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Historia vascos Bermeo
NAVEGANTES VASCOS
La presencia vasca en Filipinas, por ejemplo, no se reduce a la fundación de Manila ni al tornaviaje del galeón de Acapulco, y a los nombres de Elcano, Legazpi y Urdaneta, debe de añadirse el del franciscano Melchor de Oyanguren, que fue el primero que hizo un estudio del tagalo comparado con otras lenguas; el de Lorenzo Ugalde, general guipuzcoano que luchó en el siglo XVII contra la Armada holandesa; el de Iñiguez de Carquizano, envenenado por un portugués cuando la expedición de Loaysa que le costó la vida a éste y a Elcano y en la que iba el joven Urdaneta; el de Francisco de Echeveste, general de las galeras de Filipinas y embajador del rey de España en Tonkín; el de Tomás de Endaya, constructor naval en Cavite; el de Francisco Esteíbar, que combatió por mar y tierra a chinos e ingleses en Filipinas en el siglo XVII; el de fray Miguel de Aozarasa, mártir en el Japón.

Historia vascos Nao victoria
INDICE DE ESTA PÁGINA

Los Marinos Vascos
Andrés de Urdaneta
López de Legazpi
Embajada de Japón en México
Juan Sebastián Elcano
Miguel de Oquendo
Cosme Damián de Churruca
Blas de Lezo
Los Vascos y América


LOS MARINOS VASCOS

historia vascos Elcano


Conocieron las tempestades y los escollos, los vértigos, las angustias y el terror, el Kra­ken, el Maelstroem y la isla de Satanás.
Na­da de esto les sobrecogió. Vieron o creyeron ver sirenas y serpientes marinas, arpías y pulpos gigantes, islas de fuego con volcanes misteriosos. Desembarcaron en países extra­ños, poblados por enanos o por gigantes, por negros o por amarillos.
De estos pequeños puertos de la costa vasca salieron aquellos navegantes que se llamaron Juan Sebastián Elcano, Gaztañeta, Oquendo, Bonaechea, que recorrieron mares misteriosos; algunos que conquistaron tierras ignoradas, como Legazpi, Basurto y Garay, y otros que se batieron heroicamente, como Blas de Lezo y Cosme de Churruca.
De San Sebastián, hoy pueblo con poca marina de comercio, era don Lorenzo de Ugalde y Orella, general de los mares de Filipinas, que se distinguió en las luchas con los holandeses y que murió al nau­fragar el San Francisco Javier, galeón mandado por él, junto a la isla de Samal en 1650.
Del mismo puerto salieron Joaquín de Aguirre y Oquendo, que murió en Guatemala; Alonso de Aliri, Hernando Aramburu, general de la expedición que se hizo a Filipinas en 1610; Marcos Aramburu, que derrotó al almirante portugués Campoverde en 1591; Martín de Argarate, los Barcáiztegui, que se distinguieron a fines del siglo XVIII y comienzo del XIX. Agustín de Diustegui, almi­rante hacia 1625, Juan Pérez de Ercilla, José Manuel Goicoa, que vo­ló su fragata Mercedes por no rendirse a los ingleses; Juan Lazun e Ig­nacio Mendizábal, muerto en 1780 a bordo del Santo Domingo.
Juan de Echaide, de San Sebastián, dio su nombre a un puerto de Terranova, al que llegó siguiendo la ruta que antes habían marcado otros marinos de Orio.

Por Pío Baroja
LA TORNAVOLTA
Historia vascos Urdaneta


ANDRÉS DE URDANETA (1508-1568)natural de Villafranca de Ordizia 1508 (Guipuzcoa) - México. Navegante y cosmógrafo.
Participó en 1525 junto a Elcano en la expedición a la Especiería y en las Molucas obtuvo colaboración del rey de Gilolo para luchar contra los portugueses.

En los nueve años que permaneció en las Molucas realizó varios estudios cosmográficos, llegando a la conclusión de que no se podía cruzar el Pacífico siguiendo una línea recta. La documentación que había conseguido reunir le será confiscada en Lisboa cuando en 1535 regresaba a la península Ibérica.

Huyó a España y en 1538 forma parte de la expedición de Pedro de Alvarado al Pacífico, partiendo de Sevilla. La muerte de Alvarado en 1541 provoca que Urdaneta permanezca en Nueva España (México) para participar en la pacificación de la región.

Felipe II le ordenó que tomara parte como cosmógrafo en la expedición de LÓPEZ DE LEGAZPI al Pacífico en 1559. Cinco años más tarde partía hacia Oceanía, explorando ese territorio para dirigirse después a Nueva España siguiendo un nuevo rumbo ya que se dirigió hacia el norte en busca de los contraalisios y la corriente de Kuro Shivo, lo que le permitió alcanzar California y recorrer la costa de Nueva España llegando hasta Acapulco en 1565.

De esta manera descubría la ruta más rápida entre Asia y Oceanía, posibilitando la posterior colonización de Filipinas.

Desde la costa oriental de Nueva España se realizan las expediciones del Pacífico en un esfuerzo por encontrar el nuevo camino de Asia, compitiendo con los portugueses. Es la segunda parte del viaje, de nuevo el mar.
Encontrar las tierras de la especiería fue el sueño de Colón y el principal motivo de los sucesivos viajes que tuvieron lugar en el siglo XVI por aguas del Pacífico.

