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EL TURCO

vascos HAREM DEL SULTAN
Historia vascos PALACIO TOPKAPI
Los miembros de la clase dirigente otomana y lo más granado de su ejército eran considerados esclavos del Sultán y, en su condición de tales, su persona y bienes estaban a la entera disposición de aquél. Por otro lado, todos ellos o bien eran cautivos de guerra que el Sultán reclamaba para sí o bien procedían de la devchirme, institución antigua que consistía en la elección cada tres o siete años de los niños más capacitados de las familias cristianas de los Balcanes y de Anatolia, sobre todo, para la educación como kapikullari" o servidores del Sultán, previamente convertidos al Islam. De entre ellos salían después los dignatarios del Estado, grandes visires y gobernadores, así como la caballería formada por los spais de la Puerta y los jenízaros, que era la temible infantería del ejército turco.
INDICE DE ESTA PÁGIMA
La Sublime Puerta
Los espías de Felipe II
Mehmet II
Constantino XI PALEOLOGO
El Desastre de Gelves
El sitio de Malta


LA SUBLIME PUERTA
Con este nombre, Bab-i Alí o Sublime Puerta, se nombraba en general al gobierno otomano.La puerta era un símbolo de poder y en ella se tomaban las grandes decisiones del Imperio.

El país estaba sometido a una jerarquía que recordaba la de un ejército. El Sultán estaba auxiliado por el gran visii", cuatro ministros o visires y el reis-effendi, encargado de los Negocios Extranjeros.

Alrededor de él había agás exteriores o comandantes de las tropas y el kapudan bajá, jefe supremo de la flota y gobernador de las islas.

Toda la administración estaba a su servicio: el nisanji o secretario de Estado, los defterdars o tenedor de los libros de impuestos, los cadi-el-asker o jueces de los soldados. Estaban además los ulemas u hombres de leyes, doctos del Corán, los jurisconsultos y profesores de Derecho.

Con las provincias o sandjaks, las relaciones se establecían por mediación de los beylerbeis y los bajás.

Una vez en el trono, el Sultán gozaba de unos poderes sin parangón posible con los reconocidos a cualquier monarca occidental coetáneo. Gobernaba como señor de pueblos muy diversos, pero aspiraba también al dominio universal.

Los miembros de la clase dirigente otomana y lo más granado de su ejército eran considerados esclavos del Sultán y, en su condición de tales, su persona y bienes estaban a la entera disposición de aquél.

Por otro lado, todos ellos o bien eran cautivos de guerra que el Sultán reclamaba para sí o bien procedían de la devchirme, institución antigua que consistía en la elección cada tres o siete años de los niños más capacitados de las familias cristianas de los Balcanes y de Anatolia, sobre todo, para la educación como kapikullari" o servidores del Sultán, previamente convertidos al Islam.

De entre ellos salían después los dignatarios del Estado, grandes visires y gobernadores, así como la caballería formada por los spais de la Puerta y los jenízaros, que era la temible infantería del ejército turco.

En relación al gobierno despótico del Sultán otomano, frente a la realidad de los monarcas occidentales, hay un texto del Viaje de Turquía que lo dice todo por sí mismo.

Pedro de Urdemalas (un cautivo cristiano) conversa con su amo Zinán Bajá acerca de la manera de gobernar tan diferentes del rey español y el sultán turco:

"Después de haberme rogado que fuese turco, fue quál era mayor señor, el rey de Francia o el Emperador. Yo respondí a mi gusto, aunque todos los que lo oyeron me lo atribuyeron a necedad y soberbia, si quería que le dixese verdad o mentira. Díxome que no, sino verdad.

"Yo le dixe: Pues hago saber a Vuestra Alteza que es mayor señor el Emperador que el rey de Francia y el Gran Turco juntos; porque lo menos que él tiene es España, Alemania, Ytalia y Flandes; y si lo quiere ver alojo, manda traer un mappa mundi de aquellos que el embaxador del Francia le empresentó, que yo lo mostraré.

"Espantado dixo: Pues ¿qué gente trae consigo?; no te digo en campo, que mejor lo sé que tú.
" Yo le respondí: Señor, ¿ Cómo puedo yo tener quenta con los mayordomos, camareros, pajes, caballerizos, guardas, azemilleros de los de lustre? Diré que trae más de mil caballeros y de dos mill; y hombres hay destos que trae consigo otros tantos.

"Díxome, pensando ser nuestra corte como la suya: ¿ Qué, el rey da de comer y salarios a todos? ¿ Pues qué bolsa le basta para mantener tantos caballeros?

"Antes, digo, ellos, señor, le mantienen a él sin menester, y son hombres que por su buena gracia le sirben, y no queriendo se estarán en sus casas, y si el Emperador los enoja le dirán, como no sean traidores, que son tan buenos como él, y se saldrán con ello; ni les puede de justicia quitar nada de lo que tienen, si no haz en por qué.

"Zerró la plática con la más humilde de las palabras que a turco jamás oí, diziendo: bonda hepbiz cular, que quiere decir: acá todos somos esclabos.

