

Además, aseguraban al rey un sólido apoyo para contrarrestar la fuerte implantación social de la nobleza de la tierra.
Buena parte de estas nuevas villas, las localizadas en la cuenca del Deba, se encuentran en frontera con el Señorío de Vizcaya, lo que nos da una idea del interés regio en delimitar claramente la separación entre las tierras realengas y las del Señorío. También existían motivaciones defensivas, como en Rentería, cuyas gentes huían de los abusos de los señores que habitaban el valle de Oyarzun.

De esta forma, la creación de las villas guipuzcoanas no respondió a una única causa sino a un complejo entramado de razones económicas, políticas y sociales que varían según el momento histórico, circunstancia que resulta aplicable a las otras provincias.

El resultado, a fines del siglo XIV, es la existencia de una red urbana que alteró de forma profunda las estructuras del territorio. Se establecen nuevos polos de atracción, potenciándose el litoral mientras en el interior se crean renovados ejes de expansión. Este fenómeno otorga, asimismo, un impulso definitivo a la red de caminos.

Las villas se convierten en jalones de las rutas de la región y éstas dotan a las zonas urbanas de una nueva dinámica económica y social.

Por otro lado, formar parte del cuerpo social de una villa implica poseer un derecho de vecindad que conlleva exigencias, pues todos los vecinos están sujetos al pago de impuestos municipales para el mantenimiento de la villa.

Junto a las obligaciones, existen una serie de derechos: la posibilidad de disfrutar de las tierras comunales; el vecino es juzgado por el alcalde y las autoridades reales según el fuero que recibe la villa, lo que, en principio, le libra de arbitrariedades; se beneficia de las exenciones fiscales y penales que la carta foral señala; puede ser fiador y testigo en los juicios, siendo su testimonio superior al de la persona forana.

A lo expuesto, se añade la protección física que otorga el vivir en una sociedad que delimita su suelo edificado con una muralla y se dota de instituciones de gobierno. Por todo ello, la condición de VECINO será enormemente apetecida por quienes no la posean.

Todos estos aspectos no pasaron desapercibidos a los monarcas castellanos, que vieron en las villas una eficaz herramienta de fortalecer su posición y dominio político territorial.

La reacción de los señores de la tierra no se hará esperar.

Desde el siglo XIV unos recurrirán al enfrentamiento abierto, yendo de forma violenta contra el mundo urbano; otros tratarán de introducirse en las villas, adaptando sus economías y formas de vida a la nueva situación, acaparando poco a poco las propias instituciones villanas.

A lo largo de los siglos XIV y XV, las Hermandades existentes en las tres provincias vascas, agrupaciones de villas que servían de autodefensa en los turbulentos días de las crisis bajomedievales frente a las agresiones de la nobleza feudal, así como la progresiva constitución de sus JUNTAS GENERALES, COMPETENTES EN LA TOMA DE DECISIONES CRUCIALES COMO LA FISCALIDAD Y RESPONSABLES DE LA CREACIÓN DE UN DERECHO TERRITORIAL, FUERON EL SOPORTE DE LA SOBERANÍA CASTELLANA (ESPAÑOLA) EN AQUELLA TIERRA.

Concluyamos. En las tres provincias la anexión política a la emergente potencia castellana va íntimamente unida al largo curso de delimitación territorial, reorganización económico-social y cristalización institucional, efectuados en un marco de conveniencia mutua para los reyes de Castilla y diferentes grupos sociales del País Vasco.

Esta confluencia de intereses fue la clave para que aquel acontecimiento resultase perdurable en el tiempo, pues debemos insistir en que tan importante como la incorporación puntual en sí resulta para su permanencia la labor reestructuradora de los territorios y si en ella se observa una directriz regia, está fuera de toda duda que la mayor parte del entramado social vasco, aquella que pretendía escapar al control feudal de los señores de linajes de la tierra,apoyó decididamente este proceso de estrechamiento de lazos con la monarquía castellana.
Simplemente para protegerse frente a los abusos de la Nobleza Baja agrícola, pendenciera y patrimonialista.
Guipuzcoanos, Alaveses y Vizcaínos buscaron y hallaron protección de Castilla frente a sus PREBOSTES rurales.


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ALAVA
historia vascos Alava

Durante los siglos VIII y IX las tierras alavesas, junto a las del norte de Burgos, constituyeron la frontera oriental del reino asturiano frente a los ataques musulmanes del valle del Ebro.

La primera mención del topónimo Alava data de fines del siglo IX (Crónica de Alfonso III de Castilla), refieriéndose a las tierras de la Llanada, al norte y este de Vitoria. A esta Alava nuclear se sumará otra periférica, integrada por la tierra de Ayala, Treviño, la Rioja Alavesa y la zona al este del río Bayas.

En el siglo X son ya evidentes las influencias de Castilla y Navarra. Así lo revelan los nombres de dos condes que gobiernan sobre territorio alavés: Alvaro Herremálliz ( relacionado con la corte del rey de Pamplona); Jimeno Garcés y Fernán González (con el de Castilla).

A partir de 1024 los documentos presentan a Sancho III el Mayor de Pamplona reinando también en Alava a través de su tenente, el conde Munio González (en el ámbito de los vínculos feudales, la tenencia era el régimen de posesión por un Señor de una determinada tierra por DELEGACIÓN real, lo que implicaba su control militar, administración civil y disfrute compartido de sus rentas aquel Rey o autoridad, a quien sustituirá Fortún Iñiguez, también vinculado a Navarra.

Otra buena prueba de esta orientación del territorio alavés hacia la monarquía pamplonesa la constituye la donación efectuada hacia 1060 por nobles de Alava al monasterio de San Juan de la Peña, situado en la región de Jaca, muy unida a los reyes de Pamplona.

Con el conde Alvaro Díaz concluye la soberanía navarra en Alava, pues en 1076 acaeció el asesinato de Sancho IV el de Peñalén, crisis aprovechada por Alfonso VI de Castilla para incorporar temporalmente a su reino La Rioja, parte de Guipúzcoa, Vizcaya y Alava.

La restauración del reino pamplonés con García Ramírez en 1134 tuvo como consecuencia que este monarca se intitulase rey de Pamplona, Alava, Vizcaya y Guipúzcoa, correspondiendo la tenencia de estos tres últimos territorios a Ladrón I, forjador del linaje alavés de Guevara, quien se consideró siempre navarro y, de hecho, fue conocido como Ladrón de Navarra, aunque su vida política se desarrollase en la corte castellana, aunque finalmente retornara a la obediencia del Rey navarro.

En 1179 Alfonso VIII de Castilla y Sancho VI el Sabio de Navarra firmaron un tratado que fijaba la frontera entre sus reinosa lo largo de una línea que, en el occidente de Guipúzcoa, desde el Cantábrico remontaba el curso del río Deba y continuaba, ya en Alava, siguiendo los ríos Bayas y Zadorra.

Consecuencia del mismo fue que toda Alava quedase bajo la soberanía navarra. Asimismo, el gobierno condal de la familia Guevara en esta provincia se disgregó en una serie de tenencias cuyos titulares eran renovados frecuentemente por el monarca navarro, siguiendo la costumbre de organización administrativa feudal que imperaba en el reino pirenaico.