Una exploración emblemática fue la de Magallanes, descubridor de las Filipinas, y de Elcano, continuador del viaje y primer español en dar la vuelta al mundo. Ellos fueron el arranque de las sucesivas expediciones que tuvieron lugar a lo largo del siglo.
García de Loaísa, en 1525, siguió los pasos de Magallanes por orden del emperador, en su empeño por llegar a las Molucas.
Alvaro de Saavedra en 1527 fue con intención de descubrir otras islas y tierras productoras de especias y Villalobos, en 1542, partió del puerto de Navidad, para asegurar el control de aquellas islas del Pacífico que estuviesen bajo jurisdicción española.

Fue LEGAZPI en 1564 el que salió con la misión de colonizar las Filipinas y encontrar un camino de regreso para comunicar ambos continentes. Muchos quintales métricos de especias cambiarían por completo los modos de funcionamiento de los mercados europeos.

Andrés de URDANETA descubrió el "TORNAVIAJE" en 1565, una nueva ruta por el Norte que escapaba de los temibles alisios.
Este descubrimiento permitió la existencia de una comunicación regular entre Filipinas y Nueva España.
En el virreinato, un largo camino terrestre -"el Camino de los Virreyes"- comunicaba la ciudad atlántica de Veracruz con la capital, y ésta con el puerto de Acapulco, en el Pacífico, a través del llamado "Camino de Asia".

Filipinas (bautizada así por Legazpi en honor a su rey FelipeII) situada en el trópico y rodeada del océano Pacífico y de los mares de China y de las Célebes, está compuesta por más de siete mil islas.
Filipinas ha sufrido durante su historia los efectos devastadores de los temblores y terremotos: cuenta con más de cincuenta volcanes.
Filipinas, formada por un crisol de pueblos e influencias diversas ha sido punto de encuentro de numerosas migraciones.
Filipinas se puebla de comerciantes extranjeros a partir del siglo X: los musulmanes se implantan en las zonas meridionales y los chinos en Luzón.
Filipinas, de baja densidad de población y con formas de cultivo itinerantes era un país sin ciudades, su urbanización coincide con la llegada de Occidente en el siglo XVI.

Filipinas amplía sus relaciones comerciales tras la llegada de los españoles, no sólo con los países de su entorno, sino con otros mucho más lejanos, a través de una amplísima red comercial que unía todos los continentes.
Filipinas se mantuvo bajo la Corona española hasta 1898, mientras, muchos de los territorios vecinos pasaban a estar, sucesivamente, bajo la influencia de diferentes potencias europeas: Portugal, Francia, Holanda, Gran Bretaña, ...
Historia vascos Barra
RELACIONES INICIALES ENTRE MÉXICO Y JAPÓN


España, después de conquistar las Filipinas realizaba todo tipo de intercambio con Oriente a través de la Nueva España, nombre que a la sazón tenía el territorio que actualmente es México. El espíritu explorador y de aventura que se había desarrollado en España, hizo renacer su inquietud de siempre de llegar al Japón para incrementar su comercio.
En 1561 Fray Andrés de Urdaneta recibió ordenes de que, siguiendo la ruta de Acapulco a las Filipinas, buscara unas islas que debieran estar entre el continente americano el chino, en especial aquellas islas japonesas ricas en oro y plata.

Sin embargo, fue hasta enero de 1564 cuando Fray Andrés de Urdaneta zarpó del puerto Barra de Navidad con la flota de expedición dirigida por Miguel López de Lagazpi, y con la orden de la Audiencia de México, de que en caso de encontrar dichas islas, deberían tratar amistosamente sus habitantes, quienes ya tenían fama de ser excelentes trabajadores.

En el año de 1567, Legazpi envió al Rey de España, Felipe II el informe que existían grandes islas en Filipinas, como Luzón y Midoro, mismas que fueron colonizadas por su expedición, y donde chinos y japoneses llegaban para fomentar su comercio.
En 1575, Juan Pacheco Maldonado informó a Felipe II sobre el comercio que realizaba Japón en Filipinas. Este era muy extenso, con variados artículos de intercambio, ya que los barcos japoneses que llegaban a Manila llevaban trigo, carne salada, cuchillería, biombos, jaulas, vasijas con dibujos de oro sobre laca, abanicos de papel, etc.
Al regresar, su carga consistía en oro, piel de venado, vasijas de barro, ahuizcle, seda cruda, vino, espejos y otras mercancías europeas que habían sido enviadas desde México. Los españoles que visitaban Filipinas, algunos de ellos nacidos en México, tenían su centro de actividades en este país. Así fue como se inició el primer contacto comercial entre México y Japón.

En 1609, ocurrió el acontecimiento histórico muy importante entre la Nueva España y Japón; Don Rodrigo de Vivero, Gobernador de las Filipinas en su viaje de regreso a México, naufragó frente a las costas del Japón.
Los japoneses auxiliaron a 370 náufragos y les brindaron su hospitalidad durante el tiempo que hubieron de permanecer en Japón. Asimismo Vivero fue recibido por el segundo Shogun Tokugawa en el Estado actual de Tokio, y posteriormente, se entrevistó con Ieyasu (fundador del Shogunato Tokugawa) en Sumpu, actual prefectura de Shizuoka.
En la segunda entrevista que Vivero tuvo con las autoridades del gobierno japonés, se hicieron negociaciones sobre intercambio comercial, navegación, cooperación técnica y sobre divulgación de la fe Cristiana. Vivero solicitó que en la costa oriental de Japón se construyera una factoría con instalaciones de almacenes y astilleros para los barcos españoles. También requirió que se construyeran templos para ser atendidos por los misioneros españoles, y que a todas las delegaciones enviadas el Rey de España les fuera dispensado un trato honroso, así como se prestara toda la ayuda necesaria a los españoles en caso de naufragio. Además demandó que se expulsaran a los holandeses de la isla con quienes Japón mantenía tratos comerciales.