Me lleva esto a pensar que las ideas de libertad y democracia de nuestra Europa no son un invento de la Ilustración, sólo; sino el fruto de todo un proceso histórico en el que, salvando las distancias, subyace una visión del mundo y del poder muy diferente al de las civilizaciones musulmanas o de cualquier otro tipo.

vascos BAÑOS TURCOS
LOS ESPIAS DE FELIPE II
En las sucesivas campañas militares, y especialmente tras el desastre militar español de los Gelves de 1560, llenaron de prisioneros españoles e italianos los puertos turcos.

A Estambul llegaron miles de estos cautivos y se convirtieron en una mano de obra esclava muy útil, así como en una fuente de ganancias sustanciosas merced a las operaciones comerciales de rescate.

Esta presencia de cautivos en la capital otomana, así como el ir y venir de comerciantes y emisarios encargados de negociar los rescates, propició la organización de una compleja trama de espionaje que facilitó la llegada de interesante información al Rey de España, la cual sería después de gran utilidad a la hora de programar las principales victorias de la flota cristiana en el Mediterráneo: ORÁN, MALTA y LEPANTO.

Es sabido que Felipe II puso siempre un gran interés en obtener información complementaria de cuanto ocurría en sus vastísimos dominios, pues no se fiaba del todo de los documentos oficiales.

En este sentido, puede ser considerado como el precursor de los servicios de información españoles, al crear un verdadero cuerpo de agentes en todos los países europeos.

También se preocupó de conocer las intenciones de sus enemigos y no dudó en utilizar cuantiosos fondos para sostener verdaderos entramados de informadores secretos en los puertos corsarios, en los presidios turcos y en la mismísima capital otomana.

Para este complejo menester, eligió el Rey a personas de su estricta confianza y les dio el encargo de poner en funcionamiento las sociedades de conjurados o conjuras, que era así como se designaba en los documentos a las redes de espionaje.

Es lamentable que haya sido tan poco reconocida y estudiada esta genial intuición de Felipe II a la hora de solucionar muchos de los graves problemas de su reinado.

Sin duda, el trabajo de investigación más arduo, completo e interesante al respecto es el realizado por el profesor Emilio Sola de la Universidad de Alcalá.

Entre los descubrimientos hechos por Emilio Sola en los archivos, está la identificación de una serie de personajes que de manera muy organizada componían el complejo y secreto cuadro de los espías del rey Católico.

En primer lugar, estaba la cúpula directiva, en la que se encontraba el propio monarca y un reducido círculo de colaboradores (secretarios y consejeros de Estado).
Luego estaban los virreyes de Nápoles y Sicilia, encargados de entregar las ayudas económicas y recibir la correspondencia y mensajes (avisos) que enviaban los espías.
Seguidamente, estaba "el jefe de los espías", o comisario nombrado para coordinar la red. Había un comisario cuya función era ir y venir a Estambul a llevar los dineros e inspeccionar personalmente a la conjura.

Este puesto era ocupado por Juan María Renzo de San Remo, enviado por el virrey de Nápoles con cuantiosos fondos en 1562 para que pusiese en pie la amplia red de agentes secretos en Estambul.

En dicha capital, ocupaba la jefatura Aurelio de Santa Croce, un veneciano que pertenecía al ámbito de los mercaderes y rescatadores de cautivos.

Junto a él, ejercían en modo de "secretarios" el napolitano Agostino Gilli y Adan de Franchi, conocido como Franqui.
Ellos recibían los juramentos y redactaban las cartas a modo de presentación.

También estaban los renegados Simón Masa y Gregorio Bragante de Sturla, llamado en turco Moragata; y el poderoso Ferrat Bey, cuyo nombre cristiano fue Melchor Stefani de Insula, sobrino del Coronel de Insula que sirvió al emperador Carlos V.

Con todo este personal, que trabajaba en distintas direcciones, pero con una buena coordinación, se conseguía recabar información que luego resultaba utilísima al llegar a oídos de los virreyes.

En el Archivo General de Simancas se encuentran numerosas cartas, frecuentemente en clave, en las que se contienen los avisos que el rey Felipe II aguardaba impacientemente para conocer de antemano los propósitos del Gran Turco.
vascos MEHMET
MEHMET II
Mehmet II nació el 29 de marzo de 1432 en Adrinópolis, la actual Edirne turca, otrora capital del Imperio Otomano (1365-1453).

Entonces, su padre, Murat II, regía los destinos del país paseando a los destacamentos otomanos casi a voluntad por las tierras que una vez habían sido provincias del Imperio Bizantino.

Pero pese a su sangre real y a la reconfortante sombra que sobre él proyectaba un personaje de la talla de Murat II, Mehmet no las tenía todas consigo. Todo lo contrario.

Su madre, Huma Hatun, había sido una "gediklis" (que en turco significa "en el ojo del sultán"), hasta que Murat II la llevó a su harén, convirtiéndola en una "ikbal".

Luego, cuando en 1432 dio a luz a Mehmet, la muchacha se convirtió en una "kadin" o esposa.

Pero desdichadamente no fue la primera en dar un hijo varón al sultán, porque en dicho caso habría sido una "bas-kadin", es decir, la madre del futuro sultán.

¿Qué significaba todo ésto?. Ni más ni menos que Mehmet, teniendo medios hermanos mayores, entraba en una lista de espera donde la prioridad de la herencia la tenían otros.