Esta reestructuración política del espacio alavés se vio acompañada por un proceso de fundación de villas por Sancho VI el Sabio: Laguardia (1164), Vitoria (1181), Antoñana (1182) y La Puebla de Arganzón (1191); la última fundación navarra en Alava fue Labraza, realizada en 1196 por Sancho VII el Fuerte.

La situación de fortalecimiento navarro en el territorio cambió de manera radical con la conquista efectuada por Alfonso VIII de Castilla entre 1199 y 1200, quien previamente había negociado con los nobles alaveses, descontentos con la política de los reyes navarros de fortalecimiento del realengo y fundación de villas.

A excepción del territorio dominado por la Cofradía de Arriaga, de la que hablaremos poco más abajo, toda Alava quedaba en manos de Castilla.

La adhesión a esta última monarquía será ya definitiva, salvo el breve paréntesis abierto con motivo de la guerra civil castellana del siglo XIV entre Pedro I y Enrique de Trastámara, durante la que Carlos II de Navarra retuvo durante escasos 5 años algunas villas alavesas.

La fundación de villas en Alava durante los siglos XII y XIII fue protagonizada, pues, por los reyes de Navarra y Castilla según las alternancias en la titularidad de la soberanía política, y terminó en 1338 con la fundación por Alfonso XI de Castilla de Monreal de Zuya.

Cuando un monarca medieval promulgaba una carta de poblamiento, ello conllevaba el otorgamiento de un FUERO. Estos instrumentos legales que regulaban las relaciones entre el Rey y sus vasallos aparecen como el reconocimiento por parte de la autoridad de una serie de exenciones y privilegios a favor de una comunidad asentada o por asentar en un determinado núcleo, respondiendo a un interés común por parte del poder real y de la comunidad beneficiada, quedando reestructurado el tejido social al fundarse nuevos núcleos de población con atrayentes condiciones de vida.

Si consideramos que en Alava, también en Guipúzcoa, fueron los reyes quienes llevaron a efecto de manera exclusiva la política de fundaciones, es lógico deducir que ésta se constituyó en una herramienta de primer orden para fortalecer la posición real en aquellos lugares, en detrimento de la nobleza feudal de la tierra.

Este afianzamiento del realengo tiene una clara finalidad política pero también económica, pues la concesión de un fuero conlleva el incremento de las rentas reales derivado, entre otras circunstancias, de la diversificación de las actividades, el desarrollo de los intercambios y las rutas comerciales.

Se ha citado a la Cofradía de Arriaga, así llamada por el lugar donde realizaban sus juntas, y de ella debemos ocuparnos ahora, pues también hemos advertido que con la conquista de Vitoria en 1200 no toda Alava quedó en manos del monarca castellano.

La primera mención documental data de 1258 y en ella la Cofradía presenta ya unos perfiles bien definidos, por lo que lógico es pensar que su formación fuera bastante anterior.

Ya en la segunda mitad del XI ciertas informaciones nos ayudan a entrever la existencia de senñores o barones con capacidad para ejercer determinadas acciones jurídicas que, mediado el siglo XII, elegían a un señor. Este, en un territorio organizado en merindades o circunscripciones, administraba justicia, de manera personal o a través de merinos o alcaldes nombrados por él, era responsable de la defensa manteniendo las tenencias de los castillos y en reconocimiento de este señorío recibía de los labradores el impuesto llamado pecho forero.

Era en definitiva una organización de base feudal, formada por nobles de muy distinto rango (a ella pertenecerán pequeños hidalgos, pero también algunos de los más ilustres apellidos de la nobleza alavesa, como los Rojas, Mendoza, Hurtado de Mendoza, Ayala o Guevara) y campesinos dependientes, que dominaba un territorio netamente diferenciado del realengo, controlado por el monarca.

Pues bien, la Cofradía de Arriaga concluyó con su autodisolución en 1332, fecha en la que se produjo el llamado Pacto de Arriaga o Entrega voluntaria de las tierras de la Cofradía a Alfonso XI de Castilla y León.

La interpretación de este acontecimiento pasa por la valoración conjunta de varios factores, entre los que resaltaremos dos: primero, el enfrentamiento entre los miembros de la Cofradía y algunas villas realengas fundadas dentro de su territorio, como Vitoria y Salvatierra, que disputaban a aquélla la jurisdicción sobre los núcleos de población de su alfoz o término jurisdiccional (conflicto en el que necesariamente la fortaleza monárquica castellana habría de terminar imponiéndose).

Y segundo, las dificultades que desde la segunda mitad del XIII atravesaba la nobleza alavesa, en el contexto general de las transformaciones del sistema feudal o crisis bajomedieval, en forma de caída de sus rentas.

En contrapartida a su autodisolución los hidalgos alaveses obtuvieron de Alfonso XI el reconocimiento de su estatuto jurídico privilegiado, lograron fijar a los campesinos a la tierra para impedir su huida a lugares privilegiados como las villas realengas y se aseguraron el control de importantes fuentes de ingresos como el aprovechamiento de los montes.

En definitiva, no sólo garantizaron su subsistencia sino que algunos de sus más insignes miembros vieron enormemente favorecida su posición y ascendencia sobre la sociedad alavesa.

En otro orden de cosas, la historia eclesiástica, no sólo de Alava sino también de Vizcaya, apunta de igual forma a la vinculación con Castilla:

a) Desde finales del siglo XI, Alava pertenecía enteramente a la ya castellana diócesis de Calahorra.

b) Vizcaya quedaba subdividida en dos sectores de influencia: Las Encartaciones, al oeste del río Nervión, incluidas en la diócesis de Burgos; y el resto, en la de Calahorra.

c) Guipúzcoa es en este aspecto ciertamente más complejo: mientras que su borde occidental, limítrofe con Vizcaya, pertenecía a Calahorra, los demás territorios estaban adscritos a la sede episcopal de Pamplona, salvo las tierras delimitadas por los ríos Bidasoa y Oyarzun que dependían de la diócesis francesa de Bayona.

Esta situación se mantuvo durante toda la Edad Media ; el mismo Fernando el Católico, a petición de los naturales del país, intentó sin éxito conseguir un vicario general que independizara la provincia de Guipúzcoa de las diócesis de Bayona y Pamplona.

No fue hasta 1566 cuando Pío V concedió la desmembración del obispado de Bayona y la incorporación al de Pamplona de estos territorios, mas ya la pertenencia de Guipúzcoa a uno u otro obispado carecía de la trascendencia política anterior, pues hacía tiempo que la propia Navarra había sido conquistada por Castilla.


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VIZCAYA

historia vascos Vizcaya

El texto más antiguo conocido que menciona el nombre de Vizcaya lo encontramos, como en el caso alavés, en la Crónica de Alfonso III.

Más tarde, a fines del siglo X, aparece en el Códice de Roda el nombre de Munio, conde vizcaíno casado con una hija de Sancho Garcés I, rey de Pamplona, y a partir del XI comienzan a ser más frecuentes los datos documentales sobre este territorio, observándose su vinculación a la monarquía pamplonesa, primero, y castellana después.