Ieyasu pidió a Vivero la apertura del comercio con España, y el envío de mineros especialistas en plata, pilotos y marineros de la Nueva España, ya que en esa época Japón carecía de la tecnología occidental y prácticamente se encontraba en desventaja en cuando al desarrollo de dichas técnicas.
Después de permanecer por un tiempo visitando las islas japoneses, Vivero partió con su misión y con algunos japoneses del puerto de Uraga hacia Acapulco, en el Barco de San Buenaventura de 120 toneladas, construido anteriormente en Japón con la ayuda técnica del ingeniero inglés William Adams, según indicaciones dadas por Ieyasu.

Luis de Velazco II, Virrey de la Nueva España dio una buena acogida a los jóvenes que llegaron con Rodrigo de Vivero en México, y convocó a su consejo, en donde se discutió el envío de la expedición para descubrir las fabulosas islas abundantes en oro y plata, que suponían existir en Japón.
En esta junta se decidió enviar una misión bajo el mando de Sebastián Vizcaino, en viaje directo al Japón, para agradecer a Ieyasu e Hidetada la hospitalidad brindada a Vivero y devolver los cuatro mil ducados que Vivero debía al Japón, además del costo del barco de Buenaventura.

Vizcaíno salió de Acapulco el 22 de marzo de 1611y llegó a Uraga el 10 de junio del mismo año, llevando consigo la respuesta del virrey a la carta de Ieyasu, los retratos del Rey de España, de la Reina y del Príncipe, también regalos, entre otros un reloj hecho en Madrid en 1581, el primero que se vio en Japón y que actualmente forma parte del tesoro del templo Toshogu del monte Kuno.

Después de su visita a Edo y Sumpu, Vizcaíno organizó una expedición para emprender la infructuosa búsqueda de las "islas ricas de oro y plata". Además la situación política japonesa había cambiado notablemente, comparada cuando estuvo Vivero, de modo que Vizcaíno no pudo concretar nada en sus negociaciones.

Historia vascos Juan Sebastian El Cano
Juan Sebastián ELCANO


Juan Sebastián Elcano nació en Guetaria (Guipúzcoa). Era hijo de Domingo Sebastián del Cano y Catalina del Puerto, por lo que frecuentemente se le cita en la documentación como "Del Cano".
Sus padres fueron unos pescadores acomodados con casa y embarcación propias y tuvieron otros cuatro hijos, dos de los cuales fueron marinos.

Sebastián fue pescador desde su adolescencia y llegó a tener una nave de 200 toneles, con la que sirvió en la flota marítima que auxilió al Gran Capitán en las campañas de Italia, así como en las operaciones realizadas por el ardenal Cisneros contra las plazas de Orán, Bujía y Trípoli.

No recibió ninguna compensación a cambio y se vio obligado a hipotecar su embarcación a unos mercaderes vasallos del Duque de Saboya.
Como no pudo devolverles el préstamo no tuvo mas opción que venderles el buque, cosa que estaba prohibida (vender embarcaciones armadas a extranjeros en tiempos de guerra).

El Cano se vio perseguido por la Justicia y abandonó su tierra natal, donde dejó su hijo Domingo del Cano, que había tenido en María Hernández Dernialde.

Junto a Magallanes inició la primera vuelta alrededor del Mundo, y la finalizó al frente de 12 hombres, tras haber muerto en Filipinas Magallanes y la casi totalidad de la flota.

Elcano gozó entonces de casi tres años de tranquilidad bien merecida. Los pasó en la corte vallisoletana y tuvo amores con María Vidaurreta, en la que le nació una hija (a la que dejó una manda de 40 ducados en su testamento).
Asistió a las juntas de Elvas y Badajoz y finalmente pidió permiso para enrolarse en la nueva expedición que se enviaba al Maluco, la de frey García Jofre de Loaysa.

Se le nombró lugarteniente del General y Piloto mayor de la armada. Embarcó en la nao "Sancti Spiritus".

La nueva armada para la Especiería zarpó de la Coruña el 24 de julio de 1525 con seis naos y afrontó toda clase de desdichas. Se perdieron dos naves antes de llegar al Estrecho; confundieron además la entrada de este; perdieron la nao "Sancti Spiritus" en una tormenta y desertó la "San Gabriel".

La armada cruzó el estrecho de Magallanes el 26 de mayo de 1526 e inició la travesía por el océano Pacífico. Una tormenta dispersó las naves el 2 de junio y el 30 de julio murió frey García Jofre de Loaysa.

Elcano asumió el mando de la flota, pero por poco tiempo, pues falleció también el 4 de agosto de 1526, a bordo de la Capitana "Victoria".

Antes de morir hizo testamento nombrando heredero de sus bienes a su hijo Domingo del Cano, y disponiendo que si este muriera sin herederos pasara todo a su hija.
Como albacea de sus bienes nombró a su madre Catalina del Puerto, que debía estar viuda, habiendo tenido la enorme satisfacción de ver a su hijo caballero y famoso, por haber capitaneado la primera nave que dio la vuelta al mundo.