Así, pues, en 1432 Mehmet vino al mundo como el tercer hijo varón de Murat, después de Ahmed, de trece años de edad, primogénito y heredero del trono, y Alaeddin o Ali.
Su infancia no fue de las mejores, dado que su padre sentía cierta predilección por Ahmed y Ali, quizá por tratarse de niños de sangre noble cien por cien (la madre de Mehmet, en cambio, había sido esclava antes de convertirse en "ikbal") o porque estaban más cerca de sucederle al trono en la lista de los herederos.

Lo cierto es que Mehmet creció bajo la aureola de sus dos hermanos mayores, padeciendo en carne propia las discriminaciones de sus linajudas madrastras y la indiferencia de su enérgico padre.

No obstante, en 1439 las tornas empezaron a cambiar en el palacio otomano de Adrinópolis. Ahmed murió repentinamente cuando Mehmet apenas tenía 7 años de edad y solamente cinco años después, Ali fue encontrado estrangulado en su habitación.

Murad II no tuvo más alternativa que volver su mirada y enfocarla sobre Mehmet. No tardó mucho en darse cuenta que su tercer hijo, el de segunda clase, era un muchacho tan inteligente como encantador.

Sin perder tiempo, el sultán despachó a su hijo hacia Manisa (Magnesia), donde le aguardaban dos de los tutores más renombrados de su corte, Zaganos y Sihabeddin.

En esa ciudad del Asia Menor, Mehmet recibió la educación que la tradición exigía para un sultán.

Cuando en agosto de 1444 su padre le mandó a llamar para reemplazarle en el trono, su joven hijo hablaba fluidamente nada menos que cinco lenguas además del turco nativo: griego, persa, hebreo, árabe y latín. Esto, sin mencionar sus conocimientos sobre historia, filosofía, retórica, literatura y matemáticas. Tal cual parecía, el fruto había madurado y estaba listo para ser cosechado.

Habiendo abdicado, Murat II se retiró a la lejana Brusa, la primera capital imperial, dejando todo el poder en manos de Mehmet. A la corta fue una mala decisión.

Muy pronto se presentaron problemas tanto internos como externos, que probaron que Mehmet aún no estaba en condiciones de llevar a buen puerto los destinos del Imperio. A los pocos días de asumir, sus tutores entraron en conflicto con el gran visir Candarli Halil (o Jalil Pachá)y para colmo de males, una gran expedición cristiana comandada por el rey de Hungría, bajó por el litoral de Bulgaria, en dirección a Varna.

La noticia de la invasión húngara, último experimento de una Cruzada que registraron los anales de la Historia, provocó en la capital otomana una atmósfera de recelo hacia los cristianos indígenas.

En septiembre, cuando el ejército occidental se desplegaba en torno de Varna, la secta de los Hurufi desató el caos en las calles de Adrinópolis, con matanzas de griegos ortodoxos inclusive.

Fue la gota que colmó el vaso.

Hacia mediados de mes, Murat estaba de regreso en la capital, poniéndose inmediatamente al frente de las huestes de jenízaros y sipahis. Después habría tiempo de ajustar cuentas con su irresponsable hijo y sus ambiciosos visires.

Cuando el temporal capeó tras la completa derrota de las fuerzas cristianas, el 10 de noviembre de 1444, Murat II regresó con todos los laureles a Adrinópolis y reprendió severamente a sus funcionarios.

Pero permitió a Mehmet seguir ejerciendo el gobierno, en una muestra de paciencia y tolerancia que sorprendió a propios y extraños.

Sin haber resuelto los problemas cortesanos, el viejo sultán se marchó una vez más a Brusa, ansioso por restablecerse de los avatares de su última campaña.

Con las manos nuevamente libres, Candarli Halil, Zaganos y Sihabeddin volvieron a enfrentarse entre sí, para conseguir el favor de Mehmet. Fue un período durante el cual los antiguos tutores se esforzaron por hacerle ver a su pupilo, las ventajas que se podían lograr con la conquista de Constantinopla.

Tanto insistieron en ello que terminaron estigmatizando al inexperto sultán. Pronto, el sueño de arrebatar a los emperadores romanos la vieja ciudad se convirtió en una obsesión para Mehmet.

Candarli Halil, entretanto, molesto por el ascendiente que habían logrado sobre Mehmet sus adversarios, empezó a mandar correos a Brusa para advertir a Murat de los desplantes de su hijo.
Las actitudes de Mehmet no tardaron en justificar sus quejas.

En 1445, las cicatrices psicológicas del abandono a que le había sometido Murat durante la niñez, comenzaron a abrirse en el muchacho.

Desconfiado, receloso y taciturno, Mehmet se lanzó a gobernar sin consultar a sus visires, y lo que era peor, sin medir las consecuencias de sus actos. Durante los primeros meses de 1446, Candarli Halil se las ingenió para montar una supuesta rebelión de jenízaros que finalmente colmó la paciencia de Murat.

En mayo Mehmet fue desplazado y confinado de nuevo en Manisa para completar su instrucción. Zaganos y Sihabeddin le acompañaron en el "exilio".

El ostracismo en Manisa duró casi cinco años. En febrero de 1451, la muerte de Murat II condujo a Mehmet, ahora con diecinueve años, directamente al trono.