El conde Lope Iñiguez apoyó con decisión el partido de Alfonso VI cuando, asesinado en 1076 el rey de Pamplona, (Sancho IV el de Peñalén), Vizcaya, Alava, parte de Guipúzcoa y La Rioja se inclinaron por el monarca castellano.

Su hijo, Diego López de Haro I, sostuvo a la hija y sucesora de Alfonso VI de Castlla y León, doña Urraca, al enfrentarse a su marido (Alfonso I de Aragón y Pamplona), así como a su hijo Alfonso VII.

Sin duda como pago a sus servicios, en junio de 1110 doña Urraca concedió a perpetuidad a Diego López que no pudiese entrar sayón (oficial subalterno con funciones policiales) del Rey en sus tierras, incluidos los casos reservados a la justicia real, como los de homicidio, lo que implicaba la total jurisdicción sobre aquella tierra.

Luego, en esa misma línea de actuación, Alfonso VIII de Castilla y león le entregó el Señorío sobre toda la tierra de Vizcaya y el Duranguesado, a los que Fernando III, más tarde, unió los enclaves de Orduña y Valmaseda.

Ello posibilitó que, desde el siglo XII y a lo largo del XIII, los diferentes titulares del Señorío de Vizcaya actuaran en las tierras de su jurisdicción, y según la lógica imperante en el sistema feudal, con notable autonomía respecto a la corona castellana AUNQUE SIEMPRE VINCULADOS POLÍTICAMENTE a aquélla.
Un ejemplo: fue el Señor de Vizcaya, Diego López de Haro II, quien dirigió las tropas de Alfonso VIII en la conquista de Vitoria en 1200.

Los acontecimientos del siglo XIV resultaron cruciales para la incorporación del Señorío de Vizcaya al realengo castellano y para la formación en la mentalidad vizcaína de que las relaciones con la monarquía debían basarse en el pacto, es decir, habían de constituirse con un carácter contractual.

Hacia 1300 el Señorío estaba en manos de Diego López de Haro V, apodado el Intruso, hermano de Lope Díaz de Haro III, quien fuera asesinado en Alfaro. El dominio de don Diego el Intruso lo discutía su sobrina doña María Díaz de Haro, hija del asesinado.

Como detalla la Crónica de Fernando IV, tras un largo pleito que interesó a gran parte de la nobleza de la Corona de Castilla se llegó a un acuerdo: Diego López V retendría el Señorío hasta su muerte, tras la cual recaería en su sobrina María Díaz, casada con el infante Juan de Castilla, hijo de Alfonso X, siguiendo la tradición de emparentamiento entre la Casa de Vizcaya y la Casa Real castellana.

El gobierno de María Díaz se prolongó hasta 1334, año en que pasó a ocuparlo su nieta, María Díaz de Haro II, que había contraído matrimonio con Juan Núñez, Señor (consorte, pues) de Vizcaya. Aquel mismo año el rey Alfonso XI de Castilla, cuyo objetivo fue siempre el de controlar a la nobleza, entró en el Señorío para castigar las rebeldías de Juan Núñez, apropiándose del título de Señor de Vizcaya con el beneplácito de los hidalgos vizcaínos.

La anterior intervención militar real pudo contribuir a fortalecer en Vizcaya el sentimiento de que la autoridad del Señor de Vizcaya (auténtico Virrey hasta que, algo más adelante, Juan I reasume en su persona toda la autoridad ) se basaría en adelante en el pacto de vasallaje de los hidalgos vizcaínos respecto a él, idea que por otra parte reflejaba las corrientes de teoría política imperantes en Europa durante este período.

Restablecido el principo de autoridad real, el título de Señor retornó de nuevo a María Díaz II y a su marido en 1338 y hasta su muerte.

Tras algunas otras vicisitudes dinásticas y matrimoniales que implicaron, de modo sucesivo, al hijo bastardo de Alfonso XI y a la mujer de Enrique II de Trastámara, el cual entregó el Señorío de Vizcaya a su hijo el infante don Juan, heredero del reino: cuando en 1379 éste se convirtió en el monarca Juan I de Castilla, el título de Señor de Vizcaya quedó definitivamente vinculado a los otros que ostentaban los reyes castellanos.

Fueron los Señores de Vizcaya quienes llevaron a cabo la organización social “de arriba abajo” del espacio vizcaíno durante los siglos XII y XIV.

En 1199 Valmaseda recibió el fuero de Logroño, iniciándose la larga de serie de concesiones forales que finaliza en 1376, cuando el infante don Juan de Castilla, Señor de Vizcaya y futuro Juan I, fundaba las tres últimas villas del Señorío: Munguía, Larrabezúa y Rigoitia. En el intervalo otras diecisiete localidades, incluyendo la propia Bilbao en 1300, obtuvieron carta-puebla con su correspondiente fuero.

Hasta mediados del siglo XIV el poblamiento se desarrolla en las villas costeras y en las situadas en los accesos de la meseta al mar, sin que en la fundación de ninguna de ellas mediara una petición expresa por parte de los habitantes del Señorío, frecuente en las fundaciones de villas posteriores a esa fecha.

Este poblamiento se lleva a cabo con los habitantes de la puebla, si ésta es previa a la condición de villa, o con los residentes dentro de los términos especificados en la carta de poblamiento; también con los labradores o cualesquier otras personas que, atraídas por unas condiciones favorables, acudieran a vivir a ella y quedarán por ello avecindadas.

Todos ellos son vasallos del Señor, término que aparece en 1304 con ocasión de la confirmación de los fueros a Ochandiano y reiterado a partir de la carta-puebla de Marquina de 1355.
Los vecinos obtienen unos estímulos legales para la colonización del término municipal, posibilidades de enriquecimiento a través del trabajo de roturación y explotación del mismo; quedan además sus personas y bienes bajo la expresa protección del fuero, frente a las fuerzas de cualquier autoridad o persona; asimismo, la vecindad viene a atenuar la dependencia personal de corte feudal, mediante la liberación de usos y cargas señoriales; por último, la ampliación del ejercicio de comprar o vender y el vigor con que se regula la actividad mercantil manifiesto en los ordenamientos locales vizcaínos, son indicios suficientes para comprender que se pretende un desarrollo comercial que será básico en la vida económica del Señorío.

De estos privilegios vecinales quedan excluidos los hidalgos, caballeros y escuderos que no estuvieran dispuestos a renunciar a los privilegios propios de su condición si acudían a morar a la villa. Existe, en conclusión, un claro deseo señorial de equiparación de los estatutos sociales.

Los habitantes de lugares no aforados, la Tierra Llana, aspirarán a mediados del siglo XIV, como aparece en el capitulado de las Juntas de Guernica de 1342, a no verse privados de determinadas actividades económicas industriales o comerciales crecientemente monopolizados por las villas, así como a beneficiarse de la protección que éstas podían brindar en un período de fuertes conflictos sociales.