Historia vascos Oquendo
MIGUEL DE OQUENDO
(San Sebastián, 1534-Pasajes, 1588)

Marino español. Combatió con nave propia en la batalla de Orán (1575). Posteriormente luchó en las Azores con la flota de Álvaro de Bazán.
Participó en la expedición de la Armada Invencible al mando de la escuadra de Guipúzcoa (1588), pero se enfrentó con el duque de Medinasidonia, jefe supremo de la escuadra.

Nombrado almirante general de la Armada del Océano por Felipe IV (1623), obligó a los musulmanes a levantar el cerco de Mamora (1624).
Durante la guerra de los Treinta Años, fue derrotado en la batalla de las Dunas por la flota neerlandesa (1639).
Historia vascos Churruca
CHURRUCA y ELORZA, Cosme Damián
(Motrico, Guipúzcoa, 1761- Golfo de Cádiz, 1806).


Historia vascos Muerte de Churruca en Trafalgar

Su carrera en la Armada está jalonada de hechos de armas, que alternó con periodos de dedicación a la ciencia y el estudio.

Tras formarse en la Escuela Naval de El Ferrol, intervino muy joven en el cuarto sitio español de Gibraltar (1782), que terminó en fracaso como los anteriores. Luego participó en una expedición geográfica por el estrecho de Magallanes y pasó una temporada en el observatorio de Cádiz.

En 1792 dirigió otra expedición geográfica, esta vez a las costas de Norteamérica y las Antillas, en donde levantó valiosos mapas.

En 1805 se le confió el mando del navío San Juan Nepomuceno, con el que combatió en la escuadra franco-española que se enfrentó a la británica mandada por Nelson en la batalla de TRAFALGAR: aunque discrepó de la estrategia seguida por el almirante francés Villeneuve, que mandaba la escuadra combinada, acató las órdenes que condujeron a la derrota y, atacado simultáneamente por cinco barcos ingleses, resistió hasta que una bala de cañón le arrancó la vida.
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BLAS de LEZO
Historia vascos Blas de Lezo


BLAS DE LEZO EL HÉROE MANCO, TUERTO Y COJO QUE DERROTÓ A INGLATERRA EN CARTAGENA DE INDIAS

Fue con esta nueva Armada Invencible que, teniendo ciento ochenta navíos, era mayor que la de Felipe II y la segunda más grande de todos los siglos, después de la armada que atacó las costas de Normandía en la II Guerra Mundial.

El ejército invasor, comandado por el almirante Edward Vernon, lo constituían veintitrés mil seiscientos soldados, entre ellos dos mil setecientos hombres de las colonias norteamericanas, comandadas por Lawrence Washington, hermano del futuro libertador de los Estados Unidos, y tres mil piezas de artillería.

Las posesiones españolas estaban defendidas por dos mil ochocientos hombres y seis navíos.

Inglaterra estaba tan segura de su victoria que mandó acuñar monedas celebrando el triunfo en las que se leía La arrogancia española humillada por el almirante Velmon y Los héroes británicos tomaron Cartagena, abril 1, 1741; en ellas aparecía el almirante recibiendo la espada de Blas de Lezo, quien, arrodillado, la entregaba a su conquistador.

El virrey Eslava, jefe político y militar del Virreinato, tenía la confianza de que el almirante Torres habría de venir en auxilio de Cartagena, pues su flota estaba anclada en La Habana a la espera de la señal de que el inglés atacaría.

El plan de defensa contemplaba un ataque de Torres por la espalda de Vernon empeñado en el sitio de la plaza. Pero Torres nunca llegó en su auxilio, quizás porque se cansó de esperar un ataque que no llegaba, o porque el buque de aviso fue capturado por los ingleses.

Estas fallidas esperanzas enfrentaron a Lezo y al virrey sobre la estrategia de la defensa y, al final, el virrey tuvo que reconocer que se había equivocado, no sin antes restituir el mando a Lezo, quien había sido injustamente destituido.

Sin embargo, el odio contra el general Lezo continuó hasta el punto de que Eslava dio malos informes suyos al rey de España, Felipe V, quien quiso hacerle un juicio de responsabilidades.

Este comunicado llegó demasiado tarde, pues Lezo ya había muerto de enfermedades contraídas por la peste que azotó la ciudad salvada por su mano.

El hecho es que el 20 de marzo toda la escuadra enemiga se dirigió contra Bocachica, la boca de entrada a la bahía de CARTAJENA.

Ocho navíos de guerra bombardearon los fuertes, desde la batería de Chamba, hasta la de San Felipe y Santiago y ellos mismos recibían el feroz castigo de los bravos de España.

Durante tres horas y media fue vomitado sobre ellos un fuego mortífero, que, hacia las dos y media de la tarde, obligó a su defensor, el capitán de Batallones de Marina, Don Lorenzo de Alderete, a retirarse al castillo San Luis, frente a tan graves pérdidas de hombres.

Quedaban desmanteladas las tres baterías en las que apoyaba la defensa del San Luis, por tierra y mar, y abiertas las playas para un desembarco.

Quinientos once hombres se apiñaron en el San Luis a defenderlo.

El asalto y bombardeo del enemigo continuó durante ocho días con sus noches. La situción del Castillo se tornaba desesperada, ya que éste no resistiría los fuegos cruzados de tierra y mar, y cualquier brecha abierta implicaría el intento de una toma por las fuerzas de asalto.