Pero a diferencia de la anterior, esta ascensión estuvo signada por la firmeza y el buen tino que demostró casi de inmediato el joven sultán.

Su primera medida fue reprimir a los jenízaros y reorganizar las fuerzas armadas del Imperio, lo que a la postre sería el basamento de los futuros éxitos militares.

La segunda y más trascendental, la conquista de Constantinopla, había estado madurando en su mente durante los años de instrucción en la remota Manisa, siempre patrocinada por los obsecuentes Zaganos y Sihabeddin.

Bogaskezen o Rumeli Hizar (el Estrangulador del Estrecho), empezó a construirse casi al mismo tiempo que los emisarios de Mehmet II cerraban un tratado de no-agresión con los venecianos y los húngaros.

Con la retaguardia asegurada, el siguiente paso del sultán fue mandar a buscar a un ingeniero húngaro, de quién se decía, podía construir piezas de artillería imposibles de imaginar para sus colegas occidentales.

Urban como se llamaba, había visitado ya al emperador Constantino XI en Constantinopla, para ofrecerles sus servicios, pero el empobrecido soberano no había podido cubrir sus demandas económicas. Mehmet se alegró por ello y le contrató en el acto.

Poco tiempo después, Urban se abocaba en Adrinópolis a forjar los metales que habrían de constituir el primer regimiento de artillería "pesada" de la Historia.

Uno de sus cañones llegaría a medir casi ocho metros de largo y a disparar balas de mármol que pesaban cerca de seiscientos kilos.
vascos TURCO

EL GRAN SITIO DE CONSTANTINOPLA


Según cuentan las crónicas de la época, el 6 de abril de 1453, entre redobles de tambores y toques de trompeta, el sultán Mehmet II se presentó al frente de una enorme hueste ante las murallas de Constantinopla y acampó frente a la puerta de San Romano.

Mehmet estaba decidido, y la prueba de su firmeza la dio cuando en un golpe de efecto tremendo para los sitiados, transportó por tierra, sobre plataformas rodantes, a unos setenta barcos de su flamante flota para acometer las defensas del Cuerno de Oro, hasta entonces cerradas desde el mar por una gruesa cadena.

El 23 de mayo en el cuartel general turco se resolvió la fecha del asalto general: el ataque a gran escala tendría lugar el martes 29 de mayo, al amanecer.
Los preparativos del mismo fueron encomendados por el sultán al omnipresente Zaganos.

Sin pérdida de tiempo, los soldados turcos se pusieron a bruñir sus escudos y los carpinteros, a preparar las escalas.

Mientras tanto, los grandes cañones seguían machacando las enormes murallas teodosianas, derribando grandes trozos de mampostería.

Llegado el día señalado, el sonido de los atabales, de los címbalos y de las trompetas hizo estallar el mundo. Unos 100.000 andrajosos bashi-bazouks arremetieron contra las fortificaciones pero fueron rechazados ignominiosamente a saetazos y fuego griego.

El segundo asalto, realizado con tropas de línea, tampoco pudo hacer pie en lo alto de las almenas. Recién cuando Mehmet mandó a los jenízaros en la tercera oleada, las defensas bizantinas flaquearon, titubearon y finalmente se desmoronaron.

En quince minutos, por lo menos 30.000 turcos penetraron en la gran ciudad cristiana y empezaron a matar a hombres, niños y mujeres sin distinción.

Por la tarde, después de 53 días de sangrienta lucha, Mehmet hizo su entrada triunfal, vitoreado frenéticamente por sus soldados.
En el camino de Santa Sofía hacia el palacio imperial, preguntó con insistencia por Constantino XI Paleólogo.

Por Rolando Castillo


CONSTANTINO XI EL PALEÓLOGO


El tema de la coronación de Constantino es controvertido. La tradición quiere que fuera coronado en San Demetrio, la catedral de Mistra, donde hoy se puede apreciar una losa encastrada en el suelo frente al altar que ostenta el águila bicéfala, emblema de los Paleólogos. Sin embargo, la coronación de un emperador debe ser hecha por un PATRIARCA, y en ese momento no había ninguno en Mistra.

Así pues, aunque hubiera habido ceremonia religiosa ésta no habría sido válida, y aunque hubiera habido una ceremonia civil en el Palacio de los Déspotas, ésta tampoco habría validado plenamente la investidura de Constantino como emperador.

En cualquier caso, la fecha que se da para la investidura de Constantino como emperador es el 6 de enero de 1449.

Por otra parte, de haberse celebrado la ceremonia religiosa por parte del entonces patriarca Gregorio III a su llegada a la Ciudad, se hubieran causado con seguridad serias revueltas entre la población, ya que al ser Gregorio prounionista, la mayoría de los griegos no lo tenían en cuenta como autoridad espiritual, y mucho menos como patriarca.

Intentando evitar la abierta provocación al pueblo que supondría este acto, la ceremonia religiosa de coronación se dejó correr, aunque exaltados antiunionistas como Juan Eugénico se quejaran de que tenían un emperador sin corona y le exhortaran a abrazar la fe verdadera de la Ortodoxia.

Tal era entonces el lamentable estado del Imperio que Constantino tuvo que pedir prestado un barco al capitán veneciano de Candía para poder viajar desde Mistra hasta Constantinopla.

