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MACHINADAS y VASCOS
A estas revueltas se las terminó denominando machinadas, calificativo que deviene de Machín o San Martín, patrono de los FERRONES, porque la base de las mismas se inicia entre ferrones y campesinos relacionados con las ferrerías vascas.
Y el término quedó, popularmente, como equivalente a asonada o insurrección.


Historia vascos Ferrones
INDICE DE ESTA PÁGINA

Las revueltas del XVII y XVIII
Machinada de 1718
Machinada de 1766
Zamacolada de 1804
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LAS MACHINADAS O REVUELTAS del XVII y XVIII

En toda la historia de revueltas de vascos en los siglos XVII y XVIII se dan tres circunstancias claves :
a) Coyuntura agraria grave
b) exigencia de tributación extra, y
c) situación bélica o exigencia a las provincias vascongadas de aportación de milicias .

A esta revueltas se las terminó denominando machinadas, calificativo que deviene de Machín o San Martín, patrono de los FERRONES, porque la base de las mismas se inicia entre ferrones y campesinos relacionados con las ferrerías vascas. Y el término quedó, popularmente, como equivalente a asonada o insurrección.

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Las más graves son las de 1718 y 1766, aunque las hubo en 1731 en Irún a raíz de la leva de marinería, en 1733 en Placencia de la Armas, por la fábrica de armamento, la de 1739 en Azpeitia a causa de la carestía del grano o pan, la de 1743 en Hernani, etc. etc.
Los fueros garantizaban : La hidalguía universal, la exención fiscal de determinados productos, y la exención del servicio militar, así como la libertad de comercio.

Las infracciones a algunas de estas "foralidades" por parte bien de los miembros de Juntas Generales Provinciales o bien por los mercaderes, clérigos y clase urbana, fueron las causas generales de tales insurrecciones populares.

En muchos casos, se venía larvando una hostilidad creciente entre jauntxos rurales y campesinos de un lado, y comerciantes o burguesía urbana por el otro. Es una lucha feroz entre las clases trabajadoras (de ferrerías y campo) contra comerciantes y notables urbanos, dominantes de las instituciones de gobierno provincial.

Las víctimas de la machinadas son muestra de lo expuesto : 1- La acción popular ajustició en 1632 a Domingo de Castañeda, alto funcionario de la Audiencia del Corregidor;
2.- Saqueó la casa de don Pedro Fernández de Castañeda y la de don Pedro de Villela (alcalde Bilbao el uno y comisario de galeones el otro).

Es decir, hombres poderosos con beneficios agrarios, cosecheros de vinos, propietarios rurales o inversores de negocios y clérigos fueron los objetivos de la masa de amotinados.
Dar muerte a los poderosos, y que se respeten los derechos de las clases más desfavorecidas, en aquella época preinduatrial, es la clave de la mentalidadl popular o comunitaria.
En las dos graves machinadas (1718 y 1766) la cosecha agraria más importante de Vizcaya y Guipúzcoa era el MAÍZ.

Y en ambas es la base del descontento por ser deficitarios en grano y disponer sólo de otras dos actividades : la pesca en Guetaria, Motrico, y los ferrones ( Mondragón, Placencia, Eibar, etc.)
Alberoni, ministro del rey, estableció aduanas de tasas, lo que provocó la ira de los comerciantes y campesinos porque a los primeros les controlaba el tráfico de mercancias (tabaco, sal, etc) y a los otros porque les arruinaba el contrabandeo.

También es curioso que en todas las aldeas rebeldes los cabecillas eran los notarios y los secretarios municipales. Siempre es en la aldea campesina dónde se inicia la revuelta.


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LAS DE 1718, 1766 y ZAMACOLADA de 1804

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MACHINADA DE 1718


Según el profesor Xoxé Estévez, en su Historia de Euskal-Herria (Edic. Txalaparta, 1997), la fuerte depresión producida por las malas cosechas y las demandas fiscales de 1713, precipitaron la asonada por causa del Real Decreto de 31 agosto 1717 por el que se disponía el traslado de las aduanas del interior a los puertos de mar, y a las fronteras del Bidasoa. Ello implicaba un gravamen sobre los productos importados, que en el caso de las zonas costeras suponía el incremento de precios de los artículos básicos de consumo.
Aunque los sucesos más sangrientos ocurrieron en Bilbao, el radio de localización de la revuelta es amplio : Mundaca, Vergara, Mondragón, Motrico, Deva, Elgoibar, Eibar, Placencia, Elgueta, Arechavaleta, Escoriaza, Salinas de Leniz y Oñate.