Cuatro navíos con 280 cañones comenzaron a bombardear a los navíos españoles impunemente porque ya la artillería del Castillo no era nutrida ni efectiva. La Galicia prendió fuego dos veces.

Al castillo San Luis se le había derrumbado toda la muralla desde el ángulo de tierra hasta el ángulo de mar, presentando una brecha de tal envergadura que ya el enemigo podía cargar por tierra, lo cual hizo a bayoneta calada. Eran demasiados y se tuvo que tocar retirada.

TODA LA NOCHE LAS FRAGATAS Y LAS BOMBARDAS APOYARON EL DESEMBARCO ENEMIGO. A LA MADRUGADA SIGUIENTE EL CASTIGO ARTILLERO NO HABÍA CESADO”.

El virrey Eslava ordenó echar a pique El Dragón y El Conquistador, los dos últimos buques que le quedaban a Lezo, en un intento por impedir la navegación hacia el interior de la bahía.

Esto volvió a enfrentar a Lezo y al virrey. Todo fue en vano, porque Vernon desembarcó a las puertas mismas de la ciudad, dispuesto a asediar al castillo San Felipe, el más poderoso baluarte de España en América.

A las nueve y cuarenta y cinco de la mañana del 13 de abril comenzó el bombardeo sobre la ciudad amurallada, mientras otra escuadra asediaba, simultáneamente, al fuerte Manzanillo. Las bombas habían caído por primera vez sobre la Heroica.

Ese mismo día desembarcaron mil quinientos hombres dispuestos a consolidar una cabeza de playa desde la cual se aprestarían a lanzar una ofensiva general contra el castillo San Felipe.

Los británicos también desembarcaron en la isla de Manga y emplazaron morteros para batir el Fuerte desde su orilla, separada por el Caño de Gracia.

Toda la noche las fragatas y las bombardas apoyaron el desembarco enemigo. A la madrugada siguiente el castigo artillero no había cesado y ya tres mil hombres se hacían fuertes en el Playón.

Cuando el almirante Vernon ordenó bombardear el castillo de San Felipe, poderoso baluarte de los españoles atrincherados tras sus murallas, Lezo dispuso una defensa numantina que se prolongó durante varias semanas. El saldo, favorable a los españoles, se cerró con cerca de SEIS MIL caídos ingleses.

El enemigo entró en Gabala y la Quinta, asegurando el área mientras los españoles retrocedían hasta el Playón de San Lázaro.

Una compañía de Granaderos, diezmada, había quedado totalmente aislada del cuerpo de ejército que defendía el San Felipe.

En el Playón se atrincheraron como pudieron, mientras eran cercados totalmente por el enemigo que no daba tregua.
Todas la noche prosiguió el bombardeo, mientras las tropas británicas avanzaban, imparables, hacia el cerro de La Popa.

El 17 caía el convento de La Popa y la bandera británica comenzaba a ondear en él. La situación no podía ser más sombría para la Ciudad Heroica.

Estaban a menos de un kilómetro de San Felipe y en terreno elevado, a las puertas mismas del burgo. La ciudad amurallada estaba al borde del colapso y sólo había que apoderarse del castillo y comenzar a batirla desde allí.
Sólo un milagro salvaría el Fuerte; con él, a Cartagena de Indias, y con Cartagena, el imperio español.

El Castillo se encuentra en dirección sereste de la ciudad amurallada en las inmediaciones del arrabal de Getsemaní, situado a menos de un kilómetro de la villa.

Varias ideas del general decidieron la suerte de las armas españolas. En primer lugar, la excavación de un foso alrededor de la muralla del castillo con el propósito de que las escaleras de asalto de los ingleses no alcanzasen a coronar la cima.

La segunda, la excavación de trincheras en la ladera sureste del cerro donde se asentaba el Castillo.

Era una larga y zigzagueante trinchera en forma de zeta que descendía por la ladera y que permitía cubrir varios flancos.

Lezo había decidido batirse con los ingleses en el campo y no permitir que lo asediaran dentro de los muros, ni que la artillería castigara las murallas.

La tercera idea de Lezo fue despachar dos soldados españoles a las filas enemigas a actuar como desertores; su misión era desviar el grueso del ejército hacia la cortina oriental del fuerte bajo el engaño de que por allí la escalada de la muralla sería más fácil.

Fue así como quedó montada y creída la trampa más inverosímil en la historia de la guerra.

Los supuestos desertores se aprestaron a conducir a los ingleses en la oscuridad hacia la ladera oriental, donde, según habían explicado al alto mando inglés, había un punto por donde escalar.

Finalmente los ingleses acordaron atacar al castillo San Felipe por los cuatro costados.

El jueves 20 de abril, a las 3:45 de la madrugada las primeras avanzadas enemigas se aproximaron al Cerro por la parte que mira hacia la quebrada del Cabrero. El aire estancado de la madrugada llevaba el olor pestilente de los cadáveres insepultos.

En las primeras horas la avanzada del sur fue mantenida a raya. Oleada tras oleada de ingleses marchaba incontenible.

Los cañones de La Popa bramaban. Siete horas después de iniciados los primeros combates, dos mil ochocientos hombres avanzaban en plena formación por el sur, el oeste y el norte; los del este, en cambio, tenían serias dificultades para reagruparse dado el nutrido fuego que recibían en la trampa tendida.