El capitán veneciano se lo negó muy cortésmente, y el nuevo emperador se vio obligado a llegar hasta su capital en un barco catalán, llegando a su destino el 12 de marzo de 1449.

Constantino se dedicaría a pedir ayuda a Occidente para asegurar su posición. Nadie le atendió. Venecia, más preocupada por sus propios intereses económicos que por los de la Cristiandad en general, desatendió la llamada mientras intentaba ganarse las simpatías del nuevo sultán Mehmet II al mismo tiempo que amenazaba al emperador con trasladar sus puntos de comercio a otros puertos bajo el dominio turco si Constantino insistía en subir las tasas sobre sus mercancías.

Incluso ofreció a la comunidad de Ragusa la posibilidad de comerciar libremente y con impuestos bajos con el fin de atraer hacia allí algún contingente militar.

Alfonso V de Aragón y Nápoles le respondió diciendo que su gran ilusión sería convertirse en Emperador de Constantinopla.

Para colmo, el nuevo papa Nicolás V, a quien Constantino recordó todos los problemas que le había generado la aceptación de la unión de las Iglesias, le contestó que no se había esforzado lo suficiente en convencer a su pueblo para que aceptara el catolicismo, y que todos los clérigos reacios a la unión debían ser enviados a Roma para recibir un curso de formación en los nuevos dogmas.

El joven sultán Mehmet II fue infravalorado desde el primer momento por todos al ser considerado de una manera precipitada como un joven incompetente al que sería fácil manejar. No mucho más tarde, esta idea sobre Mehmet se demostraría equivocada, pero las consecuencias ya serían irreparables.

En el otoño de 1451, los emiratos musulmanes de Asia Menor se alzaron contra el nuevo sultán para intentar recuperar su independencia, pero fueron aplastados de manera inmediata por Mehmet.

No obstante, Constantino, al ver que los turcos afrontaban problemas internos, recordó que su padre, el emperador Manuel II, se había encontrado en la misma situación cuando los hijos de Bayaceto luchaban por el poder después de la muerte de éste, y que apostando por Mehmet I ganó unos años de tranquilidad para el Imperio.

Así pues, Constantino se apresuró a recordar al sultán que en Constantinopla se encontraba Orján, el único competidor legítimo que tenía Mehmet por el poder en el Imperio Otomano, quien era mantenido con una pensión que debía ser doblada si quería mantener la situación como estaba.

Constantino jugó demasiado fuerte y perdió.

Mehmet encontró en esta imprudente provocación de Constantino la excusa perfecta para declarar rota la paz entre ambos, y a su regreso de Asia Menor desembarcó en la costa europea del Bósforo sin pedir permiso aunque era oficialmente bizantina.

A Constantino sólo le quedó protestar ante la construcción de un enclave cuyo objetivo inmediato era aislar a la Ciudad, pero que más adelante sería la base desde donde se lanzara un nuevo asedio.

A finales de abril Constantino solicitó la paz a Mehmet, pero el sultán veía demasiado clara su victoria como para ceder. Le ofreció la vida y la paz a cambio de entregarle la Ciudad, pero el emperador ni se molestó en responder.

Días después llegó un mensajero turco reiterando la proposición: los griegos podrían quedarse donde estaban pagando un tributo anual de 100.000 monedas de oro o podrían abandonar Constantinopla con todos sus bienes sin ser importunados.

Los turcos otomanos, además de la ventaja numérica, contaban con un parque de artillería como no se había visto jamás sobre la tierra en tiempos anteriores, y que incluía un poderoso cañón construido por un misterioso personaje, con lo que el ejército de Mahomet II veía multiplicarse las posibilidades de triunfo, ante la posibilidad de quebrar las formidables murallas del siglo V con el fuego de cañones del siglo XV.

Los bizantinos, por el contrario, contaban con lanzas, flechas y catapultas, y unos pequeños cañones para los cuales ni siquiera contaban con proyectiles suficientes.

Además, unos 400 barcos de todo tipo formaban una impresionante flota turca, contra unos 26 o 28 buques de guerra de los defensores que estaban en el Cuerno de Oro y se preparaban a defender la ciudad amparados por la famosa cadena de hierro extendida de costa a costa, y esto era fundamental porque impedía que los varios kilómetros de muralla junto a la costa del Cuerno de Oro fueran atacados por Mahomet, y así liberaban a muchos defensores que eran útiles en otras partes de la batalla.

Sin embargo, los turcos tenían a su favor la construcción de la fortaleza de Bogazkesen (Paso angosto), hoy denominado Rumeli Hisar, sobre la ribera europea del Bósforo, que dominaba el paso y prevenía al sultán de cualquier ayuda naval que los bizantinos pudieran recibir, además de disparar desde allí con los cañones que no daban descanso a los líderes de la defensa.

Peré Juliá organizó a los mejores elementos entre los CATALANES que residían en la ciudad a los cuales se les unieron varios marineros compatriotas, con lo cual conformaron un fuerte grupo que defendió una porción de las murallas marítimas del Mármara.