En la segunda mitad del siglo XIV resulta habitual que en la concesión de una carta foral exista petición previa por parte de los habitantes del Señorío, pero no es ésta la única novedad.
Los núcleos previos a las nuevas villas son prácticamente inexistentes; sus beneficiarios son mayormente hidalgos y labradores, cuyo objetivo fundamental es el de agruparse y defenderse de las violencias desatadas en estos tiempos de crisis y el de participar en el disfrute de los beneficios mercantiles. Ello, sin duda, redunda a su vez en una mayor defensa de los propios intereses del Señor.

Es también elemento de primera importancia para nuestro propósito comprender la relación existente entre el Señor y el Señorío, basada desde el siglo XIV en el pactismo.

Este vínculo contractual, que como se ha afirmado bien pudo surgir con la intervención militar de Alfonso XI, alcanzó su máxima expresión durante el gobierno de don Tello, entre 1352 y 1370, período en el que son más frecuentes los signos de carácter vasallático. La crónica de Enrique III ilustra esta realidad al contar la visita realizada por el monarca en 1393, poniendo de manifiesto los intentos de las villas e hidalgos por subrayar los aspectos contractuales de la relación.


Todo lo anterior se traduce en la mutua jura de homenaje y guarda de fueros: los vizcaínos “toman señor”, entendiendo como tal la prestación del juramento de vasallaje a aquél que por línea sucesoria le corresponde, gesto al que los Señores otorgan un carácter simbólico consiguiente a la sucesión automática al frente del Señorío.

La fiscalidad, es decir, el derecho señorial a percibir ciertas rentas, la dispensación de la justicia mediante sus oficiales designados y la confirmación de todos los privilegios de las villas existentes, constituyen los derechos y obligaciones más importantes contraídos y están en la base de una vinculación recíprocamente aceptada.

Resta afirmar que el pactismo no fue exclusivo del Señorío de Vizcaya; por ejemplo, cuando en enero de 1475 las Juntas de Guipúzcoa juraron fidelidad a los nuevos reyes, Isabel y Fernando, lo hicieron a cambio de la confirmación de todos los privilegios del territorio. En otros lugares del Reino aconteció lo mismo.


HECHOS IRREFUTABLES entre 1.181 y 1.501


En los años 1181 y 1182, gobernaba Alava, Guipúzcoa y Vitoria, Diego Lopez de Haro II, bajo el reinado de Alfonso El Sabio, enfrentándose con este y posteriormente con los de Aragon y Navarra.
Tras reconciliarse con Alfonso, participó en el triunfo de las Navas de Tolosa formando la vanguardia del ejercito cristiano contra los moros.
A la muerte de Diego Lopez de Haro II, los Señoríos de Alava, Guipuzcoa y Vitoria pasaron a Lope Diaz de Haro (cabeza brava), noveno Señor de Vizcaya. A Lope Diaz de Haro(cabeza brava) le sucedió su hijo Diego Lopez de Haro, décimo Señor de Vizcaya, Alava y Guipúzcoa, que se enfrentó con el monarca castellano (Alfonso El Sabio) y pasó al servicio del de Aragon.
A éste le sucedió Lope Diaz de Haro, que continuó al servicio del rey de Aragon. A este Diego Lopez de Haro, y a este su tío, del mismo nombre, con el consentimiento de Doña Maria Diaz de Haro, que le heredó tras su muerte.

A este decimoquinto Señor de Vizcaya se debe la fundación de Bilbao, previa aprobación real en 1300. Su sucesora Doña Maria (La Buena, muy querida de los vizcaínos) se retiró en 1327 al convento de Perales y la heredó en vida su hijo Juan (El Tuerto) asesinado en Toro por orden de Alfonso XI.

Le heredó su hija Doña Maria, casada con Juan Núñez de Lara, que gobernó en nombre de su mujer, enfrentándose al rey Don Alfonso y obteniendo después su perdón, llegó a adquirir tal autoridad que en peligro de vida del rey Don Pedro, que acababa de heredar el reino se pensó en Don Juan para sucederle en el Reino de Castilla.

Cuando murió en 1352 su hijo Nuño de Lara tenía dos años, por lo que le heredó su hermana mayor Doña Juana de Lara que se casó con Don Tello, hermano del rey Don Pedro. Muerto Don Tello el señorío pasó a la Corona de Castilla por recaer en Doña Juana Manuel, mujer del rey Don Enrique, la sucesión de las casas de Haro, Lara y Villena, y aunque esta señora renunció a favor de su primogénito, el infante Don Juan , se incorporó definitivamente a la monarquía cuando éste ascendió al trono de Castilla, gestionando el señorío de Vizcaya Doña Maria Diaz de Lara, tercera hermana de Juan Núñez, casada en Francia con el conde de Etampes.

Entonces se estableció en Vizcaya el Corregimiento, que ha llegado hasta el S. XIX, siendo el primer corregidor Juan Alfonso de Castro. A partir de estas fechas dieron comienzo cruentas luchas de linajes crímenes y horrores entre bandos encabezados por Berroetas, Zugastis, Leguizamones, Urquizus, Suzunagas, y cuantos tenían poder alguno o gentes que les siguieran.

Mucho se trabajó para restablecer el orden para cuyo fin los alcaldes de la Hermandad propusieron al corregidor Juan García, que no consiguió poner orden y a quien sucedió Lopez de Burgos en 1465 y continuaron los combates sangrientos.
Tuvo que ir Fernando el Católico posteriormente para restablecer la paz definitivamente otorgando a Bilbao las mismas ordenanzas otorgadas poco antes a Vitoria y en 1483 acudió la reina catolica a jurar los fueros bajo el arbol de Guernica.

En 1501 los Reyes católicos otorgaron la carta real a las encartaciones de Vizcaya, y extendiéndose esta misma ley al reino de Galicia, principado de Asturias y villas y tierras de Alava y Guipúzcoa.

Los habitantes de Bayona y Biarritz sujetos al monarca inglés enviaron en 1351 a Juan Lopez de Salcedo, Diego Sánchez de Lupard y Martín Perez de Garitano, representantes de las marinas de Santander, Vizcaya y Guipúzcoa para formar el 1º de agosto un tratado de treguas.
Los fueros vizcaínos se escribieron por primera vez en 1342 con las Odenanzas de la hermandad aprobadas en Guernica con objeto de vigorizar los resortes de la autoridad frente a los desafueros de los banderizos, ya que seguían produciéndose los saqueos de las bandas de vascos.


historia vascos Guetaria
 
GUETARIA : Nacimiento de Guipúzcoa


Anexionada Guipuzcoa al reino de Castilla, Alfonso VIII otorgó "Cartas Pueblas" para fundar la villa de Guetaria hacia 1204.

La vocación marinera le viene a Guetaria de la Edad Media, siendo la caza de las ballenas la actividad dominante durante los siglos XIV y XV.

El 5 de enero de 1597 la villa se vió sumida en un incendio casi total en el que ardieron 150 casas.
Pero fue en 1628 cuando en su bahía se libró una batalla naval entre Francia y España, en la que la escuadra española quedó desecha y la villa también.

Toda la Edad Media, según consta en los escritos sobre Guetaria, y hasta la época actual, ha sufrido su historia las vicisitudes que conlleva el mejor puerto refugio en la zona fronteriza con Francia.