A pesar de esto, comenzaron a tender las escaleras, pero resultaron muy cortas por el foso que habían cavado los españoles, faltándoles dos metros para coronar la altura; en esas circunstancias era imposible sobrepasar el empinado obstáculo.

Se dio la orden de retirada y las escaleras fueron abandonadas sobre la muralla, con sus patas dentro del foso abierto. El ataque por el este había fracasado.

Ante el fracaso inglés de sus ataques por los costados, se decidió concentrar el combate en un solo flanco. Sin embargo, el avance de los ingleses por la ladera era lento y costoso en hombres, pues el zigzag de la trinchera presentaba múltiples flancos de defensa que cogía a los atacantes entre varios fuegos.

Por el sur, el fuerte de Manzanillo y por el suroeste, el de San Sabastián del Pastelillo, en la isla de Manga, eran también atacados por mar y tierra.

Cuando Vernon observó desde Punta Perico que sus buques estaban recibiendo el fuego de Getsemarní y San Sebastián del Pastelillo, envió un correo a dar la señal de que los navíos debían retroceder.

Esto irritó a sus generales, que esperaban un mayor apoyo de la artillería naval, sin la cual, a su juicio, sería imposible la torna de la plaza. Sin embargo, los ingleses habían distraído mucha tropa en atacar demasiados frentes a la vez, en lugar de concentrarla en reducir el San Felipe.

Vernon había cometido el más importante error de la guerra que siempre la gana no quien más aciertos tenga, sino quien menos errores cometa.

Al mediodía los españoles hicieron toque de oración y el fuego se suspendió en la ladera del San Felipe…

Los ingleses volvieron a admirarse de aquella otra escena surrealista. Hombres con las caras cubiertas de sudor, tierra y pólvora, aprovechaban el respiro para frotrarse los ojos, secarse el sudor y poner la rodilla en tierra y rezar el Ángelus.

Sólo se dejó oír el rumor de los cañonazos que en la distancia se aban apagando. El frente había quedado sobrecogido por un silencio.

Tras la oración, el clarín de la guerra tocó de nuevo. El fuego de ambos bandos volvió a devorar a los hombres. Pero el ataque comenzó a perder fuerza y contundencia. Los ingleses echaron otros cuatrocientos hombres frescos al combate para recuperar el empuje del asalto. Todo fue en vano; el calor del mediodía estaba en pleno vigor y un sol de justicia comenzaba a haber mella en los atacantes.

Tres mil doscientos hombres habían sido,finalmente, detenidos por ochocientos cincuenta hambrientos, pero valientes soldados españoles neogranadinos.

En las trincheras arreciaba el combate cuerpo a cuerpo y los soldados hacían uso de bayonetas, dagas y pistolas. La superioridad numérica del enemigo, no obstante, amenazaba desbordar las filas españolas.


Es justo este momento, cuando Blas de Lezo ordena a Desnaux lanzar a los últimos trescientos hombres que servían los cañones.

Silenciada por la historiografía británica, la justicia histórica está recuperando en nuestros días la figura de de BLAS DE LEZO, a quien sus contemporáneos apodaron “medio hombre”, ya que era tuerto, manco y cojo.

La carga fue de un empuje terrible.

El ejemplo fue imitado por el resto del ejército defensor, que comenzó a proferir gritos de victoria y muerte a los herejes; los primeros cuatrocientos ingleses de la fuerza de choque comenzaron a retroceder, primero con asombro, luego con pánico y en desorden.

Pronto, esto contagió a los demás asaltantes, que detuvieron, estupefactos, el ascenso, mientras otros retrocedían queriéndose poner a salvo.

Una gigantesca brecha se abrió en las filas enemigas, que no podía ser reparada: a los ingleses les flaqueaba el ánimo.
Los españoles persiguieron a las tropas inglesas que, presas del pánico, corrían hacia abajo, los unos rodando, los otros tropezando y cayendo y los otros, con la punta de la bayoneta rascándoles las costillas.

Los que caían eran traspasados en el suelo; los que eran alcanzados, emitían un grito de dolor y rodaban a tierra; los que no, huían despavoridos, soltando las armas para correr más rápido.
Otros se arrodillaban y pedían clemencia, entregando las dagas.

Los españoles y criollos no daban tregua.

Persiguiron a los ingleses hasta La Popa, donde quedaban sólo artilleros, y de donde el enemigo también huyó despavorido. La compañía de Granaderos fue rescatada de un seguro aniquilamiento.

Los ingleses no pudieron evacuar mucha tropa que, arrinconada contra el mar, soltaba las armas y se rendían. Muchos se tiraron al agua, pero los barcos de Vernon estaban muy distantes para auxiliarlos.

Sus baterías cayeron, finalmente, en poder de los españoles y la bandera de los ejércitos reales volvió a ondear flamígera en el mástil de la popa; Lezo ordenó a sus unidades que desde el Cerro entonaran los toques de guerra y se le rindieran honores militares a la bandera.
Cartagena, por primera vez desde la invasión, respiraba con alivio, mientras los prisioneros eran conducidos a filo de bayoneta hacia el interior del fuerte.
El sitio había durado sesenta y siete angustiosos días.


EL SALDO DEL COMBATE

Las bajas totales de los ingleses, por enfermedades y combates, habían sido descomunales:cerca de seis mil muertos, de los cuales dos mi quinientos habían sido causados en la lucha y tres mil quinientos por el “vómito negro” y “fiebres carceleras”; los combates les causaron siete mil quinientos heridos, de los cuales muchos murieron en el trayecto a Jamaica.