El 2 de Abril de 1.453 los primeros destacamentos turcos llegaban cerca de la ciudad, que ya estaba preparada, abastecida al máximo posible, protegido el Cuerno de Oro con la famosa cadena que el genovés Bartolomeo Soligo había colocado por orden del emperador, destruidos los puentes sobre el foso que bordea la ciudad, y con las murallas en perfecto estado, ya que habían sido reconstruidas de la mejor manera posible, e inspeccionadas por el mismo Giustiniani.

El 5 de Abril llegan los cuerpos principales del ejército turco, comandados por el mismísimo sultán, que al día siguiente se ubica en su tienda de campaña, cerca del río Lycus, a unos quinientos metros de las murallas y protegida por los destacamentos preferidos de Mahomet, los jenízaros.

El 9 de Abril los barcos turcos comandados por Balta Oghe acometieron la empresa de traspasar la gran cadena y extender la lucha al Cuerno de Oro, pero se vieron rechazados por la flota que defendía la ciudad.

Tal vez ese mismo día el sultán dio la orden de derribar a cañonazos varias fortificaciones exteriores a las murallas, y a todos los prisioneros los hizo empalar delante de los defensores de la ciudad, para que vieran el castigo que les estaba reservado; la indignación del emperador y sus tropas por este acto de barbarie no hizo otra cosa que darle más fuerzas para proseguir la lucha.

El 12 de Abril comenzó el cañoneo de forma regular sobre las murallas y a partir de allí ya no se detendría, provocando aquí y allá enormes boquetes en la muralla exterior defendida por el ejército del emperador; por eso todas las noches los ciudadanos bizantinos, mujeres y niños incluidos, salían por las puertas de la muralla interior y cavaban la tierra entre las murallas, llenando con ella sacos y grandes barriles de madera que colocaban hasta cubrir cada hueco para comenzar al día siguiente con la muralla al menos en parte restablecida.

Mahomet ordenó a sus tropas un asalto en toda regla contra las murallas; los cañonazos ya hacía varios días que habían destruido casi por completo las murallas exteriores frente al Mesoteichion, y aunque los defensores ayudados por la gente de la ciudad, mujeres, monjas, niños, habían levantado una verdadera muralla de barriles y sacos de tierra, maderas y todo otro material que tuvieran a mano, ese sector se presentaba como más débil que nunca; al son de los tambores y las trompetas haciendo un monumental ruido para animar a los atacantes que gritaban como enloquecidos, comenzó el combate.

La nula colaboración de la colonia genovesa de Gálata también fue determinante para que los turcos pudieran permanecer en el Cuerno de Oro, ya que de haberse contado con sus formidables barcos que estaban anclados en su puerto este importante brazo de mar no hubiera sido conquistado, y con su colaboración seguramente el camino terrestre de los barcos difícilmente hubiera podido ser construido; pero a esta altura la colonia solo pensaba en su salvación, manteniendo una neutralidad sospechosa tanto para bizantinos como para los turcos, convirtiéndose el lugar en un nido de espías de ambos bandos.

El 24 de Mayo corrió la voz por toda la ciudad sobre la segura falta de refuerzos de occidente; ahora todos sabían que estaban solos en la lucha y que dependían únicamente de sus propias fuerzas, que ya estaban al límite del agotamiento total; se multiplicaron las procesiones aún bajo el granizo de las tormentas que azotaron ese día, y la Fe se mantuvo lo más alto que se pudo teniendo en cuenta el difícil momento que se vivía.

Los defensores participaron de los oficios en Santa Sofía junto con todos los pobladores, griegos y latinos, concientes de que podía esa ser la última misa que escucharan en ese tan apreciado sitio para los cristianos, y por un día sus divergencias fueron dejadas de lado.

Cansados y hastiados de pelear, los protectores de la ciudad sin embargo no bajaron los brazos en ningún momento, y cada vez que era necesario trataban de reparar los enormes huecos que la artillería turca provocaba en las murallas, multiplicándose en el esfuerzo.

Los jenízaros, que estaban descansados, excelentemente entrenados y muy bien pertrechados, pronto marcaron la diferencia, en un asalto feroz por la violencia y la audacia de los atacantes.

Los gritos de los turcos eran de victoria, y muchos griegos probablemente ya pensaban tal vez en cómo escapar de aquel infierno para proteger a sus familias.

Constantino, seguramente luego de alentar a sus soldados y prometer su vuelta, montó a caballo inmediatamente y fue a todo galope junto a su primo Teófilo, Juan Dálmata y Francisco de Toledo en compañía seguramente de unos cuantos soldados fieles hacia ese sector a ver qué estaba pasando, ya que eso podía significar el principio del fin.

Constantino fue visto vivo por última vez luchando cuerpo a cuerpo cerca de la Puerta de San Román. La muerte del último emperador de los romanos es controvertida por la gran cantidad de versiones que se conservan sobre ella.

El emperador fue muerto luchando en una brecha de la muralla. Un jenízaro llamado Sarielles cortó su cabeza para llevarla ante el sultán. Arrojándola a sus pies, le dijo que era la cabeza de su peor enemigo, y Mehmet, para confirmarlo, llamó a algunos de sus prisioneros griegos. Cuando éstos hubieron reconocido la cabeza como la de Constantino, el sultán premió al jenízaro con enormes recompensas, la península de Anatolia entre otras.

vascos BARRA
EL DESASTRE DE GELVES
La isla de los GELVES, a la que hacen referencia muchas crónicas del siglo XVI, se encuentra en el norte de Africa, con­cretamente en Túnez.
vascos UBICACION DE GELVES

Los antiguos la conocían como la isla de los Lotófagos, por creer que en ella estuvo Ulises al regre­so de ítaca.