En 1379: primer ordenamiento jurídico, expresado por escrito, redactado por la Junta de la Hermandad de los Concejos reunida en Getaria (Guetaria). Hasta entonces la norma por la que se regían las villas de Guipúzcoa era de transmisión oral y consuetudinaria (los usos y costumbres).

Fue el lugar en donde se reunieron, por primera vez, las JUNTAS GENERALES DE GUIPUZCOA para defenderse de los atropellos de los jaunchos rurales.

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La MARINA VASCA DE CASTILLA

Y de la tierra al mar, pues de las tierras bañadas por el Mar Cantábrico salieron los marinos que darían a Castilla el PODERÍO NAVAL que marcaría la historia de Europa durante siglos.

El nacimiento de la Marina de Castilla puede fijarse en tierras gallegas hacia el 1.100 cuando el obispo de Santiago, Diego GELMIREZ, se propuso crear una fuerza naval que protegiese las costas castellanas de los ataques que desde Norte y Sur lanzaban vikingos y moros.

La preponderancia de la guerra por tierra había apartado durante siglos la vista de los castellanos del mar, por lo que Gelmirez optó por contar con la experta colaboración de un tal Ogerio, reputado maestro genovés, para iniciar la construcción de naves de guerra.

Tras algunas décadas de enfrentamientos menores, la primera acción importante de la Marina castellana fue la conquista de Sevilla, transcendental hito de la Reconquista.

También participaron en el hecho marinos y naves de gallegos, asturianos, montañeses, vizcaínos y guipuzcoanos.


De Irún se dice que era Uranzu, capitán de una de las naves de la flota de Bonifaz, marino vasco que pasó a la Historia con nombres y apellidos.

Alfonso X dividió el almirantazgo en dos: uno para las andaluzas y otro para las cantábricas, con sede en Burgos y en Castro Urdiales.
De este mismo reinado se tiene constancia de otros privilegios para varias villas asturianas, montañesas y guipuzcoanas (Pasajes, Zarauz, San Vicente de la Barquera, Guetaria,) debido a los servicios prestados por sus marinos. Pero los fueros y privilegios de las villas marineras ya venían de atrás.
Don García, rey de Navarra, concedió fueros y privilegios a Santa María del Puerto Santoña); Sancho el Sabio concedió el fuero de San Sebastián; Alfonso VIII los de Castro, Santander, Guetaria, Laredo, Motrico, Fuenterrabía; Fernando III el Santo los de Zarauz, Tuy, Cadiz y Sevilla, etc.

El comercio exterior del reino castellano, realizado sobre todos los países de la Europa atlántica, se canalizó a través de sus puertos cantábricos, fundamentalmente los de su mitad oriental, de San Vicente la Barquera a Irún.
Estos puertos de Guipúzcoa, Vizcaya y La Montaña desempeñaron un papel esencial en la construcción de barcos de la Marina castellana y luego española de los siglos XIII al XVIII.
En astilleros montañeses se destacaron Santander, Guarnizo y Urdiales, y entre los VASCOS, Orio, Portugalete, Pasajes y Zarauz
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Tras la conquista de Sevilla los enfrentamientos navales continuaron en las aguas del Sur de la península hasta conseguir la derrota final de los musulmanes.
Por ejemplo, en 1292 barcos y marinos de los puertos cantábricos participaron en la conquista de Tarifa, y en 1339 en el bloqueo del Estrecho para evitar un nuevo desembarco musulmán que se estaba preparando en Marruecos.

En 1351 la ciudad de San Sebastián recibió varias mercedes por la distinguida participación de sus marinos en el socorro de Algeciras.
En 1407 las naves vascas y montañesas vencieron a la armada marroquí en la batalla del Estrecho.
En 1412 las naves de Vizcaya, Cuatro Villas y Galicia formaron la expedición contra Ceuta. A partir de 1483 la flota cantábrica pasó al Mediterráneo para cortar la comunicación del reino nazarí de Granada con sus aliados africanos.
En 1487 se sitió Málaga por tierra y mar. Las escuadras castellana y aragonesa estuvieron dirigidas por los almirantes Fadrique Enríquez y Galcerán de Requesens, secundados por los capitanes Antonio Bernal, Melchor Maldonado, Alvaro de Mendoza, Martín Ruiz de Mena y Garci López de Arriarán.

Pero no sólo contra los musulmanes lucharon los marinos cantábricos, sino que hubieron de participar en combates contra otros enemigos. Por ejemplo, contra navarros y aragoneses en 1430:

"El dicho Señor Rey mandó armar, e se armaron en Sevilla e en la costa de Vizcaya con Santander veinte galeras e treinta naos mayores (...) contra los reyes de Aragón e de Navarra. E después que la dicha flota fue armada, entró en ella el dicho Almirante en Sevilla, e fue con ella e fiso guerra a las islas de Ibiza e Mallorcas e Menorcas
e non falló otra flota contraria que con la suya pudiese haber batalla."

En 1475, con motivo de la guerra sucesoria entre Isabel y Juana la Beltraneja, las naves castellanas y aragonesas entablaron combate en el Estrecho de Gibraltar contra la armada luso-genovesa, defensora de la causa de la Beltraneja.
Este combate, en el que participó el guipuzcoano Juan MARTINEZ de MENDARO al mando de la nao Zumaya, se recuerda en la iglesia de San Pedro de dicha localidad.

Los Reyes Católicos hicieron fortificar la ciudad de San Sebastián, parte de cuyos muros occidentales se conservan en el muelle de de la capital donostiarra. La placa que lo conmemora suele ser víctima de actos vandálicos por parte de los nacionalistas, que no soportan que la realidad desmienta sus planteamientos.


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LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS
Junto a la lucha contra los musulmanes, el otro hecho bélicial de la Baja Edad Media fue para los marinos cantábricos la de los Cien Años (1337-1453) entre Inglaterra y Francia, en donde Castilla fue continua y fiel aliada de esta última, prestando una aportación para su final victoria y expulsión de los ingleses de territorio francés.

Las Crónicas del ALAVÉS Pedro López de Ayala, conde de Castilla, un documento esencial para el conocimiento del sitio español, están plagadas de los enfrentamientos de la Marina castellana sobre todo con musulmanes e ingleses.

Aunque participaron cañones de todas las procedencias, la gran mayoría de los puertos involucrados eran los del cantábrico oriental, de San Vicente de la Barquera a Fuenterrabía, y la mayoría de los participantes eran marinos vasco- montañeses.

El rey inglés Eduardo III protestó en numerosas ocasiones por daños recibidos de flotas castellanas (vascas-santanderinos, gallegos y astuarianos) que atacaban a los barcos ingleses. Los puertos castellanos acusados eran:

Fuenterrabía, San Sebastián, Guetaria, Motrico, Bermeo, Portugalete, Castro Urdiales, Laredo, Santander, San de la Barquera, Avilés, Ribadeo, La Coruña, Noia, Ponte Bayona del Miño..

Las batallas tenidas con la marina inglesa fueron constantes, y la mayoría de los encuentros fueron victorias para las armas castellanas que forjaron así una hegemonía en el Atlántico que duraría varios siglos.