En Cartagena había sucumbido la flor y nata de la oficialidad imperial británica. También habían perdido seis navíos de tres puentes, trece de dos y cuatro fragatas, además de veintisiete transportes , y en que los sobrevivientes tuvieron que ser apiñados, unos contra otros, porque no cupieron en las embarcaciones.

Igualmente destruidos o caídos en poder de los defensores había unos mil quinientos cañones, innumerables morteros, tiendas, palas, picos, equipos y pertrechos de todo tipo.

Esto supuso una grave pérdida para la flota de guerra de la armada británica que había, prácticamente, quedado desmantelada por España.

Los españoles perdieron ochocientos soldados, entres neogranadinos y peninsulares, y tenían mil doscientos heridos en los hospitales de la plaza; además, perdieron seis barcos de guerra y varias embarcaciones menores; también sufrieron la destrucción de todos los fuertes, aunque menos lesionado había salido el castillo San Felipe de Barajas.

La ciudad y sus fortificaciones, castillos, baterías, fuertes y trincheras, habían recibido el impacto de veintiocho mil cañonazos y ocho mil bombas.

Éstos, a su vez, habían disparado nueve mil quinientos tiros de cañón de todo calibre mientras duró el sitio.


INGLATERRA OCULTA SU DERROTA.

Inglaterra calló sus pérdidas.

Se prohibió escribir partes oficiales sobre la batalla contra Cartagena. Con la estrella inglesa rumbo a su cénit, era inapropiado que un acontecimiento de éstos pudiera hacerle sombra.

También ocultó las monedas y medallas dispuestas para la victoria; enterró en el olvido su desmantelada armada, y no le adelantó ningún juicio de responsabilidades a su derrotado almirante.

España, en cambio, olvidó a Lezo, y lo destituyó del mando de la plaza por intrigas del virrey Eslava; con él enterró en el olvido aquellas jornadas gloriosas en las que este marino, manco, tuerto y cojo, dio buena cuenta de otra Armada Invencible.

La derrota fue la mayor humillación que nación alguna hubiese sufrido, particularmente por la superioridad de las fuerzas y las celebraciones anticipadas de la victoria, aunque cuando se murió Vernon, se le enterró en el panteón de los héroes nacionales, la Abadía de Westminster, con una falaz leyenda que en su tumba rezaba: Sometió a Changres y en Cartagena conquistó hasta donde la fuerza naval pudo llevar la victoria.

Tomado de http://www.historiadeiberiavieja.com


BIOGRAFÍA del ALMIRANTE "PATAPALO" BLAS DE LEZO
Nació en Pasajes (Guipúzcoa). En 1701 ingresó como guardiamarina y en 1704, ya iniciada la Guerra de Sucesión española, entró en combate como tripulante de la escuadra francesa que se enfrentó a las fuerzas combinadas de Inglaterra y Holanda en batalla librada frente a Vélez Málaga y en la que perdió la pierna izquierda por una bala de cañon, mostrando en el terrible trance tal sangre fría que admiró al mismo Almirante.

Su intrepidez y serenidad en el combate fue premiado con el ascenso a alférez de navío y luego a teniente de navío.

Participó en la defensa del castillo de Santa Catalina en Tolón donde perdió el ojo izquierdo. Ostentó el mando de diversos convoyes que socorrían a Felipe V en Barcelona burlando la vigilancia inglesa.

En uno de ellos fue rodeado por fuerzas superiores, y apurado supo salir incendiando alguno de los buques que le seguían lo que rompío el círculo que le rodeaba.

En 1713 fue ascendido a Capitán de navío,y un año más tarde fue destinado al segundo sitio de Barcelona donde perdió el brazo derecho.

En esa época, y al mando de una fragata, hizo once presas a los británicos entre ellas la del emblemático Stanhope, buque bien armado y pertrechado.

Terminada la Guerra de Sucesión se le confió en 1723 el buque insignia Lanfranco y el mando de la Escuadra de los Mares del Sur, limpiando de piratas las costas del Pacífico y capturando doce naviós holandeses e ingleses.

Contrajo matrimonio en el Perú en 1725 y en 1730 regresó a España siendo ascendido a Jefe de la Escuadra Naval del Mediterraneo.

Se trasladó a la Republica de Genova para exigir el pago de los 2.000.000 de pesos pertenecientes a España retenidos en el Banco de San Jorge, y que en desagravio se hiciera un saludo excepcional a la bandera española so pena de bombardear la ciudad. Ante la enérgica actitud el Senado genovés cedió de inmediato.

En 1732 y a bordo del Santiago hizo una expedición a Orán comandando 54 buques y 30.000 hombres. Orán fue rendida pero Bay Hassan reunió de nuevo tropas y sitió la ciudad poniéndola en grave aprieto.

Lezo acudio en socorro con seis navios y 5.000 hombres logrando ahuyentar al pirata argelino tras reñida lucha. Persiguió su nave capitana de 60 cañones que se refugio en la bahia de Mostagán defendida por dos castillos y 4.000 moros.

Esto no arredró a Lezo, que entró tras la nave argelina despreciando el fuego de los fuertes incendiándola y causando además gran daño a los castillos.

Patrulló luego durante meses aquellos mares impidiendo que los argelinos recibieran refuerzos de Constantinopla hasta que una epidemia le forzó a regresar a Cadiz.