Los acontecimientos se desarrollaron entre el 31 de agosto de 1717 y el 1º de enero de 1723, aunque lo más grave sucedió entre marzo 1717 y enero 1718.

Se quemaron casas de notables, ultrajaron a clérigos, eliminaron fisicamente a oligarcas, entre ellos al Diputado General, Don Enrique Arana.
Los vecinos de Bilbao se armaron para defenderse de los campesinos, ya que la asonada llegaba a Somorrostro, Portugalete, Bermeo. Y se difunde a Guipúzcoa, concretamente al valle del Deva. Felipe V envió al mariscal don Blas de Loya al frente de tre mil hombres, y al Fiscal general del reino.
Los protagonistas del motín fueron los campesinos de Begoña, Erandio, Abando, Deusto, Sondica, y la animosidad se centraba contra los notables rurales y autoridades forales y la oligarquía, que englobaba a patronos y comerciantes.
La represión se saldó con 32 penas de muerte, penas de prisión, multas y confiscaciones de bienes.. Sin embargo los amotinados consiguieron la modificación del Real Decreto de 1717 al obtener la exención de gravámenes a los productos que se importasen para el propio consumo, excepto para el cacao, azucar, tabaco y demás productos coloniales.
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MACHINADA de 1766


El foco del motín se localizó en Guipúzcoa, capitaneada por Azcoitia y Azpeitia, en las zonas de Elgoibar, Eibar, Mondragón,, Deva, Motrico, Zumaya, Cestona, Guetaria y Zarauz, prolongándose timidamente hasta Hernani.

Los defensores del orden son los donostiarras, autoridades y comerciantes. También las fuerzas vivas de Tolosa y Vergara se posicionaron con las autoridades.

Es obvio que en la expansión matxina tuvieron tuvieron siempre un papel determinante las redes de tabernas, mesones, mercados, ventas y ferias, y la presencia de notarios y secretarios municipales.
Los aldeanos, a toque de campana tañida, se congregaban en las puertas de los ayuntamientos y se decidía la partida hacia los centros de poder, siendo de detacar el papel dirigente de las mujeres campesinas.

Los matxines cuando actuan lo hacen contra los estancos, aduanas, levas y acaparamiento de comestibles.
Con la profunda convicción de que los precios deberían ser regulados en épocas de escasez y que los comerciantes acaparadores son los criminales, los saqueos, muertes, incendios forman parte de un ritual purificador.
Por otra parte, protestan y actuan sin negar ni poner en duda su sumisión a la Corona.

Al grito de "Viva el rey" y "viva los Fueros" recriminan la violación de las libertades aldeanas por parte de recaudadores de impuestos, comerciantes y malos gobernantes provinciales. Y así vemos el tal sentido justiciero en las peticiones que formulan:
-Que no se pague el diezmo de la castaña; que los clérigos no salgan de casa después del angelus; que si algún clérigo cayese en pecado de fragilidad, le CAPEN publicamente a la tercera; que el que tiene dos capellanías, se le quite una; que la Villa pague salario al médico y no exija sisa por ello a los vecinos: que la fanega de trigo valga 26 reales y 15 la de maíz, etc. etc.

El alcalde de San Sebastián, don Manuel Arriola, junto al coronel Kindelán y con 300 soldados, más los vecinos de Irún, Oyarzún, Rentería, Hernani y Urnieta partió en dirección a Azpeitia.
En Loyola (Azpeitia) detienen a 74 oficiales y peones que trabajaban en la construcción del colegio de los Jesuítas, junto con otros detenidos posteriormente, sumando más de trescientos en dos días..
Los encausados fueron juzgados de forma sumarísima y se dictaron varias penas de muerte (no ejecutadas) y numerosas multas, confiscaciones de bienes, destierros y prisión en galeras.




LA ZAMACOLADA de 1804

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BILBAO en esa época

Esta revuelta, exclusivamente VIZCAINA, es a causa del antagonismo entre la burguesía mercantil bilbaina y la aristocracia rural. Y debe su nombre a su protaganista Simón Bernardo de Zamacola.
En las Juntas Generales de 1792, el procurador Aldama presenta un proyecto para establecer un nuevo PUERTO comercial en Mundaca. Y además, para hacer frente a las deudas contraídas se introduce el pago de arbitrios que favorecen a Bilbao.

En 1801 durante la procesión de la Virgen de Begoña se produce un enfrentamiento entre los concejales de Begoña y los bilbainos.. Ese mismo año, Zamacola presenta un proyecto de construcción de puerto en la ría de Olabeaga, lo que suponía una afrenta para el comercio de Bilbao.