Ya en 1284 los catalanes levantaron una torre y un puente que la unía con tierra; por esto se llamó al brazo de mar o canal que discurría entre el continente y la costa insular Alcántara, palabra árabe que significa puente.

Se convirtieron los Gelves en una especie de obsesión de los españoles desde que en 1510 se hiciera la primera expe­dición seria para dominar el territorio, la cual acabó desas­trosamente por morir de sed muchos soldados y el propio general don García de Toledo.

Esto provocó un profundo dolor en la Corte y el poeta Garcilaso de la Vega compuso unos versos alusivos:
¡Oh patria lagrimosa, y como vuelves los ojos a los Xelves, suspirando!

Carlos V protagonizó la victoriosa jornada de Túnez en 1535, a la que se refiere frecuentemente Cervantes en su obra y que fue puntualmente relatada por Gonzalo Illescas.
Des­pués de la conquista, el Emperador liberó a muchos cautivos cristianos, sometió bajo su autoridad a los jefes árabes y forti­ficó las costas.

Todo esto sirvió para magnificar su imagen en España y en toda la Cristiandad, como continuador de la gran obra de la Reconquista, culminada en la península Ibérica por sus abuelos los Reyes Católicos.

A partir de ese momento, actuaron los españoles muchas veces en la isla de los Gelves, tanto para castigar a los piratas como para desde allí lanzar operaciones contra Trípoli.

En 1559, muerto ya Carlos V, el rey Felipe II quiso emu­lar en cierto modo la gesta de su padre, para conseguir un efecto propagandístico, al comienzo de su reinado, semejan­te al de 1535.

Algunos estudios dicen que fue el gran maestre de la Orden de los Caballeros de San Juan quien, aprove­chando las paces asentadas entre España y Francia, logró in­teresar a Felipe II para que ordenase que se emprendiese la campaña.

Se designó capitán general de la empresa al duque de Me­dinaceli, virrey de Nápoles, don Juan de la Cerda; y se confió el mando de la armada del mar al príncipe Andrea Doria.

Hubo muchos fallos en la organización, lo cual se desprende de los escritos de la época y de la fiel crónica que el propio don Alvaro de Sande escribió de su puño y letra.

Tardaron las tro­pas en juntarse con la celeridad necesaria y tuvieron que su­perarse muchas dificultades; motines, enfermedades, tempes­tades, falta de abastecimiento...

El caso es que se perdió la ocasión propicia que hubiera sido el final del verano y el re­traso hizo que se perdiera también el secreto; enterándose DRAGUT, al que le sobró tiempo para organizarse.

Llegó la expedición al norte de Africa a mediados de fe­brero de 1560, después de detenerse primero en Sicilia y lue­go en Malta.

El 7 de marzo desembarcaron las tropas en los Gelves sin oposición alguna y, tras un par de escaramuzas con los moros de allí, el jeque de los isleños y el rey de Cai­rovan se reconocieron vasallos del soberano de las Españas.

Iniciaron los ejércitos obra de reconstrucción y defensa en el castillo, lo rodearon de un amplio foso y construyeron un fuerte.

Pero el turco había sido ya avisado y se armaba en Cons­tantinopla para venir a dar batalla.

Esto se supo a través de los espías del gran maestre, que enseguida comunicó la noti­cia; lo cual causó gran desconcierto en las tropas de los cris­tianos, parte de las cuales se apresuraron al embarque.

En medio del desorden y de la división de opiniones acerca de lo que debía hacerse, llegó la flota turca y empezó el comba­te.

Muchas naves de la flota cristiana fueron apresadas y un buen número de ellas destruidas.
Cundió el pánico.
Consi­guió escapar el duque de Medinaceli y prometió venir con refuerzos.

Los que se quedaron para defender el castillo su­frieron todo tipo de penalidades; calor, sed, hambre, enfer­medades y deserciones.

Finalmente resolvió Sande salir a la desesperada y fracasó, perdiendo el fuerte y cayendo lo que quedaba del ejército en poder de los turcos.
Algunos de aquellos cautivos fueron llevados a Constantinopla (entre ellos el propio don Álvaro de Sande, don Berenguer de Requesens y don Sancho de Leiva).

Los vencedores degollaron a la mayoría de los soldados nada más tomarse la fortaleza. Mandó Piali Bajá construir una TORRE con los cadáveres a modo de trofeo, recubierta de cal y tierra.

Este macabro mo­numento estuvo en pie hasta finales del siglo XIX, siendo co­nocido como borj er-Russ, la "fortaleza de los Cráneos" o la "pirámide de los Cráneos".

Hablan de esto algunos viajeros que la vieron, describiéndola, y hasta se conservan grabados de la época que la representaban en las proximidades de la fortaleza.

Después de más de tres siglos, en 1870, a instancias del cónsul de Inglaterra, el bey (gobernador) de Túnez ordenó que se demoliera la torre y los restos fueran sepultados.