Por ejemplo, en la importante victoria de La Rochela sobre los ingleses (1372), recogida por Froissart en sus famosas Crónicas, describe las hazañas marinas de la escuadra guipuzcoana y su adelantado mayor, Rui Díaz de Roj, a las órdenes del almirante Bocanegra, que regresó triunfante a Santander cargado de botín y prisioneros ingleses.

En 1375 la escuadra castellana capturó ochenta y cinco naos inglesas y en 1377 las escuadras castellana y francesa, a las órdenes de los almirantes Sánchez de Tovar y Vienne, saquearon numerosas ciudades costeras inglesas.

Al año siguiente, tras una nueva derrota inglesa, desembarcaron los castellanos en Cornualles, dedicándose de nuevo al saqueo y la destrucción. En 1380 veinte galeras castellanas remontaron el Támesis e incendiaron varias poblaciones (Gravesend, Winchelsea) no lejos de Londres.

En las arriesgadas y victoriosas acciones del almirante montañés Pero Niño participaron de nuevo numerosos marinos vizcaínos, como Martín Ruiz de Avendaño.

Niño saqueó Cornualles de nuevo, atacó Burdeos poniendo en fuga a las naves inglesas que en el puerto se encontraban, así como los puertos de Portland y Poole; venció a los ingleses en sangrienta batalla en la isla de Jersey, y otras muchas acciones por las que Pero Niño es recordado como uno de los marinos más eminentes de la historia de España.

En 1419 los castellanos, dirigidos por el montañés Rui Gutiérrez de Escalante y el alavés Fernán Pérez de Ayala, atacaron duramente el ducado de Bretaña y Bayona, quemaron San Juan de Luz y Biarritz y asolaron la tierra de Burdeos (dominios británicos).

En 1436, en el último tramo de la Guerra de los Cien Años, tras requerimiento pon parte del rey francés de ayuda castellana por mar:

"..E luego el Condestable envió á la costa del mar de Vizcaya é Lepuzca (Guipuzcoa) é otros logares, é fizo armar veinte é cinco naos é quince cara-velas, las mayores que fallarse pudieron, bastecidas de armas é de la mejor gente que se pudo ayer (...) con el qual socorro la Doncela (Juana de Arco) ganó la dicha cibdad, é ovo otros vencimientos é victorias, ádonde la armada de Castilla ganó por aquellas partes mucha honra..."

Tras las victorias francesas en años sucesivos fue quedando reducida la presencia inglesa al ducado de Aquitania, que fue atacado por tierra por el ejército francés y por mar por las armadas franco-castellanas a Bayona, una de las últimas resistencias inglesas, fue atacada por mar las naves guipuzcoanas hasta su definitiva rendición.


LA HERMANDAD DE LAS MARISMAS


Los puertos del Cantábrico fueron creciendo en importanci~ influencia, monopolizando el comercio exterior castellano y proveyendo de los barcos y marinos que dieron a Castilla la hegemonía er Atlántico.

Para mejor organizarse y defender sus intereses, tendieron a ir formando asociaciones entre ellos. La primera asociación de la que se tiene noticia es la de Castro Urdiales, Laredo, Santander y San Vicete de la Barquera, que empezaron a ser conocidas en conjunto como Cuatro Villas.

Estos cuatro puertos más otros de la cornisa se organizaron con posterioridad en una agrupación con el fin de velar por comunes intereses: la Hermandad de las villas de la Marina de Castellana también conocida como Hermandad de las Marismas.

Si bien su existencia de facto es anterior, en mayo de 1296 se reunieron en Castro Urdiales los procuradores de dicha villa, Santander, Laredo, Bermeo, Guetaria, San Sebastián, Fuenterrabía y Vitoria cor fin de organizarse para mejor defender sus intereses comerciales y derechos frente al poder real, celosos de conservar los derechos y exenciones que dichas poblaciones habían ido ganando por su importantisima participación en las campañas bélicas de Andalucía.

CONSTRUCCIÓN NAVAL VASCA

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EL GALEÓN DE PLATA, PIEZA SINGULAR DE UN SISTEMA

Se aplicaba el nombre de galeón de plata a los navíos que tenían como cometido proteger la flota mercantil y transportar los metales preciosos en el viaje de vuelta. Cuando comenzaba el siglo XVII todos los implicados en el tráfico transatlántico habían alcanzado una conclusión unánime en el sentido de que la travesía demandaba una embarcación con más fortaleza que las que se utilizaban en las aguas inmediatas al continente europeo.

Temporales, clima y teredo navalis obligaban al uso de maderas más gruesas y al reforzamiento de las estructuras internas. Poco a poco, el diseño del galeón de la Carrera de Indias se fue diferenciando del característico de la Armada del Mar Océano y la Administración se marcó cómo meta regular las fábricas con proporciones fijas, incidiendo de esta manera notablemente, en las obras de los astilleros vascos.

De casco redondo, las medidas de un galeón guardaban relación entre sí: la quilla triplicaba la longitud de la manga y ésta duplicaba al calado.
Al principio, el módulo mencionado se aplicaba a todas las fábricas de galeones sin tener en cuenta su función final, pero ya a finales del siglo XVI arranca la tajante separación entre los navíos que se destinaban a las aguas europeas y a las indianas.

Mientras que la influencia británica es indiscutible en las unidades del Mar Océano, en la Carrera de Indias apenas tuvo impacto. Los galeones de la formación metropolitana alargaron la quilla y redujeron calado, es decir, y utilizando la terminología de la época, se afragató el diseño, y el resultado de esta simbiosis tecnológica fue excelente.

Los navíos botados en Cantabria o el País Vasco no desmerecieron en nada a los británicos y holandeses de la primera mitad del siglo XVII. Paralelamente, se mantuvo, en esencia, la relación quilla-manga-puntal del prototipo primigenio en la Carrera de Indias.

El galeón de Armada se planeaba para este fin desde el mismo momento de poner la quilla y resultaba muy complicado modificar la fábrica para adaptarla al esquema del galeón de la plata.

El porte ideal de un galeón de plata se situaba entre las 450 y las 600 toneladas.

Pero un accidente geográfico, la barra de Sanlúcar, y una legislación monopolística mediatizaba el diseño del tipo de navío utilizado en la Carrera. A pesar de todo, la tendencia, a medida que el tiempo transcurría, fue la de aumentar el tonelaje y en 1626 un galeón ya alcanzó las 700 toneladas.

Por otra parte, la escasez de bajeles particulares apropiados para estos cometidos —transportar los metales preciosos— impulsó a la Administración española a utilizar en estas misiones a los galeones de la Armada del Océano, acentuándose la peligrosidad de la barra de Sanlúcar ante cascos de 800 y 900 toneladas.

En 1680, y ante los hechos consumados, la Administración española asumió la realidad presente en la Carrera de Indias a finales de la década de los veinte, y trasladó, oficialmente, la cabecera de las flotas a Cádiz.

En el medio siglo de intervalo, se dilapidaron en la barra de Sanlúcar vidas, navíos y haciendas, sin que esto mermase el auge gaditano.