En 1734 el Rey premió sus servicios promoviéndolo a General de la Armada.

En 1737 regresó a América con los navios Fuerte y Conquistador y fue nombrado Comandante General de Cartagena de Indias, plaza que defendió de los embates del almirante inglés Sir Edward Vernon, página gloriosa de las armas españolas

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LOS VASCOS y AMÉRICA

Nada de extraño tiene el que fueran vascos los que incorporasen ese vocablo a la lengua de Castilla, pues vasca fue la nao capitana de Colón y vasco su armador y maestre de la flota: el cartógrafo Juan de la Cosa, quien con otros siete marineros de la misma nación figuró entre los que primero pisaron el Nuevo Mundo.

A los nombres de esos precursores hay que agregar la infinidad de patronímicos vascongados que ilustran la historia y la geografía de la América española; nada más lógico, pues, que unas provincias de las que salieron un Garay, un Legazpi, un Urdaneta, un Zumárraga, un Elcano, un Ercilla y hasta, por haber de todo, un Lope de Aguirre, que por tan diversos caminos engrandecierona España, diera con el tiempo los hombres que darían un nuevo nombre a esa España engrandecida.

Don Pío Baroja, un vasco que nunca tuvo pelos en la pluma, nos ha dejado en sus novelas, sobe todo en las del mar, hermosas relaciones de las proezas ultramarinas de sus paisanos en que lo español era el género y lo vascongado la especie.

La presencia vasca en Filipinas, por ejemplo, no se reduce a la fundación de Manila ni al tornaviaje del galeón de Acapulco, y a los nombres de Elcano, Legazpi y Urdaneta, añade Baroja, por boca del capitán Chimista, el del franciscano Melchor de Oyanguren, que fue el primero que hizo un estudio del tagalo comparado con otras lenguas; el de Lorenzo Ugalde, general guipuzcoano que luchó en el siglo XVII contra la Armada holandesa; el de Iñiguez de Carquizano, envenenado por un portugués cuando la expedición de Loaysa que le costó la vida a éste y a Elcano y en la que iba el joven Urdaneta; el de Francisco de Echeveste, general de las galeras de Filipinas y embajador del rey de España en Tonkín; el de Tomás de Endaya, constructor naval en Cavite; el de Francisco Esteíbar, que combatió por mar y tierra a chinos e ingleses en Filipinas en el siglo XVII; el de fray Miguel de Aozarasa, mártir en el Japón.

Estos frailes y estos soldados no agotan la nómina; a ellos hay que sumar los mercaderes, muy en especial los de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, estudiada por Ramón de Basterra en Los navíos de la Ilustración.

Esos navíos, fletados entre otros por el conde de Peñaflorida, padre de uno de los caballeritos de Azcoitia, llevan los libros y las ideas del Siglo de las Luces al Continente que en los dos siglos precedentes sus paisanos habían conquistado con la espada y evangelizado con la cruz.

Ese luminoso siglo no pudo empezar peor para los españoles, a los que nos dividieron en dos bandos dinásticos y, curiosamente, los vencidos del bando austríaco salieron mejor parados que los vencedores del bando borbónico.

Los catalanes se libraron de la maraña jurídica del reino de Aragón gracias al decreto de Nueva Planta, y tuvieron las manos libres para comerciar en América al amparo de los máximos cargos públicos a los que también, gracias a los Borbones, tenían por fin acceso.

En tiempos de Carlos III se traza el Camino Real a lo largo de California, y es un catalán, el capitán Gaspar de Portolá, quien descubre la bahía de San Francisco y funda la ciudad de su nombre, y un mallorquín, fray Junípero Serra, quien funda las beneméritas misiones.

Logran en cambio recuperar Menorca de manos de la Pérfida Albión.

En cambio, vascos y andaluces, que habían luchado por el de Borbón, salieron descalabrados por los tratados de Utrecht, que a los unos quitaron Gibraltar y a los otros el monopolio de la captura de la ballena y el bacalao en Terranova y en el Atlántico Norte.

La Compañía Guipuzcoana nace para poner fin al contrabando holandés y ha de hacer frente al motín de Andresote, instigado por los holandeses de Curazao.

El bilbaíno José Luis Pinillos, vizcaíno de las Encartaciones, dice haber visto en el escudo del nuevo país independiente Saint Pierre-et-Miquelon la actual enseña de la región autónoma vascongada.

Esas islas, antiguas colonias francesas como su nombre indica, al erigirse en Estado debieron de tomar esa bandera del Museo del Ejército francés, en los Inválidos de París, donde yo la he visto con asombro ocupando todo el rellano de una escalinata y con la leyenda constantiniana In hoc signo vinces.

La bandera del Museo es la bandera del regimiento del duque de Berwick, el hijo bastardo de Jacobo II Estuardo y de Arabella Churchill que, derrotado por su tío carnal Marlborough en Irlanda, pasó al servicio de Luis XIV y se ilustró en la guerra de Sucesión española, donde ganó la decisiva batalla de Almansa en 1707 y tomó por asalto Barcelona en 1714.

Lo curioso es que, en otra guerra posterior, ésta entre Felipe V y su primo Luis XV, el duque de Berwick invadiera con sus irlandeses y su "ikurriña" las provincias vascongadas donde tomó por asalto Fuenterrabía.

Aquilino Duque.
JAVIER AROCENA
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