Des­pués de la ocupación francesa, se honró la memoria de aque­llos héroes y se levantó un obelisco con las fechas de la expe­dición y de la inhumación de los huesos.

En España, aquella campaña quedaría ya nombrada tris­temente como el "Desastre de los Gelves".

Fue una impor­tante derrota de la armada de Felipe II que la "propaganda"oficial se encargó de disimular.

Trataron de buscarse respon­sabilidades y de hallar culpables de la desorganización y la derrota final.
Prueba de ello son la Relación que don Alvaro de Sande dio a su Maj. de lafomada y las Anotaciones he­chas por el Duque de M edinaceli al relato de don Alvaro de San de, dos amplios testimonios en los que ambos militares dan las explicaciones oportunas acerca de los hechos.

Posiblemente, la causa de que este gran desastre quedase olvidado y apenas sea conocido, se encuentre en la gran vic­toria posterior de la armada en la batalla de LEPANTO, cuya importancia y renombre fue tan grande en adelante que "se­pultó" muchos de los fracasos anteriores contra el turco.

vascos BARRA
EL SITIO DE MALTA
En diciembre de 1564 se tuvo noticia en Madrid, por avi­so mandado por los espías de Felipe II, de que los turcos se preparaban para atacar Malta.

También el papa Pío IV escri­bió al Rey de España para advertirle de que Solimán se pro­ponía atacar la isla y otros puertos cristianos del Mediterrá­neo.

En febrero de 1565 llegó a Sicilia el nuevo virrey don García de Toledo, capitán general de la mar, el cual empieza a sostener una larga correspondencia con Felipe II y con el secretario Eraso en la que se pide desde el primer momento que se concentren las naves españolas y se construyan gale­ras de mayor porte.

En marzo de ese año salía de Constantinopla la armada turca formada por ciento treinta galeras, treinta galeotas y diez naves gruesas, llevando a bordo más de quince mil hom­bres.

Hicieron escala en Navarino (Pylos) y el 12 de mayo fueron vistas las naves desde el cabo Pájaro.

El gran maestre de la Orden de Malta, Juan de La Valet­te, se dirigió a España y pidió ayuda desesperadamente.

Pri­meramente se le mandó trigo de Sicilia. El 29 de junio de­sembarcaron en Malta seiscientos hombres al mando de don Juan de Cardona y consiguieron peligrosamente llegar al burgo, pues ya desde el 18 de mayo la escuadra turca había alcanzado la costa y comenzaba el asedio.

Los sitiados se defendían con bravura.

Perdieron el cas­tillo de San Telmo, pero impidieron a los turcos lograr sus objetivos.
Además, sufrieron éstos muchas disensiones inter­nas, padecieron una grave epidemia de tifus y sus pérdidas se incrementaron a causa de las enfermedades y la carencia de bastimentos.

Mientras tanto, don Álvaro de Bazán acudió a Nápoles con una flota de cuarenta galeras para embarcar a los tercios españoles.

El 7 de setiembre desembarcó la flota cristiana en Malta.
Iba al frente del ejército don Álvaro de SANDE hom­bre de avanzada edad (75 años, pues nació en 1498), pero muy decidido y capaz para esta gran empresa.

Siete días duró el fiero combate desde la llegada del auxilio, y el 14 de se­tiembre Malta era liberada y la flota turca se retiraba con múltiples bajas, entre ellas la del corsario Dragut.

La victoria llenó de alegría a toda la Cristiandad.

Manuel Fernández Álvarez en su obra Felipe II y su tiempo, refleja el interés mostrado por la reina Isabel de Inglaterra al emba­jador español, Diego Guzmán de Silva, llegando a decirle que hubiera querido ser hombre para haber estado en ella:
"Díxome la Reina muchas palabras y muy grac;iosas en loor de V. M. y del socorro que solo había mandado dar a Malta, y que había mandado que por la feliz victoria se hiziessen processiones y plegarias por el Reino, y se ha­ría aquí una solemne, a la qual ella se pensaba allar." (Ar­chivo de Simancas, Estado, ley. 818, fol. 78).

Se hicieron solemnes Tedéums en todas partes en acción de gracias.

El propio Papa recibió a los héroes de la victoria y les bendijo. Ofreció el pontífice como premio el capelo car­denalicio a Juan de La Valette, pero éste lo rechazó.

También el rey Felipe II recibió a don Álvaro de Sande y a sus genera­les en Málaga, adonde fueron con Ascanio de la Corgna para agradecerle las mercedes concedidas.

Según Cabrera de Cór­doba fue SANDE el que indicó dónde se debía edificar la nue­va ciudad de Malta al mismo tiempo que informaba de lo que se debía hacer para mantener a la isla en estado de defensa en lo sucesivo.
Recoge este dato el investigador Miguel Ángel Orti Belmonte en su edición de la biografía de Huberto Fo­glietta, Vida de don Alvaro de Sande (Madrid, 1962).

El sitio de Malta influyó mucho en los cronistas de la época que registraron en sus escritos los hechos relativos a la campaña.
También lo recogió la literatura. Una de las obras literarias que lo trató es el poema épico español La Maltea.
HISTORIA vascos UBICACION DE MALTA
JAVIER AROCENA

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