Como si de hallar la cuadratura del círculo fuera, maestros y personajes vinculados al tráfico trasatlántico, casi siempre Capitanes Generales y Almirantes vascos o inmersos en su círculo, trataron de armonizar capacidad de carga, defensas suficientes, robustez de diseño, maniobrabilidad y poco calado con el fin de sortear los peligros de Sanlúcar.

Y no sólo teorizaron, sino que construyeron prototipos. Unos, condenados al fracaso; otros, demostraron, palmarialmente, que los conocimientos de estos hombres eran amplios y sólidos y que los artífices materiales de los mismos en los astilleros cántabros y vascos, nada tenían que envidiar a los que, tradicional e injustamente, se han considerado como los más avanzados de Europa.

Don Juan de Amassa remitió al Consejo de Indias, en 1635, una oferta tan interesante como indicativa de su capacidad y conocimientos, como de los de la gente que se movía a su alrededor.
Persistía el guipuzcoano en descubrir los patrones más apropiados para los navíos de la Carrera de Indias.

En 1635 se comprometía, ni más ni menos, que a dar forma a un galeón de 18-20 codos de manga "no pescando más agua que los navíos de la misma manga que hoy navegan de mercanta y llevando la misma carga de ellos jugase con efecto las dos andanas de artillería con 50 piezas sin que le embarazase la carga, con que venía a tener dentro de sí mismo la defensa y ofensa contra sus enemigos y menos riesgo en la navegación con los temporales de la mar por llevar libres y desembarazadas las dos cubiertas que también se excusaran en tiempos de tormenta las echazones de las mercadurías que suelen ir cargadas entrecubiertas de los navíos mercantes".

Madrid aceptó las condiciones de Amassa, pero con la exclusiva contrapartida de que los caudales que se le entregasen se invirtieran única y exclusivamente en dar forma al prototipo.

El proyecto de Amassa, empero, era más ambicioso ya que pretendía adaptar a la Carrera de Indias los ocho navíos de la escuadra de Galicia, cuya fábrica se le había encomendado "fabricándolos iguales de un porte de 500 o 600 toneladas. Con dos andanas de artillería serán más efectivas para la guerra y sin acudir (con) costa ni hacerles obra ninguna en el Andalucía para la Carrera, más de la carena ordinaria, se conseguirán con ellos todas las conveniencias propuestas para traer plata".

Don Antonio de Oquendo, tal vez el más renombrado y prestigioso marino de la España del siglo XVII junto a don Fadrique de Toledo, también intentó resolver el enigma técnico con la construcción en 1623 de otro galeón en los astilleros vascos, el Santiago, de 600 toneladas "para poder entrar y salir por la barra y al primer viaje reconoció no ser de servicio para la navegación de la Carrera".

HOMBRES VASCOS, IDEAS VASCAS y TECNOLOGÍA VASCA para aplicar el más eficaz remedio a la trombosis que afectaba a la principal arteria económica y de comunicación de la principal potencia del planeta. Por recursos, geografía y mentalidad no podía ser de otra manera.

Un destacado lugar en la historia naval española y europea debería corresponderle al General Tomás de Larraspuru. A los profundos conocimientos técnicos sumaba el marino de Azcoitia la experiencia de las navegaciones de la Carrera, ya que, entre 1621 y 1632, año que registra su óbito, atravesó, a la ida y a la vuelta, siete veces el Atlántico como General de la Armada de la Carrera de Indias, un récord jamás igualado por nadie.

La elección en 1621, para Capitana de la Armada de la Carrera de un galeón proyectado por él, motivó la satisfacción del Consejo de Indias, organismo que no dudaba que el bajel atesoraría las suficientes garantías "por ser fabricado por Larraspuru".

El número de navíos mercantes entre los que se distribuía el tonelaje total o buque variaba según las características de los disponibles en el momento. A mediados del siglo XVI las flotas se componían de quince o veinte unidades mercantes.

Aumentó sensiblemente la cifra a finales de esa centuria y a principios de la siguiente, oscilando entre un mínimo de treinta y un máximo de setenta.

A partir de las décadas centrales del XVII y coincidiendo con la disminución general del tráfico, y también con el incremento del porte de las embarcaciones, el número de navíos mercantes disminuyó en torno a los diez o quince.

Y aquí topamos con una contradicción evidente a la hora de estudiar el tráfico trasatlántico, derivada de no habérsele prestado la necesaria atención al elemento esencial del transporte: el navío.

De haber comenzado a construir el edificio del estudio de las relaciones intercontinentales por los cimientos, por el tratamiento del vehículo que lo sustentaba, nos habríamos percatado de muchas cosas, entre ellas, del deslumbrante protagonismo, y no sólo en la cuestión de la técnica naval, del grupo vasco.
A partir de 1640, y sobre todo a partir de 1660, la Carrera de Indias experimenta profundos cambios. Estamos en un periodo en el que el comercio se encuentra absolutamente dominado por Holanda e Inglaterra, en el que la Administración española pierde el control de las relaciones comerciales de sus territorios ultramarinos. Ese control no se retomó hasta después de la Guerra de Sucesión.

Bajando a la constatación material de lo expuesto, las potencias industriales y mercantiles europeas intentaron introducir, y lo consiguieron en gran parte, el sistema holandés de las Compañías de las Indias Occidentales y Orientales, es decir, el vehículo del tráfico pasó a ser el navío que llevaba en sí mismo apreciable capacidad de carga y defensas acordes con lo que albergaba en su interior a la ida y a la vuelta.

A principios del siglo XVII, los navíos de Armada arqueaban unas 400 toneladas y montaban 20 piezas artilleras; los de finales de siglo llegaban a las 1.200 toneladas y 62 cañones y, sin embargo, el b u q u e, el tonelaje total de la flota mercante, había descendido ostensiblemente.

Ante este panorama nos asalta la siguiente pregunta: ¿cómo aumenta de esa forma el tonelaje de los ocho galeones de la Armada y sus defensas para proteger a una raquítica flota mercante?

Hay un evidente y esclarecedor desfase entre una y otra. Y la explicación es la que hemos enunciado: la Armada transportaba más mercancías que la propia flota mercante, sustituida por un convoy híbrido m i l i t a r- c o m e rcial.
Creemos que este es uno de los puntos claves para comprender y asumir esa supuesta crisis de la segunda mitad del siglo XVII. Parece absurdo enviar en torno a 8.000 toneladas de Armada con más de 400 piezas de carísima artillería de bronce para defender a una flota de 4.000 toneladas que era lo habitual a partir de 1675.


Sólo con estas experiencias pueden entenderse los contenidos del discurso sobre marina y galeones elaborado por Jacinto Antonio de Echeverri, y que asumió, prácticamente en su totalidad, José de Veitia y Linaje en el Norte de la Contratación. El clan de los Echeverri siempre estuvo muy ligado al comercio indiano y a la industria naval, ocupando algunos de sus miembros los puestos de más responsabilidad en las Armadas y Flotas.

El iniciador de tan poderoso grupo familiar fue Domingo de Echeverri, superintendente de fábricas y plantíos de Guipúzcoa. Al fallecer Domingo, continuó al frente de los negocios y del grupo su viuda Mariana de Roover, de origen flamenco.