Enviados representantes a las Cortes, entre ellos varios ilustrados de la Bascongada (Sociedad Bascongada de Amigos del País o caballeritos de Azcoitia), obtienen la aprobación en Madrid para la construcción de un puerto libre en Abando.
Asímismo, en 1804, Las Juntas aprueban un proyecto de Servicio Militar Obligatorio para toda la provincia.
Y , en agosto, se suceden los tumultos en Bilbao, siendo apresados el Corregidor de la Corona y las autoridades provinciales, apoderándose del depósito de armas de Abando.

Reunidas de nuevo las Juntas, revocan el proyecto de Servicio Militar, pero en compensación acuerdan pagar a la Corona un millón de reales. Todo ello produce el amotinamiento de los de Begoña.

Tanto el Ayuntamiento de Bilbao como la Diputación solicitan el envío de refuerzos, y estos llegan al mando del brigadier Benito San Juan. Con ello comienza la represión, condenando a los municipios tumultuosos y a la Villa de Bilbao a sufragar los gastos de manutención de las tropas desplazadas, se condena a los encausados a duras penas de prisión : presidio de 9 años en Filipinas a 43, en Ceuta a 51, a cumplir servicio militar a 86, destierro a 30 y multas de entre 400 y 6000 ducados a 102.
También se crea un inexistente Gobierno Militar y se designa alcalde de Bilbao a Martín Herrero Prieto..
Según el profesor Estévez, todos los amotinamientos, tanto las matxinadas como la zamacolada, no son en defensa del Fuero, pero sí de las VENTAJAS FISCALES y garantías de subsistencia que contienen los FUEROS.
También es una lucha entre los conservadores de la burguesía rural y clerical contra los comerciantes y clases liberales urbanas.
Es el preaviso de lo que sucederá en el siglo XIX con las Carlistadas.

De lejos, Bilbao es, en 1804, una ciudad de dimensiones aún reducidas, de calles no muy anchas, pero asombrosamente limpias, algunos pequeños palacios y torres, cuatro esbeltas iglesias, muelles robados a la Ría y arenales que se cubren con las mareas.

Sus 11.000 almas viven en torno a la ya antigua Plaza Vieja, auténtico corazón de la Villa, donde se llevan a cabo las transacciones mercantiles pero también donde los bilbaínos se divierten.

Como relata Manuel Montero en sus ‘Crónicas de Bilbao y de Vizcaya’, allí se celebran las fiestas de agosto, las esperadas corridas de toros, se ven los espectáculos dramáticos de las compañías que llegan a la ciudad y se asiste a los actos religiosos de la Semana Santa.

Tráfico de muelles y un mercado, cubierto por toldos, donde Bilbao se abastece de todos los productos que llegan a sus puertas por el campo y por el mar.


Una ciudad próspera, bien alimentada y con una cocina ya celebrada, que no conoce la hambruna ni las grandes epidemias, aunque sí el tifus y la tisis y, que ya tiene un hospital, pero que ve impotente cómo mueren sus hijos recién nacidos.

La elevadísima mortalidad infantil, como todas las de la época, rebaja drásticamente la edad media de vida (27 años) y aunque es ampliamente compensada por una descendencia prolífica hace de la vida un camino corto pero intenso. Si uno supera los cinco años de edad puede ya asistir a los tiempos convulsos que se avecinan.

Son los hijos de una burguesía floreciente y liberal, alumbrada al calor del tráfico intenso de las naves que van a Flandes, Inglaterra y América, que forma a su progenie en las artes comerciales y náuticas y no duda en mandarlos fuera para estudiar Leyes en Valladolid, o como hizo Arriaga, música en París.

Son también los hijos de los artesanos, de los descargadores de barcos, de carpinteros, tenderos, taberneros y panaderos y toda una retahíla de oficios alimentados al calor de una Villa comercial, de vocación urbana, que se pasea por Los Caños y El Arenal, bebe el agua potable canalizada en sus fuentes y se mira en el limpio espejo de una Ría que aún no conoce los devastadores efectos de la industrialización.

Una placidez aparente, acentúada por las campas y huertas que rodean la Villa, donde vive una nobleza rural, enfrentada tradicionalmente con la ciudad, que ve transcurrir los últimos tiempos del Antiguo Régimen.
Una imagen que no presagia los duros años que han de venir con el siglo, las convulsiones que cambiarán la fisonomía de la ciudad y de la Ría, los avatares políticos y militares que desembocarán en guerras y asedios.


JAVIER AROCENA

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