El cenit del poder lo alcanzaron los Echeverri con los hijos de este matrimonio, ocho en total, de entre los que destacan Juan, Marqués de Villarubia (16091662), el ya mencionado Jacinto Antonio (1625-1673), y Juan Domingo, Conde de Villalcázar y Marqués de Villarrubia, al morir su hermano Juan.
Todos los componentes del clan poseían profundísimos conocimientos navales. La industria naval vasca, que es lo mismo que decir que la española en casi su totalidad, ni estaba atrasada ni sus productos eran deficientes. Simplemente sus necesidades diferían de la del resto de las potencias europeas, relegado ya el sueño imperial marítimo desde 1639, y con el tragicómico problema añadido de la barra de Sanlúcar.

Por su parte, Juan Domingo de Echeverri, aquel que vio peligrar toda su formación en las arenas de la barra en 1666, llegó a ser el personaje con más autoridad en cuestiones navales de la España de su tiempo hasta el extremo de que el célebre matemático jesuita José de Zaraguza le consultó y mantuvo con él una interesante correspondencia a cuenta de la polémica de la barra de Sanlúcar en 1675.

Y fue en los astilleros vascos, en el de SAN SEBASTIÁN, donde el comercio se rebeló contra la sinrazón de la barra de Sanlúcar al no admitir las medidas confeccionadas en 1662 por la Administración, con el apoyo de los técnicos andaluces.

En dos áreas de la Península Ibérica florecía la industria de la construcción de navíos para las navegaciones atlánticas, la Baja Andalucía y la cornisa cantábrica. Cada una de estas zonas imprimió a sus productos características diferenciadoras.
El navío del Sur raramente superaba las 200 toneladas porque los materiales que proporcionaba la tierra no daban para más. Entre 1612 y 1648, sólo sirvieron en la Armada como galeones de plata cuatro bajeles andaluces, y todos fueron construidos antes de 1625.

Mientras, montañeses y vascos botaron grandes y sólidos barcos de buena madera de roble de 400, 500 y 600 toneladas.

Desde el principio, la actitud de la Corona consistió en ayudar y apuntalar las fábricas del Norte de la península, reflejándose tal orientación en la legislación emitida en 1523, 1560 y 1593.

En el fondo, lo que afloraba era la colisión de dos mentalidades distintas, las más de las veces contrapuestas, a la hora de explotar las Indias y sus riquezas.

Unos, andaluces y criollos, pretendían seguir las líneas de los primeros tiempos de la conquista; otros, VASCOS y MONTAÑESES, asumiendo paulatinamente los resortes del comercio, representaban las innovadoras corrientes capitalistas europeas.

Todo un mundo separaba ambas ideas, que convivían en una Monarquía de carácter universal, plena de contradicciones.

Pero el auténtico peligro para los constructores del Norte procedía de las fábricas antillanas. Los navíos criollos gozaban de indiscutible prestigio, prefiriéndose, para formar las Armadas, a las restante construcciones gracias a la bondad de la madera de caoba. En ese sentido se pronunciaron, repetidas veces, los expertos, como el Conde de Castrillo, que en 1638 manifestó que "eran los más fuertes para la plata y navegación de las Indias".

Las fábricas antillanas, de las que un 60 por ciento se concentraba en La Habana, contaban a su favor con la longevidad y resistencia de sus productos y en su contra con un sensible encarecimiento de las labores por la ausencia de hierro, impermeabilizantes, jarcia, estopa, herramientas, etc.

Entre 1618 y 1648 sirvieron en la Armada de la Carrera de Indias y en la Flota de Nueva España un mínimo de 35 galeones construidos en los puertos caribeños, que arrojaban una media de 600 toneladas por unidad. Antes de 1625, se botaron 25 unidades y sólo 10 después de esa fecha.

La tendencia es inversa a la de los astilleros del Norte de la península. De los 42 galeones fabricados, únicamente 15 se utilizaron antes de 1630, pero la cifra se incrementa hasta los 27 después de ese año, si bien es verdad que ahí van incluidos los navíos cedidos por la Armada del Océano.

A partir de la década de los treinta, los constructores cántabros se hicieron dueños de la situación imponiendo un asfixiante monopolio que arruinó la floreciente industria de la construcción de bajeles de medio y alto porte en la América hispana. Sólo se volverían a conseguir esos niveles de producción en el área antillana con la dinastía borbónica.


CONSTRUCTORES Y ASENTISTAS

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Los artífices cuya actividad se da a conocer muy someramente a continuación, no fueron los únicos, ni mucho menos, que botaron galeones para la Carrera de Indias, aunque sí podemos considerarlos como los más representativos.


• Juan de Amassa. Aportó conocimientos y bajeles desde 1605 hasta 1650. Rentería, Bermeo y San Sebastián fueron los lugares escogidos para dar forma a sus vasos, aunque a finales de los cuarenta también hiciese uso de Guarnizo.

Biznieto, nieto e hijo de corsarios, también invirtió sumas considerables en esta actividad. Atendió encargos voluminosos, tanto para la Armada del Océano como para la Carrera de Indias, en donde mantenía, traficando, varios galeones propios, viéndose afectado, en alguna ocasión, por los embargos de navíos decretados por la Corona.

Botó, entre fábricas propias y asientos, una veintena de galeones, aunque creemos que ese guarismo se queda muy corto frente a la realidad.

• Tomás de Larraspuru. Perfecta simbiosis de militar y armador, fabricó sus unidades en La Habana y País Vasco. Un mínimo de tres de sus bajeles fueron utilizados para transportar plata.

• Martín de Arana. Firmó varios asientos con la Corona para labrar navíos destinados a la Armada del Océano, pero, durante la década de los treinta, y a causa de la agobiante necesidad, hubo de readaptar los esquemas de doce unidades para que formaran parte de los efectivos de la Carrera de Indias. Portugalete fue el astillero preferido de Arana, aunque más tarde arbolaba y perfeccionaba sus bajeles en Colindres.

• Juan de Hoyos. Formó parte del elenco de asentistas-constructores en el que se apoyó Felipe IV para cimentar el poderío naval hispano anterior a 1639. También se vio en el trance de reconvertir navíos planificados para la actividad corsaria en unidades de la Carrrea de Indias, planteándole problemas casi imposibles de salvar.

• Domingo Grillo y Ambrosio Lomelín. Estos banqueros italianos conformaron un contrato con el rey de España para introducir esclavos negros en sus dominios americanos en 1663. Como condición principal se impuso la obligación de que los genoveses ejecutarían la fábrica de galeones por vía de asiento. Los diez bajeles concertados se fabricarían en Vizcaya y Guipúzcoa, destinándose seis a la Armada de la Carrera de Indias y cuatro a la del Océano.

Grillo y Lomelín jamás pisaron territorio vasco, delegando sus funciones en artífices como el maestro Martín de Azconobieta y los Almirantes Castaños y Juan Domingo de Echeverri, nombrados superintendentes.

Por Fernando Serrano Mangas
JAVIER AROCENA


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